Durante décadas, la Ciudad de Buenos Aires funcionó como el principal motor económico del país. Concentró empleo calificado, empresas, innovación, universidades, servicios profesionales y financieros. Era la ciudad donde se producía, se consumía y, sobre todo, donde se ascendía socialmente. Sin embargo, algo parece haber cambiado en las últimas décadas.
Los datos de los últimos años muestran un fenómeno silencioso pero profundo: Buenos Aires se estanca mientras otras regiones encuentran nuevos motores de crecimiento, fundamentalmente centradas en sus recursos naturales. En la última década, el Producto Bruto Geográfico de la ciudad aumentó apenas un 2%. Pero lo más preocupante no es solo el bajo crecimiento, sino la pérdida sistemática de participación en la economía nacional. Ninguna jurisdicción perdió tanto peso relativo.
La estructura productiva porteña encuentra dificultades evidentes para insertarse con fuerza en aquellas cadenas de valor que hoy muestran mayor dinamismo económico como la energía, la minería y el complejo agroindustrial. En paralelo a ese desacople, en CABA se empieza a ver un problema más profundo: la pérdida de dinamismo de los sectores que históricamente explicaban su centralidad económica.
El problema no es solamente cuánto crece Buenos Aires, sino cómo crece. Tras la fuerte caída de 2024, el PBG porteño rebotó en 2025. Sin embargo, detrás de ese dato aparecen señales ciertamente anómalas, porque a pesar del crecimiento económico agregado, cerraron empresas y cayó el empleo formal. Más del 60% de este crecimiento estuvo explicado por el sistema financiero, impulsado por la expansión del crédito privado, que ya empieza a mostrar sus límites. Mientras tanto, sectores con alta capacidad de generación de empleo —comercio, industria, construcción y servicios profesionales— siguen por debajo de los niveles de actividad previos.
Es decir: la economía crece, pero no derrama empleo ni crea nuevas empresas. La situación del mercado laboral porteño, asimismo, empieza a reflejar un deterioro estructural. En 2025 disminuyeron tanto los asalariados formales como los informales, mientras aumentó el cuentapropismo. Durante años, las empresas de plataformas funcionaron como amortiguadores frente a la falta de empleo. Pero incluso esas formas de inserción parecen haber encontrado un desgaste. La ciudad empieza a mostrar síntomas de saturación laboral también en esos sectores: más personas compitiendo por ingresos cada vez más inestables.
Y sobre este escenario aparece un nuevo desafío: el avance vertiginoso de la inteligencia artificial sobre servicios profesionales, administrativos, financieros, comerciales, legales, contables, diseño, programación, atención al cliente o marketing, el corazón del empleo calificado urbano.
Pero la transformación de Buenos Aires no es únicamente económica. También están cambiando las dinámicas de la vida urbana. La Ciudad atraviesa un fuerte proceso de envejecimiento demográfico: hoy ya hay más adultos mayores de 65 años que menores de 15. Al mismo tiempo, los hogares inquilinos crecieron de manera acelerada y los hogares unipersonales se expanden como nunca antes, mientras que cada vez más jóvenes postergan su emancipación residencial porque no pueden afrontar el costo de los alquileres.
La combinación entre salarios deteriorados, dificultad de acceso a la vivienda y precarización laboral empieza a erosionar uno de los principales activos históricos de Buenos Aires: la promesa de movilidad social ascendente.
Incluso aparecen transformaciones más silenciosas pero igual de relevantes. Según las encuestas de uso del tiempo, las actividades de encuentro, recreación y sociabilidad cayeron más de un 30% entre 2016 y 2023, mientras aumenta el tiempo frente a pantallas. Algo también está cambiando en la forma en que convivimos, circulamos y construimos comunidad urbana.
Eso obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de ciudad puede ser Buenos Aires en las próximas décadas?
Mientras la pobreza bajó en el último año, la ciudad muestra simultáneamente un fuerte crecimiento de los hogares de mayores ingresos. Buenos Aires empieza a exhibir rasgos de una ciudad crecientemente fragmentada: una minoría altamente integrada a los circuitos globales y una mayoría que alterna entre empleos precarios, changas digitales y vulnerabilidad permanente. La vieja “ciudad de clase media” empieza a languidecer.
Frente a este escenario, Buenos Aires necesita discutir una nueva estrategia de desarrollo. Una agenda que no se limite a administrar servicios urbanos, sino que piense cómo volver a generar dinamismo económico, innovación y empleo de calidad.
La ciudad todavía tiene enormes ventajas: capital humano, universidades, ecosistema emprendedor, infraestructura cultural, turismo, conectividad y densidad urbana. Pero ninguna de esas fortalezas garantiza por sí sola crecimiento futuro.
El desafío es construir un nuevo modelo de desarrollo para Buenos Aires que inserte a la ciudad en las cadenas de valor que están llamadas a ser protagonistas del escenario global de las próximas décadas. Pero también implica discutir cómo reducir el costo de vida urbano, que no es otra cosa que facilitar el acceso a bienes y servicios para que vivir en Buenos Aires no sea un privilegio o una odisea para las familias.
Las ciudades que prosperan no son las que simplemente administran el presente, sino las que logran interpretar las contraseñas de la época para transformar su realidad y proyectarse hacia el futuro. Buenos Aires tiene todo para estar a la altura de este enorme desafío.