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Donald Trump empezó a construir su legado. Al inaugurar el Consejo de la Paz en Washington D.C. puso la piedra fundamental de ese edificio. La apuesta es doble, política y personal. Crear una institución que sobreviva a su gobierno y que sea la traducción organizacional del orden mundial que está redefiniendo. Y garantizarse un lugar a sí mismo en ese orden cuando ya no sea presidente. Por eso se declaró secretario vitalicio del organismo.

El Consejo de la Paz tiene la impronta grandilocuente y selectiva de Trump. De los 50 países que invitó, 25 aceptaron sumarse como miembros fundadores, otros 10 mostraron interés y los 15 restantes declinaron participar. Estos desaires no preocupan demasiado a alguien que será recordado como el que pinchó definitivamente la ilusión del multilateralismo.

Esa maquinaria de foros, cumbres, comunicados y rituales a la que Occidente le dedicó miles de millones de dólares durante décadas y que, sin embargo, no sirvió para evitar ni moderar ninguno de los grandes conflictos abiertos en este tiempo.

En la diplomacia de Trump no hay lugar para hacer de cuenta que todos los países pesan lo mismo. Como las decisiones las toman las grandes potencias sin pedir permiso en sus respectivas áreas de influencia, Estados Unidos consolida su dominio en el hemisferio occidental. Aunque sin abandonar la expectativa de ser la única fuerza capaz de inmiscuirse en conflictos lejanos para resolverlos y alcanzar una paz con el sello indeleble de los negocios. No por moral. Por interés.

Ganadores y perdedores

Este nuevo mapa geopolítico deja fuera de juego a muchas potencias intermedias, principalmente las europeas. Francia, Alemania y Reino Unido fueron dejados de lado en las negociaciones más importantes del último año y por eso rechazaron la invitación a sumarse al Consejo. No quieren validar una mesa donde ya no pesan y donde se les exige admitir que la distancia económica, militar y tecnológica respecto de Estados Unidos y China se volvió abismal.

En su discurso del fin de semana ante la Conferencia de Seguridad de Múnich, Marco Rubio le tendió la mano a Europa, pero con una condición: abandonar el paradigma de la posguerra fría, basado en fronteras abiertas, erosión de los estados nacionales, regulaciones medioambientales y moralina multilateral.

Milei y Trump en Davos

El Consejo de la Paz se presenta como lo opuesto. En la cumbre del jueves se reiteró la importancia de una diplomacia basada en la acción y en la promoción de los negocios. Es un enfoque atractivo para potencias regionales emergentes que buscan oportunidades asociándose con Estados Unidos.

Como la primera misión del cuerpo será la reconstrucción de Gaza, los actores centrales fueron los países más influyentes del mundo islámico: Qatar, Turquía, Arabia Saudita, Indonesia y Egipto. Muchos de esos países siempre miraron con sospecha al universo de la ONU, diseñado a imagen y semejanza de Occidente y usado como tribuna moral. Trump les ofrece otra cosa: cooperación con los objetivos estadounidenses a cambio de acuerdos bilaterales en materia comercial, tecnológica y militar.

Esta estrategia no funciona con todos. En varios tramos de su presentación Trump se refirió a Irán como la piedra en el zapato para terminar de armar un Medio Oriente amigable. Irán juega con otra lógica, la de una teocracia que apela al terrorismo para cumplir objetivos que no son solo políticos ni económicos.

Ante el escaso avance de las negociaciones desarrolladas en Omán y en Ginebra, la Casa Blanca está cada vez más inclinada a actuar militarmente, aun conociendo los riesgos. El despliegue en Medio Oriente es indicativo: al paquete de decenas de buques y cientos de aviones ya presentes, se le suma el USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande del mundo, que llegaría este fin de semana a la región.

Donald Trump y Javier Milei en Davos

La Argentina de Milei en el mapa de Trump

Este esquema presenta también una oportunidad para países como Argentina, que sigue siendo un actor relevante en América Latina. Para Washington es un socio útil, sobre todo porque Brasil es visto como un problema: lejos de frenar el vuelco hacia el eje BRICS, la ofensiva de Trump lo está precipitando aún más hacia el Oriente.

No es casual que Argentina haya conseguido uno de los acuerdos comerciales más favorables con Estados Unidos. La generosidad estadounidense tiene un sentido netamente político: con poco dinero puede ejercer una influencia notable en economías endebles y dependientes. Se vio en las elecciones de octubre pasado, a las que Trump hizo alusión al saludar a Milei: “Iba perdiendo, pero lo apoyé porque me gusta y terminó ganando por paliza”.

Para Argentina, esto significa más inversiones en energía, minería, agronegocios y tecnología. Para el sistema político, es una novedad preocupante para los sectores que proponen un alineamiento internacional distinto: van a enfrentar una hostilidad creciente por parte de Estados Unidos.

Todo esto, asumiendo que perduren las transformaciones que está liderando Estados Unidos en la escena global. No hay ninguna garantía de que eso vaya a suceder. Si quiere que el Consejo de la Paz sobreviva a su gobierno y le asegure un lugar relevante en la política mundial cuando deje el poder, necesita consolidar resultados concretos.

Eso significa que Gaza sea realmente desmilitarizada y reconstruida, que Irán deje de ser una amenaza sin convertirse en un agujero negro de inestabilidad y que la guerra entre Rusia y Ucrania llegue a su fin de una forma que sea mínimamente aceptable para Ucrania y Europa. Son muchos supuestos, en un mundo cada vez más incierto.