El tablero para el año próximo se mueve a pasos agigantados. Con la premisa de no soltar ni por un segundo el cumplimiento del déficit cero, los ministros del Gabinete recibieron la orden de salir a defender la gestión y pensar, como en el caso del financiamiento a los bancos para que aceleren el otorgamiento de créditos hipotecarios, medidas dirigidas para una clase media golpeada. Ni inflación, ni emisión: “Convicción e inteligencia”, así le definió un funcionario del Gobierno a esta periodista el tono del mensaje recibido.
En el corazón del poder conviven hoy dos planos de la realidad: por un lado, la gestión cotidiana y la interna constante, a veces acallada por conveniencia pero nunca extinta, entre la arquitectura estratégica y de comunicación que orbita alrededor de Santiago Caputo y el filtro omnipresente y determinante de Karina Milei. Por el otro, la psicología de un Presidente que mantiene su dogma inalterable: pragmático hasta la médula para cualquier negociación de supervivencia, pero tajante, doctrinario y refractario cuando se trata de su relación con el ecosistema periodístico y los contrapesos tradicionales.
Javier Milei concibe la relación con la prensa desde una paradoja originaria que define su identidad política. Nació y se crió como un producto de alto impacto del prime time televisivo, pero construyó su épica anti-sistema convirtiendo a los medios de comunicación en la personificación perfecta del sesgo “casta”. Durante el primer tramo de la gestión, la pirotecnia verbal contra el periodismo tradicional funcionó como un eficiente catalizador de la indignación popular: el electorado compró el espectáculo de la confrontación directa y la desacreditación de los intermediarios.
Sin embargo, en la dinámica actual, cuando la efectividad del combate mediático empieza a mostrar signos evidentes de desgaste natural y el termómetro social demanda explicaciones técnicas o certidumbres económicas en lugar de estocadas retóricas, las costuras del dispositivo comunicacional oficial se ven.
Es en esa grieta en la que se debaten los ruidos de la vocería y las fricciones de la mesa chica. La incorporación de perfiles técnicos y vocación explicativa intentó maquillar el estilo agresivo de la etapa inicial, buscando mutar de la ironía corrosiva a la explicación didáctica.
Hoy existe una tensión entre el deseo de responderlo todo, por parte de algunos funcionarios, que terminan convirtiendo las conferencias de prensa en clases de filosofía económica e inclusive a veces meten al Gobierno en berenjenales comunicacionales innecesarios (como el del dólar a $1.800), y la imperiosa necesidad política de mantener abiertas las vías de diálogo formal con los distintos actores.
En los despachos más influyentes de Balcarce 50 hay coincidencias parciales: el Presidente respalda sin fisuras a quienes leen la economía en su misma frecuencia teórica y ve en ellos piezas importantes para el armado territorial en las provincias (léase Adrián Ravier, vocero presidencial, posible candidato a gobernador en La Pampa, si logra sortear los líos verbales en los que solo se mete. Ravier ocupó una banca por esa provincia y allí va los fines de semana a dar charlas para llevar las ideas económicas de la Libertad). Sin embargo, el ecosistema interno no siempre piensa lo mismo.
La resistencia del entorno de Karina Milei y las diferencias de visión estratégica con Santiago Caputo no desaparecieron; simplemente bajaron el voltaje para no tapar la música central de la gestión macroeconómica.
A todo esto, el enfrentamiento del Presidente con los medios de comunicación tiene una peculiaridad analítica que desconcierta sistemáticamente a la política tradicional: no opera mediante los métodos clásicos de coerción administrativa ni de apriete institucional que caracterizaron a otros ciclos políticos. En la Rosada se jactan, en estricto off the record, de no haber utilizado los organismos de fiscalización tributaria ni la estructura de inteligencia estatal, como otros, para ajustar cuentas personales o carpetear a referentes de la prensa.
El método libertario es singular: Milei puede fijar un tuit furibundo contra un grupo editorial centenario un lunes por la mañana, pero al día siguiente su administración convalida sin trabas fusiones empresariales de gran escala que lo incluyen. Denostó abiertamente a dueños de medios y periodistas estrella, pero no frenó acuerdos comerciales ni licitaciones clave de esos mismos grupos en áreas estratégicas. Es una batalla estrictamente simbólica, de trinchera ideológica y batalla cultural, donde el tuit presidencial sustituye de una manera más prolija a la carpeta de los servicios de inteligencia.
El ajedrez con los gobernadores y la amenaza fantasma
Fuera del microclima mediático y las tribunas digitales, el Gobierno lee el mapa político nacional con un pragmatismo frío y calculador. Para el Triunvirato de Hierro que conduce los destinos del Ejecutivo, el verdadero articulador del ecosistema opositor no está sentado en el Congreso ni gobierna ninguna provincia de alto perfil, está en la trastienda de la política bonaerense. Más allá de que la estrategia oficial hoy busque encasillar a Axel Kicillof y su indefinición para cortar el cordón con Cristina, como el candidato natural, sabe que operativamente es Sergio Massa el articulador en las sombras de una resistencia radicalizada.
El Gobierno entiende que el líder del Frente Renovador intenta como otras veces complicar con sus mensajes la actividad económica real para desgastar la imagen presidencial y forzar, de cara al turno electoral, la consolidación de un candidato “moderado”. Esta figura, que se intenta genere atracción en sectores financieros y empresarios, buscaría absorber el descontento de la golpeada clase media. Sin embargo, los números de las planillas oficiales muestran un escenario diferente.
Con índices de confianza en el Gobierno que muestran señales de rebote técnico y un núcleo duro de apoyo que se estabiliza cerca del 40%, el oficialismo parte de la hipótesis de que el 60% opositor está profundamente fragmentado. De esa porción mayoritaria, aseguran, más del 70% jamás regresaría a una opción de corte kirchnerista. En tanto la tan mentada “tercera vía” siga siendo una abstracción conceptual sin líderes territoriales ni propuesta concreta, el beneficiario del voto por descarte seguirá siendo el propio Javier Milei.
Los gobernadores provinciales, pragmáticos y especialistas de carrera en la supervivencia fiscal, leen exactamente lo mismo. En el Poder Ejecutivo aseguran tener alineados —o al menos bajo un esquema de neutralidad garantizada— a no menos de 14 mandatarios provinciales. La razón de este acompañamiento no responde a una conversión febril al ideario libertario, sino a la pragmática falta de una alternativa opositora nacional y a la necesidad urgente de atraer inversiones a sus territorios. Salvo en distritos específicos donde el entramado industrial padece la apertura, el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) opera como un activo positivo importante.
En la Rosada consideran que si los mandatarios provinciales olfatearan a un Presidente políticamente agotado o sin margen de maniobra, ya habrían iniciado la construcción de una trinchera opositora propia. Al no ver ese vacío de poder, prefieren el pacto de convivencia: gobernabilidad parlamentaria, transferencia de obras viales para licitación provincial y fondos básicos a cambio del acompañamiento en leyes clave, incluyendo la eventual suspensión o modificación del sistema de PASO allí donde los números electorales cierran para ambas partes.
La batalla por el 51%
Para una parte de la Rosada es tan necesario trabajar provincia por provincia en los acuerdos como reconectar con el voto joven.
En las próximas elecciones, el 51% del padrón electoral estará compuesto por ciudadanos de entre 15 y 40 años. Es exactamente el mismo segmento sociocultural que en 2023 empujó la marea libertaria en la mesa familiar y al que hoy el Gobierno busca reconectar activamente, desplazando la discusión política de los sets de televisión tradicionales hacia el ecosistema digital y las plataformas de streaming.
El relato oficial diseñado para este universo de votantes buscará despegarse, en lo posible, de las urgencias del bolsillo inmediato para proponer una narrativa de refundación a 20 o 30 años. La apuesta de comunicación sobre este electorado joven gira en torno a conceptos como el Super RIGI, el desarrollo de nodos de inteligencia artificial, la economía del conocimiento y la automatización del trabajo.
El mensaje que baja la Rosada es directo: no hay soluciones populistas ni atajos mágicos para el presente, sino la construcción de las bases estructurales para cuando los estudiantes y jóvenes profesionales de hoy se consoliden en el mercado laboral.
Esta perspectiva de largo plazo busca, por definición, un proceso de reconversión productiva sin anestesia estatal para el tejido industrial tradicional. La visión oficial no contempla salvavidas financieros ni proteccionismo para sectores de bajo valor agregado o incapacitados para competir en un esquema de economía abierta, como el rubro textil.
En el paradigma económico del Gobierno, la eficiencia es la única variable que define la supervivencia empresarial y al que no le guste que no vote al oficialismo.
El Gobierno de Javier Milei se mueve, en definitiva, bajo una certeza que desconcierta a los analistas políticos tradicionales: el Presidente no está dispuesto a ejecutar medidas populistas para estirar un resultado electoral ni a desviar el rumbo económico para amortiguar el costo social de la transición. La reconfiguración de la comunicación oficial, con sus inevitables torpezas operativas, sus feroces internas de palacio y el estilo confrontativo del Presidente hacia el periodismo, es la manifestación de una convicción dogmática.
Para el núcleo duro de la Casa Rosada, el programa económico no es una herramienta de negociación política: es un mandato que se defiende en la trinchera y se lleva hasta sus últimas consecuencias. Si se gana con eso el 2027 bien, y si no, a casa.