- Dos ciclos de inversión que vale la pena recordar
- Los números del presente
- Del M&A de oportunidad al M&A estratégico
- El RIGI y el ciclo de inversiones: la foto más grande
- El M&A no existe en el vacío. Está íntimamente ligado a la percepción que tienen los inversores sobre el ciclo de inversión más amplio de un país.
- Qué se necesita para estar listo
- La pregunta que queda abierta
La Argentina tiene una relación histórica con los ciclos de inversión que es, cuanto menos, particular. No es que el capital no haya llegado al país: llegó, y en oleadas. El M&A funciona, por definición, como una actividad “de ventanas”, concentrada en determinados períodos. Esas ventanas, en la Argentina, fueron casi siempre muy cortas. El capital llegó de manera puramente oportunista, empujado por una política de shock, una crisis que abarató activos o un boom de commodities. No como resultado de una convicción estratégica de largo plazo.
Lo que está pasando hoy con el M&A en Argentina podría empezar a parecerse, por primera vez en mucho tiempo, a lo segundo.
Dos ciclos de inversión que vale la pena recordar
Para entender el momento actual, conviene mirarlo en perspectiva histórica. En las últimas décadas, Argentina tuvo al menos dos grandes ciclos de inversión previos, y ambos tienen algo importante para decirle al presente.
El primero fue la década del noventa. El proceso masivo de privatizaciones atrajo una oleada de inversión extranjera directa extraordinaria —los flujos crecieron más de quince veces entre 1990 y 1999—, y con ella vino una primera generación de M&A a gran escala en Argentina. Pero ese ciclo tenía una fragilidad estructural: estaba atado a un modelo macroeconómico que dependía de financiamiento externo permanente y de un tipo de cambio fijo insostenible. Cuando el modelo se rompió, en 2001, se llevó puesto gran parte de ese capital.
El segundo ciclo fue el de los años posteriores a la crisis. La devaluación de inicios de 2002 abarató fuertemente los activos argentinos en dólares y las empresas brasileñas, en particular, aprovecharon ese momento para entrar al país en condiciones que difícilmente volverían a repetirse. El crecimiento económico sostenido entre 2003 y 2007 —con tasas de entre 8% y 9% anuales— reactivó la inversión y abrió un nuevo período de consolidación.
Pero tampoco fue un ciclo estratégico en el sentido profundo del término: fue, sobre todo, un rebote impulsado por salarios bajos, precios relativos favorables y capacidad ociosa disponible. Cuando las condiciones macro se deterioraron, el capital volvió a retroceder.
El tamaño de los deals está creciendo. En 2025 hubo seis transacciones con tickets por encima de los USD 500 millones, el registro más alto en al menos quince años.
Ambos ciclos comparten una característica: las inversiones fueron una respuesta a una transformación del entorno, no una decisión proactiva de las empresas para construir posiciones de largo plazo en el país.
Los números del presente
En 2025, el mercado de fusiones y adquisiciones en Argentina alcanzó los USD 8.500 millones, un crecimiento del 63% respecto al año anterior, según datos de KPMG. Se concretaron más de 100 transacciones —el tercer mayor registro en una década— en un año con elecciones de medio término, volatilidad cambiaria y un proceso de estabilización todavía en curso.
El año anterior, 2024, también había marcado un punto de inflexión: 99 operaciones, el nivel más alto desde 2019, y el monto más importante desde 2017. Son dos años consecutivos de crecimiento sostenido que, puestos en perspectiva, empiezan a dibujar una tendencia.
El primer ciclo de inversión fue en la década de los ‘90. El proceso masivo de privatizaciones atrajo una oleada de inversión extranjera directa extraordinaria —los flujos crecieron más de quince veces entre 1990 y 1999—, y con ella vino una primera generación de M&A a gran escala en Argentina.
En cuanto a la composición de los deals, por primera vez desde 2020 los compradores locales fueron mayoría: explicaron el 57% de las operaciones. El inversor local conoce los ciclos y las reglas no escritas de la economía argentina, y suele ser el primero en moverse cuando percibe que algo genuinamente cambió —y también el primero en frenarse cuando percibe lo contrario.
Al mismo tiempo, el tamaño de los deals está creciendo. En 2025 hubo seis transacciones con tickets por encima de los USD 500 millones, el registro más alto en al menos quince años. Todo indica que los deals estratégicos de gran escala están volviendo a la Argentina.
Del M&A de oportunidad al M&A estratégico
Lo que podría distinguir a este ciclo de los anteriores es el origen de las decisiones. Las compañías más activas no están comprando porque los activos estén baratos o porque una crisis abrió una ventana: están comprando porque tienen una tesis de largo plazo sobre dónde quieren estar posicionadas en tres o cinco años.
Esa lógica implica un cambio importante en cómo las empresas piensan el M&A. En lugar de ser una respuesta táctica a una situación coyuntural, se convierte en una herramienta de construcción estratégica: para ganar escala, incorporar capacidades que no se tienen, acelerar la transformación tecnológica, o consolidar posiciones en sectores donde se esperan cambios estructurales.
Te puede interesar
Privatizaciones: las de mayor demanda y las que generan dudasabre en nueva pestañaDicho esto, conviene no perder de vista que el M&A sigue dependiendo, en buena medida, del contexto. La estabilidad macroeconómica es condición necesaria: si el escenario se deteriora, la ventana vuelve a cerrarse. Pero hay algo nuevo en la ecuación. Hay que tener escala nacional o regional, construir y gestionar un mapa de capacidades dentro y fuera de la empresa, e insertarse en cadenas de valor internacionales en las que el acceso a tecnología, a talento y a mercados define quién compite y quién queda afuera.
El mundo en el que operan las empresas exige hoy una respuesta estratégica que va más allá del ciclo local: la arquitectura competitiva cambió. Ya no alcanza con ser una buena empresa local.
A eso se suma la geopolítica, antes un factor de fondo y hoy parte central de la estrategia empresaria: las decisiones sobre dónde producir, con quién asociarse y en qué sectores invertir están atravesadas por tensiones entre bloques, por la reconfiguración de las cadenas de suministro globales y por la carrera por el control de recursos estratégicos. En ese marco, el M&A no es solo una herramienta para crecer: es una herramienta para posicionarse en un mundo que se está reorganizando.
El RIGI y el ciclo de inversiones: la foto más grande
El M&A no existe en el vacío. Está íntimamente ligado a la percepción que tienen los inversores sobre el ciclo de inversión más amplio de un país.
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), lanzado en 2024, apunta a resolver uno de los problemas estructurales que históricamente frenaron el capital de largo plazo en Argentina: la incertidumbre sobre las reglas del juego. Al ofrecer previsibilidad impositiva y cambiaria por un período extendido, busca dar a los inversores de largo plazo —los que miden sus horizontes en décadas, no en trimestres— las condiciones que necesitan para comprometerse con proyectos grandes.
Podría distinguir a este ciclo de los anteriores es el origen de las decisiones. Las compañías más activas no están comprando porque los activos estén baratos o porque una crisis abrió una ventana: están comprando porque tienen una tesis de largo plazo
El impacto ya se nota en sectores como energía y minería, que junto con tecnología concentraron casi el 40% de las transacciones en 2025. Y las perspectivas para este año y los siguientes sugieren que hay un pipeline importante de operaciones, demoradas por la incertidumbre electoral del año pasado, que deberían concretarse en los próximos meses.
Esto conecta el M&A con una pregunta más profunda: ¿está la Argentina entrando en un ciclo genuino de inversiones —y no solo en un rebote coyuntural— o asistimos, una vez más, al mismo patrón histórico de entusiasmo inicial seguido de decepción? El RIGI, las reformas estructurales y la normalización macroeconómica en curso son señales positivas. Pero los ciclos de inversión se consolidan con el tiempo, y la Argentina todavía tiene que demostrar consistencia a lo largo de varios años para ganarse la confianza estructural que países como Chile o Brasil construyeron durante décadas.
Qué se necesita para estar listo
El crecimiento del M&A también plantea exigencias nuevas para las empresas, y muchas todavía no están preparadas para enfrentarlas.
La buena performance operativa y la transparencia financiera pasaron a ser condición necesaria, no diferencial. El mercado hoy exige resultados genuinos, evidencia de eficiencia y generación de caja real.
¿Está la Argentina entrando en un ciclo genuino de inversiones —y no solo en un rebote coyuntural— o asistimos, una vez más, al mismo patrón histórico de entusiasmo inicial seguido de decepción?
Pero la preparación va más allá de los números. Los procesos de M&A involucran tiempos largos, recursos múltiples y negociaciones delicadas. Sin un equipo preparado, sin procedimientos definidos, sin una historia clara sobre hacia dónde va la empresa, el desgaste puede ser considerable y las oportunidades terminan perdiéndose. Estar investor ready exige un trabajo previo que empieza mucho antes de que aparezca una operación concreta.
Los fondos de Private Equity, que en 2024 y 2025 mantuvieron una postura relativamente cauta, serán probablemente uno de los actores más activos del próximo ciclo. Cuando eso ocurra, van a ir directamente a las empresas que tengan los estándares más altos. Las que no los tengan van a quedar afuera, no por falta de atractivo del negocio, sino por falta de preparación institucional.
La pregunta que queda abierta
Argentina lleva dos años consecutivos de crecimiento en M&A, con deals de mayor escala, más compradores locales activos y un marco regulatorio que por primera vez en décadas ofrece señales genuinas de largo plazo. El ciclo de inversiones parece estar cambiando de naturaleza.
Pero la historia argentina enseña a ser cauto con el entusiasmo. Los noventa prometieron algo parecido y terminaron en colapso. Los años post-2001 generaron optimismo y luego vino el cierre. La diferencia esta vez, si es que existe, tendrá que demostrarse en los próximos años: en la consistencia de las políticas, en la profundidad de las reformas, en la capacidad del sector privado de construir empresas que compitan en serio a escala regional e internacional.
Cuando entren los fondos de private equity, van a ir directamente a las empresas que tengan los estándares más altos. Las que no los tengan van a quedar afuera, no por falta de atractivo del negocio, sino por falta de preparación institucional.
El M&A puede ser el síntoma de ese cambio. También puede ser, una vez más, el espejismo de un ciclo que no termina de consolidarse. Lo que sí está claro es que, esta vez, importa más que nunca que sea estratégico: el M&A no es solo una señal de confianza en el país, es una de las herramientas centrales para construir una matriz económica y empresaria más competitiva, capaz de insertarse en un mundo que se reorganiza a gran velocidad.