Había un país que alardeaba el combatir al capital. Es como combatir el empleo, el crecimiento. La desconfianza inversora en Argentina hizo que hiciera falta una ley que asegure beneficios fiscales al inversor que en realidad son equilibrios fiscales.
El RIGI (Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones) es más importante que esa reducción impositiva: es garantía (nunca del 100% en Argentina) de que las reglas tributarias, aduaneras y cambiarias no se modificarán a futuro.
El “Súper RIGI” tuvo dictamen la semana pasada. Apunta al desarrollo de nuevas actividades económicas, desde la IA a la bioeconomía. La diputada del PRO Daiana Fernández Molero marcó en el debate el camino: “”Lo que nosotros vemos, tanto en el RIGI como en el Súper RIGI, es una forma de adelantar esa normalidad que puede tardar mucho tiempo en llegar y hasta que llegue, las oportunidades van pasando“.
Los empresarios se van moviendo en ese sentido. Jorge Brito, en una cumbre en Panamá organizada por la OEA, dijo que “Argentina puede convertirse en un hub global de energía e inteligencia artificial porque cuenta con una combinación única de recursos naturales, infraestructura en desarrollo y un marco regulatorio que empieza a brindar la previsibilidad que demandan las inversiones de largo plazo” ante 350 líderes gubernamentales y empresariales globales.
El RIMI para las medianas inversiones ya fue establecido. Por delante queda extenderlo a las pequeñas inversiones, una suerte de RIPI. Todo es un RCP (Reanimación Cardiopulmonar) de un país que había dejado de respirar. El remix de la marcha debería ahora mutar a enamorar al capital.