Las reacciones frente a la convalecencia de la presidenta Cristian Fernández de Kirchner evidencian la delgada línea que en la Argentina separa a la institución presidencial la Presidencia de las personas que transitoriamente la ejercen. En efecto, la mayoría del sistema político en nuestro país, tanto en el gobierno como en la oposición, y una parte importante de los medios de comunicación y actores cuya opinión es consultada, pone en un segundo plano la institución presidencial y privilegia la opinión sobre personas y subjetividades asociadas.
En todos los sistemas presidencialistas el ocupante del cargo asume cierto carácter simbiótico con la institución. Como protagonista indiscutido de uno de los dos poderes con legitimidad electiva, el presidente de turno corporiza la institución presidencial y asume frente a la opinión pública la cristalización de apoyos y descontentos por la marcha del gobierno.
En la Argentina, sin embargo, esta dinámica se potencia por el carácter concentrado, unipersonal y encapsulado del ejercicio del poder presidencial. La debilidad del gabinete de ministros como cuerpo colegiado que desempeña el gobierno, sumado a una estrategia de referenciación de todos los actores (en el Ejecutivo, el Legislativo y en los líderes sociales) con la presidenta como principal fuente de inspiración y legitimidad del ideario y las decisiones gubernamentales, aumentan la sensación de fusión de la persona con el cargo.
Por ello, ante una situación de ausencia transitoria del presidente como la que vive el país en estos días, el gobierno y una parte de la oposición y otros actores reaccionan instintivamente con acciones y opiniones de baja eficacia institucional. El Gobierno mostró cierto desconcierto y luego impericia en la comunicación presidencial al momento inicial de la convalecencia y hasta la transferencia del mando bajo el artículo 88 de la Constitución. Aún luego del traspaso formal del ejercicio de la presidencia al vicepresidente, todavía no se ha podido escenificar un gobierno completo que prosigue con sus responsabilidades a la espera de la reasunción de la presidenta.
En 1981, durante el intento de asesinato de Ronald Reagan a 69 días de haber iniciado su presidencia, el gabinete norteamericano se congregó inmediatamente en la Sala de Situación de la Casa Blanca a la espera del vicepresidente George Bush, quien en ese momento sobrevolaba el estado de Texas. Recién 73 días después del hecho el presidente Reagan dio su primera conferencia de prensa.
En algunos sectores de la oposición, comunicadores y analistas, la reacción frente a los hechos también estuvo moldeada por un prejuicio de baja institucionalidad. Las referencias a las condiciones morales y de valoración por parte de la opinión pública sobre el vicepresidente privilegiaron un posicionamiento de tipo subjetivo y político por sobre la sujeción al proceso constitucional. La carta magna prevé el camino institucional a seguir en estos casos y no agrega consideraciones sobre las condiciones coyunturales de legitimidad política del vicepresidente. Esta dinámica fue puesta a prueba desde mediados de 2008 y durante el primer mandato de la Presidenta, cuando en varias ocasiones delegó el mando en el entonces vicepresidente Julio Cobos, con quien ya no mantenía ningún tipo de relación.
Por otro lado, tanto en la comunicación presidencial como en las reacciones del sistema político faltó espacio para los expresidentes. En ninguno de los dos sentidos se activó la consulta a los exmandatarios, que en estos casos pueden tener una función de contribución al sostén de la institución presidencial con independencia de quien la ocupa en un momento determinado.
Esta suerte de club de los presidentes no ha sido posible hasta ahora en la Argentina porque la institución presidencial no ha logrado sobreponer a los perfiles individuales de los presidentes. El presidencialismo argentino descansa mucho más en las personas y en su estilo de liderazgo que en las instituciones que construyen la presidencia.
En algunas semanas más la Presidenta retomará sus funciones. Será un buen momento para iniciar un cambio gradual sobre algunas de las dinámicas que nos llevaron a un mal equilibrio para la institución presidencial en la Argentina.