El tipo era (es) uno de los más influyentes hombres del Presidente. Alguien que está en el vértice de los principales entramados de poder que se tejen desde la Casa Rosada. Un muy exitoso abogado –en serio–, que hace ya más de una década se comprometió en cuerpo y espíritu con la aventura política de Mauricio Macri.
"¿Qué es Cambiemos?", repitió, tras oír la pregunta. Meditó la respuesta. Hizo un gesto, como si sus ojos –vivos, inquietos; marca registrada de su reconocida sagacidad– la buscaran en el techo. "Creo que es una oportunidad para cambiar, fundamentalmente, algunas instituciones", ensayó, tras un par de segundos de silencio. "Para salirnos de un esquema populista, que es degradante para toda la sociedad", agregó, con un tono casi sacerdotal.
"Quizás, la única... Y la última", remató.
El diálogo se produjo en un anochecer de mediados de 2016. Días en los que quien esto escribe tuvo acceso a dos de los principales confidentes del entonces nuevo poder. "Somos un punto de inflexión. Una generación de transición, entre la vieja y la nueva política", se entusiasmaba en la protectora penumbra del bar de un cinco estrellas uno de los personajes de los que más se habló –y menos se vio– en los últimos años. Devoto del bajo perfil, defendía–todavía lo hace– con alma pero desde las sombras a "este loco", como llama, con afecto fraternal, al actual inquilino de la Quinta de Olivos.
Esa fue la épica que motorizaba a los "Pro pura raza" en el albor de Cambiemos. El mejor equipo de los últimos 50 años. Profesionales altamente exitosos en el sector privado, sin mácula alguna de la "grasa de la militancia", que, como émulos sanmartinianos, sacrificaron sus cómodos bienestares para atender al llamado de la Patria.
Una historia atractiva. Muchos la compraron. Adentro y, sobre todo, fuera del país. La percepción –más de que nada, entre los inversores externos– de que, si no era con este gobierno, con esta gente, la Argentina, esa tierra con tantas promesas como desencantos, no salía más.
A lo largo de casi cuatro años, el Gobierno cometió errores, por supuesto. Muchos y graves, que eclipsaron los aciertos. Priorizó, en ciertas encrucijadas, la batalla cultural para ganar la guerra económica. La capitulación en la segunda condujo a la derrota en la primera. La constatación más firme es la forma en la que el binomio Fernández-Fernández arrasó en las PASO.
Es difícil ganar una elección cuando sólo hubo sangre, sudor y lágrimas. El 53% de la gente cree que el principal responsable de la crisis post PASO es Macri, según una encuesta de Federico González y Asociados publicada en esta edición. Sin embargo, mucho de lo desencadenado el 11 de agosto es consecuencia de que, afuera, los temidos "mercados" le bajaron el dedo no sólo a este gobierno, sino –directamente– al país. Como al adolescente incorregible, un "caso perdido", a la espera de que madure después de darse varios tortazos con la vida. El temor de la vuelta al populismo, como reflejaron los medios financieros internacionales. Y no sólo por lo que, a ojos del siempre prudente José Mercado, representan Alberto y su compañera de fórmula. También, por el porcentaje de la población que cree que ese es el camino. Y ese, tal vez, quizá haya sido el mayor fracaso de Cambiemos. Con la incógnita de si aquel augurio -la única y última oportunidad de salir del círculo del populismo- no terminará siendo una profecía autocumplida.