Orun llegó ansioso en su tercera visita desde Marte por tomarse su primer mate. Una vez sentados en el bar, y cebando mate, rápidamente empezamos nuestro diálogo interplanetario. ¿Dime, es cierto que hay estanflación en la Argentina?

Mira Orun, estanflación es la combinación de inflación con estancamiento económico, Técnicamente no hay estanflación, porque aunque la inflación se mantiene relativamente elevada en tasas cercanas al 3% mensual, la economía crece.

Sin embargo, hay sectores que andan bien y otros que no levantan cabeza. No es estanflación pura, pero tampoco es una recuperación vigorosa. Es una mezcla en la que energía, el agro y la minería son muy dinámicos y otros como construcción, industria, consumo masivo, o el empleo formal están estancados o cayendo.

¿Y la gente cómo lo vive?, preguntó Orun.

Ahí está el nudo del problema. El poder adquisitivo se deterioró. No solo por la inflación acumulada, sino porque hay gastos que antes estaban subsidiados y ahora se pagan a un precio más realista: la luz, el gas, el transporte. Estas subas implicaron que a la gente le queda menos plata para gastar en otras cosas. El consumo se resiente.

Hay gastos que antes estaban subsidiados y ahora se pagan a un precio más realista: la luz, el gas, el transporte.

Orun me miró con esa expresión que ya reconozco: la de quien va a hacer la pregunta más difícil. ¿Y qué se puede hacer? ¿No hay políticas de estímulo disponibles?

Le respondí que el margen es estrecho. En lo fiscal, directamente no hay espacio: el déficit cero es la columna vertebral del programa económico. Tocarla sería enviar una señal muy mala a los mercados y arriesgar todo lo ganado en credibilidad. En lo monetario hay algo más de margen, ya que el crédito es uno de los motores del consumo y la producción. Pero ahí también hay una tensión: expandir el crédito en pesos puede presionar sobre la inflación, que todavía no bajó lo suficiente. Todo un dilema.

Pero estuve leyendo, dijo Orun, que están aumentando los créditos en dólares y que el gobierno permite que la gente use los dólares del colchón. ¿Eso no ayuda?

Si ayuda, pero con limitaciones importantes. Los créditos en dólares dentro del sistema bancario solo pueden otorgarse a empresas exportadoras o a las que forman parte de su cadena productiva. No es un instrumento de alcance masivo.

Y extenderlos más allá de eso tiene riesgos reales para el sistema financiero: los depósitos en dólares son a la vista —se pueden retirar en cualquier momento— pero los préstamos son de largo plazo. Argentina tiene antecedentes dolorosos de corridas contra los dólares, y sin un prestamista de última instancia en moneda extranjera, esa asimetría puede volverse peligrosa. Y no te olvides que es riesgoso para un banco prestarle dólares a personas o empresas que tienen sus ingresos en pesos.

¿Y los dólares del colchón que fluyen hacia consumo de autos o propiedades? preguntó Orun.

Eso ayuda, pero su efecto es acotado. El dólar se usa poco para las transacciones del día a día. Su impacto se concentra en el mercado inmobiliario y el automotor, que no son sectores menores pero tampoco traccionan toda la economía.

Orun asintió y preguntó lo que me esperaba: ¿Y el tipo de cambio? ¿No podría ser una herramienta?

Todo un tema, no me la hacés fácil. En el muy corto plazo, una devaluación no es expansiva; por el contrario, puede reducir el poder de compra de los salarios y presionar transitoriamente la inflación. Pero a mediano plazo, si corrige un atraso cambiario, mejora los incentivos para exportar y competir mejor con las importaciones, dándole oxígeno a la industria local y ayudando a algunos sectores como la construcción donde las propiedades se venden en dólares mientras que los costos son en pesos.

Picante como siempre, Orun preguntó si había atraso cambiario, a pesar de que el dólar flota en un esquema de bandas cambiarias.

Tocaste un tema espinoso donde hay visiones encontradas. Parece un hecho que Argentina va rumbo a ser un país más caro en dólares de lo que fue en el pasado. Pero ahora parecería que necesita un tipo de cambio real más alto hasta que se consolide la posición de reservas internacionales, que hoy son muy flacas.

Las devaluaciones no ocurren por capricho, pasan porque en algún momento el tipo de cambio se atrasa y la economía lo termina corrigiendo de una forma u otra. Fijate lo que pasó a principios de 2025, cuando se pasó del crawling peg al régimen de bandas: fue una señal de que el esquema anterior tenía limitaciones. La clave es evitar que haya atraso, porque el costo de corregirlo siempre es alto por el impacto en la inflación y en la estabilidad financiera.

Una pregunta más, dijo Orun, antes de terminar el mate. Y que pensás del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, no podría ayudar a reactivar la obra pública o el mercado hipotecario? Escuché que hay plata ahí.

Buen punto, de hecho, hay unos 10.000 millones de dólares en acciones que están durmiendo porque nadie se atreve a venderlas o buscar la forma de usarlas para estimular el crédito. Raro, que un gobierno que quiere privatizar mantenga esos fondos y no los use para reactivar el crédito a largo plazo. Posiblemente haga falta una ley para eso, pero lo curioso es que es un tema del que no se habla. Lo cierto es que el FGS, tal como funciona hoy, no le sirve prácticamente a nadie. Los jubilados no reciben ningún beneficio, y no sirve como en otros países para motorizar el mercado de capitales.

Orun se quedó pensativo. Luego, con esa calma marciana que a veces me desespera, resumió: Entonces, si entiendo bien, las palancas para reactivar son varias pero todas tienen sus límites. El crédito en pesos choca con la inflación. El crédito en dólares choca con la fragilidad financiera. El tipo de cambio choca con el poder adquisitivo. Y el FGS duerme. ¿Qué queda?