La maraña de restricciones, regulaciones, límites y controles vinculados al mercado cambiario y al comercio exterior que se sucedieron desde octubre del año pasado sumó ayer un nuevo integrante a la familia: las compras con tarjeta de crédito en el exterior ¿Cuál es el común denominador que precipita todas estas medidas? La menor holgura de divisas que padece la economía argentina.
Pero el Gobierno sigue encerrado en el laberinto que supo construir con sus propias conjeturas. Desde el prisma oficial, la salida de capitales obedece a intereses corporativos espurios, la avalancha de importaciones que se registraba hasta el año pasado responde a la ausencia de un proceso de sustitución adecuado a nivel interno (y tras 10 años de reindustrialización), y las compras de dólares de los pequeños ahorristas son sencillamente gente malinformada que no comprende que el peso es hoy la mejor opción de ahorro.
En este contexto, otro diagnóstico subsiste postergado entre los que toman decisiones: el incesante retraso del tipo de cambio, producto del efecto tijera que generaron varios años con una inflación superior al 20% y un tipo cambio nominal que se ajustó a un ritmo de la mitad. No hace falta ser un letrado en la materia para comprender que la apreciación del tipo de cambio desalienta las exportaciones e impulsa las importaciones.
Reduce por lo tanto el ingreso de dólares por la balanza comercial. El Gobierno decidió trocar esta tendencia por las trabas a las importaciones, aún a riesgo de coquetear con la recesión, desplome de la inversión mediante.
Pero el retraso cambiario también juega un papel clave en el lado financiero de la economía. En la percepción del público y las empresas con precios minoristas que suben año tras año más del 20% el dólar (entendido como un bien que brinda el servicio de reserva de valor) se abarató sensiblemente. Y como cualquier bien, si su precio baja su demanda sube.
Entonces, ¿cuál es una posible salida al laberinto? ¿Devaluar? No. Hacerlo en un contexto inflacionario sería un juego de suma cero (lo que se gana por la devaluación nominal se perdería al poco tiempo por la suba de precios). Previamente se requiere un plan antinflacionario serio. Y el primer paso para ello es reconocer el problema. Luego sí analizar cuál es el tipo de cambio que devuelve la competitividad perdida a la economía, y por lo tanto la holgura de divisas de antaño. En definitiva se trata de recuperar el modelo K primogénito: con tipo de cambio competitivo y superávits gemelos (fiscal y comercial). Hoy ya casi un recuerdo.
De otra forma, el Gobierno continuará adetrandose paulatinamente en esta maraña de regulaciones, controles y prohibiciones sin fin. Son, en definitiva, parches que generan distorsiones y dilatan tendencias de fondo, emulando a Don Quijote frente a los molinos de viento.