El dólar oficial volvió a perforar la zona de los $1.400 y, medido en términos reales, regresó a niveles bajos. La escena, impensada meses atrás, se da en un contexto de tasas en pesos todavía elevadas, expectativas relativamente ancladas y una sensación de mayor orden macro en el corto plazo.

La explicación no responde a un único factor. Es el resultado de una combinación de incentivos financieros y señales que hoy juegan a favor del peso.

El primer motor es el esquema de tasas reales positivas. Con una inflación mensual que ronda el 3% y rendimientos en pesos que se ubican por encima de ese nivel, el atractivo del carry trade reaparece con fuerza.

Inversores venden dólares y se posicionan en instrumentos en moneda local —desde plazos fijos y letras del Tesoro hasta bonos ajustados por inflación— para capturar el diferencial de tasa. Ese flujo agrega oferta de divisas en el mercado y contribuye a sostener la estabilidad cambiaria.

A ese incentivo financiero se suma la intervención activa del Banco Central. En las últimas semanas la autoridad monetaria aprovechó la calma para recomponer reservas y reforzar la señal de control. Las compras netas superaron los USD 2.100 millones y ya se acumulan más de 30 ruedas consecutivas con saldo positivo. El mensaje es claro: mientras haya margen, el Central busca fortalecer su posición.

El contexto financiero también ayuda. El riesgo país se ubica en torno a los 500 puntos básicos, con una baja superior al 50% respecto de los niveles observados en octubre, en plena tensión electoral. La aprobación de reformas y una percepción de mayor disciplina fiscal reforzaron la idea de orden macro, al menos en esta etapa.

Sin embargo, el punto clave es que la actual estabilidad luce más coyuntural que estructural.

El equilibrio depende de tres pilares: tasas altas, expectativas contenidas y flujo financiero. Si alguno de ellos se debilita, el escenario puede cambiar.

El incentivo al carry está atado a que la tasa en pesos supere claramente a la inflación. Si la desinflación se frena o si las tasas comienzan a bajar más rápido de lo previsto, el atractivo financiero se reduce y el flujo hacia activos en moneda local podría revertirse. En ese caso, la presión cambiaria reaparecería con mayor facilidad.

Por ahora, el dólar transita una tregua sostenida por la ingeniería financiera y por un clima de expectativas bajo control. La estabilidad existe, pero tiene cimientos financieros más que productivos.

La pregunta no es por qué está planchado hoy sino cuánto tiempo puede durar una calma que depende de tasas altas y capitales que entran por rendimiento.

En la Argentina, cuando el dólar se aquieta por razones financieras, el mercado siempre mira el reloj.