Desde su llegada al poder, Donald Trump introdujo en su política internacional una nueva lógica económica, destinada a priorizar los intereses de Estados Unidos a escala global. El mundo empezó a decodificar así sus movimientos, marcados por anuncios generales que luego fueron dando lugar a negociaciones unilaterales.
La onda expansiva llegó hasta la Argentina, una nación “privilegiada” por el vínculo entre ambos presidentes, que tiene pendiente completar ahora un nuevo marco de inversiones y comercio. Pero lejos de quedar en segundo plano, es este contexto el que pone más en valor el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, que tras 25 años de negociaciones, está cada vez más cerca de ver la luz.
Por empezar, en esta ocasión la persecución cambió de sentido. El bloque chico dejó de correr detrás del bloque grande, y fue la UE la que acomodó sus piezas internas para que los consensos previos pasen el filtro institucional y se transformen en acuerdos. De los 27 países que la integran, 21 votaron a favor, incluyendo Alemania, España e Italia.
Los que votaron en contra fueron Francia, Polonia, Austria, Irlanda y Hungría, mientras que Bélgica se abstuvo. El número logrado superó así el umbral de 55% de apoyo requerido de los estados miembros (15 de los 27) y el 65% de representación de la población total de la eurozona.
Francia optó por no enfrentar la férrea resistencia de los agricultores franceses, pero Italia -que tenía un dilema similar- finalmente se alineó con el sí. El dato que revela el interés comunitario es que aceptaron destinar 45.000 millones de euros extras a la Política Agrícola Común (subsidios, dicho en criollo) a partir de 2028 si se instrumenta el acuerdo, tal como pedía Goorgia Meloni. Todavía falta conseguir la ratificación por parte del Parlamento Europeo, que no es poco.
El acuerdo elimina aranceles sobre gran parte del comercio bilateral, incluyendo vehículos, maquinaria y productos industriales europeos, y abre cuotas de importación para alimentos y materias primas de la región. Es comprensible que entusiasme más al campo y a la agroindustria, porque son quienes están más preparados para aprovechar sus beneficios. Pero hay que tener en cuenta que la Argentina necesita abrir todos los mercados posibles si es que aspira a conseguir un crecimiento sostenido. Y en ese sentido, lo que ofrece Europa es más que valioso.
La UE es un conglomerado de más de 450 millones de personas. Conforma la tercera mayor población mundial (5,5% de los habitantes), detrás de India y China. Según datos de PromArgentina, más de 2200 empresas locales exportan a sus países, transformando a la UE en el segundo destino al que las compañías nacionales venden sus productos. Hay más: la UE es el principal inversor externo, con un stock de inversión directa de u$s 76.500 millones al 2024.
Europa hoy no quiere dejar de ser un actor global, menos cuando el propio Trump puso ahora la mira en Groenlandia (un territorio autónomo de Dinamarca). El Mercosur también necesita un horizonte que amplíe sus márgenes y lo revitalice. Oportunidades como esta no deberían ser desaprovechadas.