Hay acciones cotidianas que parecen pequeñas, pero que pueden marcar una diferencia importante en la salud futura. Elegir qué come un niño y ofrecerle una alimentación adecuada es una de ellas. Durante los primeros años, cuidar la nutrición es mucho más que pensar en el crecimiento. Es acompañar una etapa en la que los sistemas biológicos aún están en desarrollo, y en la que la alimentación puede influir en aspectos tan diversos como la maduración cerebral, la función inmunológica y la salud futura.
Los primeros mil días de vida, desde la gestación hasta los dos años, representan una ventana especialmente sensible. Durante este período ocurren procesos fundamentales para el crecimiento y el desarrollo, con requerimientos nutricionales específicos. Numerosos estudios han demostrado que, durante este período, la nutrición puede tener efectos que trascienden la infancia, influyendo sobre el desarrollo cognitivo y la salud metabólica. Por eso, hablar de nutrición infantil también implica comprender estas necesidades específicas y acompañar a las familias con información y herramientas adecuadas para abordarlas.
Los datos disponibles invitan a mirar esta realidad con atención. Un análisis del Centro de Estudios sobre Política y Economía de la Alimentación (CEPEA), presentado durante la Semana de Congresos y Jornadas Nacionales 2024 de la Sociedad Argentina de Pediatría, identificó brechas entre la ingesta observada y las recomendaciones nutricionales de referencia de nutrientes críticos en niños argentinos de entre 1 y 2 años: el 80% no alcanza la recomendación de ácidos grasos esenciales Omega 3, alrededor del 40% presenta ingestas insuficientes de vitamina D, y las inadecuaciones de calcio y folato alcanzan al 34% y al 26,7%, respectivamente.
Estos nutrientes cumplen funciones importantes durante el crecimiento y desarrollo infantil. Los Omega 3 participan en procesos relacionados con el neurodesarrollo, la vitamina D contribuye a la salud ósea y al funcionamiento del sistema inmune, mientras que el calcio y el folato participan en mecanismos esenciales para estos procesos.
Cuando las necesidades nutricionales no son cubiertas adecuadamente, aumentan los desafíos para alcanzar el máximo potencial de desarrollo. Detrás de cada número hay madres, padres y cuidadores que toman decisiones todos los días buscando lo mejor para sus hijos. Muchas veces lo hacen enfrentando dudas, información contradictoria o limitaciones que dificultan sostener hábitos saludables de manera consistente. Y ahí aparece uno de los grandes desafíos: lograr que el conocimiento y las herramientas disponibles lleguen de manera oportuna a quienes más las necesitan.
Frente a esta realidad, generar evidencia científica es fundamental para comprender mejor las necesidades nutricionales en cada etapa de la vida y contribuir a decisiones basadas en conocimiento sólido. Existen distintos espacios e iniciativas dedicados a esa construcción de conocimiento.
En nuestro caso, desde 2021, el programa de investigación científica local ATENEA impulsa estudios sobre distintas dimensiones de la nutrición, entre ellas la alimentación materno-infantil durante los primeros 1000 días y la calidad de la dieta en menores de 3 años. Hasta el momento, el programa impulsó 41 investigaciones: 30 ya fueron publicadas y 11 continúan en curso.
Cuidar a los niños también implica generar las condiciones para que alcancen su máximo potencial de crecimiento, aprendizaje y desarrollo.
Contar con ese conocimiento resulta especialmente valioso cuando se trata de niños con necesidades nutricionales particulares, como alergias, intolerancias o enfermedades poco frecuentes. Comprender esas necesidades y desarrollar estrategias nutricionales adecuadas para cada situación también es una forma de cuidar a nuestros niños.
Pero la evidencia, por sí sola, no alcanza. Su verdadero valor está en contribuir a una mejor comprensión de la nutrición infantil y aportar herramientas para acompañar el crecimiento y desarrollo de los niños, de la mano de las familias, los profesionales de la salud, las instituciones académicas, los sistemas de atención sanitaria y distintos actores comprometidos con la salud infantil.
En el mes en el que celebramos a las infancias, vale la pena recordar que cuidar a los niños también implica generar las condiciones para que alcancen su máximo potencial de crecimiento, aprendizaje y desarrollo. La nutrición es una parte fundamental de ese cuidado y requiere de un compromiso compartido.
Los primeros mil días representan una oportunidad biológica única. Es una etapa que no se repite y en la que cada acción orientada a mejorar la nutrición puede contribuir al crecimiento, el desarrollo y la salud futura de una persona. Comprenderlo y actuar en consecuencia es una de las mejores inversiones que podemos hacer para el futuro de nuestros niños.