Manuel Antelo ya está parado en la puerta del local, en el segundo nivel de Unicenter. Espera que terminen de acomodarse sus socios, la francesa Sabine Mulliez y su marido, el argentino Pedro Aguirre Saravia. También, Emiliano Aldabalde y Lucas Lissarrague, dos ejecutivos de su holding, Grupo One.
“La tercera…”, dice, entusiasta. Ya cada uno ya tiene una tijera posada sobre la cinta plateada. Esperan la orden del fotógrafo. “¡Zas!”, exclama festivo Antelo una vez que la reciben y los filos cortan la tela. Él alza el listón con su mano izquierda, como si fuera un trofeo. Sonríe. Está orgulloso. Feliz.
Fue la apertura de Balmohk, una de las tres tiendas que inauguró el viernes en ese shopping. Las otras, de Jack&Jones y Only. Todas, marcas de ropa del danés Bestseller, cuarto grupo de indumentaria del mundo. Antelo está exultante. Traje y corbata azul, camisa blanca, cinturón con la inconfundible hache de Hermés… Elegante, casi de gala, como el acontecimiento lo ameritaba. Celebrities, influencers e invitados recorren el local, con música -en vivo, en algún caso; de DJ en otros- por la ocasión. Antelo, de 72 años, está contento. Saluda gente, levanta su pulgar. Se siente pleno. Lo está. Su rostro irradia satisfacción.
A fin de cuentas, es lo que realiza a un empresario: invertir, generar riqueza, crear trabajo… Imaginar y, sobre todo, hacer cosas. Transformar la realidad. Algo que él, en más de dos décadas, no experimentaba en su país, la Argentina. Durante mucho, muchísimo tiempo, no creyó que volvería a hacerlo. Una sensación opuesta a la decepción que lo tumbó en 2002. Los desquicios que sucedieron a la trágica agonía del sueño de los ’90 -corralito, default, devaluación, pesificación, corralón- lo quebró. No en lo económico: desde esa caída, construyó, en el exterior, un holding de u$s 3000 millones anuales y 10.000 empleados. El quiebre que sufrió fue en lo moral.
“Yo estaba convencido de que, con Menem, habíamos entrado al Primer Mundo y que eso no tenía marcha atrás”, se confesó en estos días con Eleonora Cole en Aura, el stream de TN. La mayoría de las citas en este texto corresponden a esa entrevista y a charlas previas que, en el último año, el empresario tuvo con este cronista.
“Cuando le robaron la plata a todo el mundo, dije: ‘Me voy de la Argentina’”. La decisión -drástica, tajante- le llevó más de un año de maduración. Terminó yéndose a fines de 2003. “Dejé todo. Como quedó, quedó”. Ya le había vendido Renault Argentina a sus exsocios franceses y su nuevo objeto de deseo se llamaba Car One, el mega-retailer multimarca de autos que había inaugurado en 1997. Planeaba replicar el modelo en todo el país. “Puse todo en un freezer. Dije: ‘Me voy; no hago nada más acá”. Antelo, en esa época, no era un empresario más, sino una de las estrellas más rutilantes de los ’90.
Rosarino, empezó a estudiar la carrera de Contador Público a los 26 años. No sólo entró a la facultad a una edad a la que los demás suelen recibirse. También, admitió alguna vez, empezó a levantarse a la hora a la que se había acostumbrado a acostarse.
Se había ido a los 19 a París, a estudiar Economía en La Sorbona, sin siquiera hablar francés. Lo intentó durante un año, en tiempos -mediados de los ’70- en los que, todavía, sonaban los últimos cantos del Mayo francés.
Pero él se había embriagado con esa música. Dejó todo: agarró su guitarra y se puso a cantar. Sólo volvía a la universidad para comer -por un módico franco con setenta centavos-, gracias el carnet que conservó para acceder al comedor. Caracterizado con sombrero mexicano, poncho y botas de gaucho argentino, tocaba donde podía. Recorrió Europa. También, los Estados Unidos. En sus palabras: “Vivía pero no progresaba”.
No reniega de esa experiencia. Al contrario. Le enseñó a llegar a un lugar sin conocer a nadie y hacerse valer por sí mismo. Sobrevivir. “Me dio calle, contacto con la gente, hacerme amigos… Al final, los negocios son relaciones humanas. Es llegarle a la gente”, valora hoy.
Pero, en aquel momento, algo le volvió a hacer click. Retornó a Rosario. Se inscribió en la facultad para tener el mismo título que su abuelo materno, Esteban Daneri, una de las dos personas que más lo marcó en su vida. La otra, su madre, Leticia, cantautora, mezzosoprano y actriz de reconocida trayectoria artística. Geminiano, dice tener esas dos caras en su personalidad.
Entre los 26 y los 39 años, Antelo atravesó la, definió, etapa “más dura” de su vida. “Pero hay un momento en el que hay que hacer un esfuerzo descomunal”, reflexionó. Suele citar una frase, que es una de sus máximas: “Sólo en el diccionario, ‘éxito’ está delante de ‘trabajo’”. En la vida real, pregona, hay que trabajar -y mucho- para triunfar.
En su caso, eso significó entrar a la empresa autopartista que fundó su abuelo, una de las principales fabricantes del país de piezas para motor, en especial, aros de pistón. En 1987, cuando al gobierno de Raúl Alfonsín ya le empezaba a ser indomable la inflación, tuvo una oportunidad. Compró la filial de la productora estadounidense de frenos Bendix -que se quería ir del país- a cambio de asumir gran parte de su deuda. Así, se quedó con sus cinco plantas y 1500 empleados.
Poco después, sería el turno de la fabricante de amortiguadores Fric-Rot. Siguió adquiriendo empresas, un total de seis. Para fines de esa década, era el mayor empresario autopartista de la Argentina. Tenía 39 años.
La híper le dio otra oportunidad. En este caso, la última de Carlos Menem. La de 1990, el detonante de la Convertibilidad.
Renault, octava empresa más grande de la Argentina, perdió u$s 130 millones en un año. “C’est fini”, decidieron en París. Como era una privatización -el 100% de la automotriz era del Estado francés-, se le encomendó a un banco de inversión estadounidense que encontrara un comprador para su operación local.
El banco armó cinco carpetas, con los candidatos potenciales. Las repartió entre los principales grupos del país: Techint, Fortabat, Roggio, Pescarmona y Perez Companc.
Antelo se enteró. No dudó. Era la oportunidad de su vida, con el desafío magnánimo que enfrentaba. No sólo por pasar de ser fabricante de piezas a productor de automóviles. También, porque implicaba pujar en la licitación de un activo del Estado francés que, además, era una de las empresas más grandes de la Argentina.
Sabía que, frente al tamaño y trayectoria de los demás competidores, los auténticos Dueños de la Argentina, no le daba el piné. Aun así, no se resignó. Insistió por ser la sexta carpeta. Por una razón u otra, los demás no avanzaron. En cambio, él -único que conocía a la industria automotriz y, no menor, hablaba francés- convenció a los galos. También eso -reconoció décadas después- se lo agradece a la guitarra.
Pizza, champagne... y (efecto) caipirinha
El tiempo de Antelo al volante de Renault fue una metáfora de la Argentina de los ’90. Asumió en 1991. Ese año, el rombo fabricó 30.105 autos en Córdoba, 27% de la producción total de vehículos del país, ligeramente por debajo de Autolatina (Ford y Volkswagen) y menos de la mitad que Sevel, del grupo Macri, licenciatario de Fiat y Peugeot.
Siete años más tarde (1998), cuando la industria automotriz argentina marcó un récord de producción que sólo se superó una década después, Ciadea -la empresa con la que Antelo manejó la marca francesa- hizo cerca de 175.000, el 38% del sector.
Comercialmente, además, el rombo animó, renovó y lideró el mercado, con shares superiores al 20% y modelos, como Clio -el auto más vendido del país-, Mégane, Twingo, Scénic y Kangoo, que marcaron época, tanto en volúmenes como en innovación.
“La imagen de una empresa se asocia a los productos y servicios que comercializa. En Renault, quisimos transmitir la imagen de una empresa joven e innovadora, siempre a la avanzada en cuanto a productos y propuestas”, decía Antelo en aquella época. Una impronta que, tres décadas después, la francesa busca recuperar.
Fueron años de lanzamientos con el toque mágico e irreverente de Agulla & Baccetti en sus campañas publicitarias y eventos despampanantes, a puro glamour y espectacularidad. La empresa había inaugurado en el Palacio Chrysler -hoy, Alcorta- el Museo Renault, nacido a imagen y semejanza del histórico Pub Renault de París. Menem probaba el Mégane cabrio amarillo y el sonriente Antelo se había erigido como el empresario exitoso, gracias a un alto perfil que lo exponía en las páginas de economía tanto como en las de farándula y sociedad.
Su suerte -como la de la Convertibilidad- se revirtió en enero de 1999, cuando Brasil devaluó el real.
La industria automotriz argentina estaba en un proceso de transformación. Ford y Volkswagen disolvieron Autolatina. El óvalo se quedó con su planta de Pacheco y la alemana inauguró una nueva, al lado. También General Motors había vuelto al país con una fábrica nueva, moderna, en Rosario como poco después también lo hizo Fiat en Ferreyra, Córdoba, y, luego, el terror de Detroit de aquella época: Toyota, en Zárate. Peugeot ya le había comprado a Franco Macri la planta de El Palomar. Fue la caída final del imperio de Sevel.
En ese contexto, el efecto Caipirinha fue una resaca durísima para las automotrices locales. La producción y, fundamentalmente, los autopartistas migraron a Brasil, amparados por las ventajas de la Política Automotriz Común (PAC) del Mercosur, que -al inicio- fue mucho más propicio para la invasión de autos importados de ese país. En diciembre de 1998, además, Renault había inaugurado en Curitiba el complejo Ayrton Senna, más moderno, con el doble de capacidad que Santa Isabel y polo productor de la nueva generación de vehículos del rombo.
Renault -único fabricante sin el control de su operación en la Argentina- llegó tarde a la fiesta del uno a uno. En los años siguiente, compró gradualmente la mayoría accionaria de Ciadea. En 1997, pagó unos u$s 200 millones por el 61%. Antelo retuvo el 15%. El resto cotizaba en la Bolsa porteña. En 2001, los galos completaron el take-over. La pérdida neta de Ciadea, ese año, fue de u$s 325,7 millones, con una facturación de u$s 502,9 millones.
Lloro por ti, Argentina
Antelo, abatido, encontró una nueva vida en Madrid. Pensó en irse a los Estados Unidos o México. También, Francia. Pero, amante de los deportes, eligió España por el clima. Y a la capital castellana porque, para vivir en Barcelona, era inevitable hablar catalán. Se mudó con su mujer, Inés Peralta Ramos, y sus dos hijos menores, todavía infantes.
Se fue con la idea de replicar Car One allá. Pero CAT, empresa de logística automotriz de Renault y de la que él era socio en la Argentina y Brasil, se había vendido. Por diferencias entre sus tres nuevos accionistas -el holding sueco GAL-, la compañía terminó en concurso de acreedores. Antelo -como tantas veces antes- vio una oportunidad.
Viajaba todas las semanas a París. Durante un año, negoció con los acreedores, distress funds que les habían comprado la deuda a los bancos. Los famosos fondos buitres.
Asociado con el holding logístico noruego Wallenius Wilhelmsen -un proveedor de Renault- en una nueva compañía, Vehicle Service International (VSI), se quedó con la empresa en 2007. El año anterior, GAL/CAT había facturado 1100 millones de euros y tenía 2500 empleados.
Diez años después, en 2017, compró STVA, filial de logística y transporte de carga automotriz de la SNCF, la empresa estatal de ferrocarriles de Francia. Incorporó una operación de 312 millones anuales de facturación, 2600 vagones de tren, 725 camiones portavehículos y más de 2000 empleados, distribuidos por toda Europa continental. Fue una privatización de 164 millones de euros. CAT, hoy, es la mayor empresa de logística automotriz de Europa. Tiene 6000 colaboradores. Le permitió a Antelo lucir otra medalla: ser el único argentino que le compró dos empresas al Estado francés.
Seguía dolido con la Argentina, al que define, aún hoy, como “un país loco”. Salvo recortes esporádicos -como de El Cronista, que informó la compra de CAT-, desapareció completamente. “Lo único que podía hacer era hablar mal; hicimos cosas terribles. No me gusta hablar mal de mi país”, explicó. “No te gusta lo que hay, no lo podés cambiar, te vas. Eso es lo que hice”, justificó. La Argentina, para él, quedó “cancelada” (sic).
No vendió. Sólo, dejó lo que tenía como estaba porque “la Argentina es cíclica”. Car One, a fin de cuentas, crecía, de la mano de un mercado automotor que se expandía y, tras el récord de 955.000 patentamientos en 2013, se ilusionaba con superar el millón de unidades.
En 2017, Car One vendía entre 1500 y 2000 autos mensuales. Ese mismo año, el grupo invirtió u$s 100 millones para inaugurar su primer predio fuera de la Argentina: Uruguay.
No fue casual. Tras seis años de vivir en España, tomó otra decisión. Si se quedaba, sus hijos serían -definitivamente- españoles; no habría vuelta atrás. La herida con su tierra seguía abierta. Encontró un bálsamo en Uruguay, por cercanía y otras cualidades -estabilidad, orden, respeto- que siempre le despertaron admiración en la República Oriental.
Compró la operación de Renault y Nissan en ese país y, también, una fábrica de vehículos utilitarios, Nordex, que hoy ensambla CKD de furgones medianos y grandes para Stellantis y Ford.
Entre 2011 y 2015, su grupo, que en la Argentina había quedado con su diligente primo Omar Daneri al volante, manejó la marca Nissan en el país, su primer acercamiento después de la desilusión. Terminó vendiéndosela a los japoneses, que invirtieron u$s 600 millones para su frustrado proyecto industrial.
Antelo volvió al Río de la Plata con la industria automotriz, su viejo amor. Pero descubrió uno nuevo: el retail. Viviendo en España, descubrió Decathlon, cadena francesa cuyo secreto es vender, en grandes superficies, todo lo que se necesite para cualquier deporte y, sobre todo, a precios competitivos.
“Cuando esté la oportunidad, tengo que llevar esto a América del Sur”, pensó. Conocía a Sabine Mulliez, una del millar de herederos de la familia dueña de la cadena, uno de los linajes más ricos de Francia, con una fortuna estimada en 27.000 millones de euros y empresas que, con Decathlon, Leroy Merlin (bricolaje y hogar) y Auchan-Alcampo (supermercados), facturan 100.000 millones de euros por año.
Mulliez está casada con Aguirre Saravia, un argentino con pasado en Wall Street. Antelo se asoció con ellos. Mulliez consiguió que su familia -muy celosa con respecto a Decathlon- les diera la licencia para Uruguay, Paraguay, Bolivia, la Argentina, Ecuador y Perú.
Al mismo tiempo, el proyecto del Car One uruguayo migró a un gran predio, en el que se pudieran comprar autos, productos para el hogar, ropa y gastronomía. Un shopping a cielo abierto, un retail park pero inédito, con el auto como eje central.
Inaugurado a fines de 2021, en Canelones, sumó a la cadena de supermercados Tienda Inglesa y, gracias a sus nuevos socios, incorporó Decathlon y otras marcas de la familia Mulliez: Naterial (productos para el hogar) y Kiabi, “un H&M francés”, lo presenta.
El portafolio se expandió con JYSK -como Ikea pero danesa-, las marcas de Bestseller ya inauguradas en Buenos Aires y la de cosméticos italiana Kiko Milano, que abrirá en Montevideo y Punta del Este. “De un día para el otro, tuvimos 10 marcas y un shopping. ¿Ahora qué?”. En diciembre, abrirán en Punta del Este su segundo retail park.
Volver (pero no con la frente marchita)
“Los autos son lo suyo. Pero esto lo divierte”, lo describe Aguirre Saravia. “Me entusiasmé. Lo que me divierte hoy a mí es esto”, le había dicho Antelo a Aura.
No es lo único que le despierta entusiasmo. En su seno, germinó una semilla que, dice, heredó de su madre: la de la libertad. Por eso, en mayo de 2025, cuando ya había pasado un año y medio del gobierno de Javier Milei, Antelo cruzó el Río de la Plata en una tormentosa mañana para, en un evento de su división de autos en el ex Tiro Federal de Núñez, frente al estadio, anunció su intención, después de más de dos décadas, de volver a invertir en la Argentina. En todos sus negocios y con un desembolso de u$s 200 millones en cinco años que, de avanzar con su plan, sería apenas un monto inicial.
“Para mí, es un día muy importante. Lo veo como una vuelta a mi país”, no dudaba. “Veo, realmente, una luz enorme”. Milei, decía, dio en el clavo con el problema del país: “No es el déficit fiscal ni la inflación; esas son las consecuencias. Es la casta: un esquema de poder que nos tiene subyugados, atrapados, privados de toda capacidad de hacer algo”.
Pocos meses después, en el peor momento político del proceso electoral, redoblaba la apuesta. “Las ideas de Milei me gustan mucho más que las de Menem”, aseguró en una entrevista con este cronista. “Es muy concreto. Es clarísimo el concepto de la libertad, de la empresa, del empresario como un héroe social”, continuaba. “Nunca vi un contexto más pro-capital, pro-empresa, pro-hacer cosas, hacer negocios, como el que hay hoy”.
Para él, el mayor déficit de la Argentina era la confianza por “su track record espantoso”. También, el “miedo a volver al pasado” muy latente, vigente por los, afirmaba, “intentos destituyentes” que provocaba la inestabilidad política que se vivía en esos días.
Por eso, pregonaba, los empresarios -los auténticos, no “los que tenían la vaca atada, acostumbrados a cazar en el zoológico”- tenían que salir a hablar. Como él, que estaba por participar en el Foro de Inversiones de la Asociación de Capital Privado, Emprendedor y Semilla (Arcap), en un panel titulado “Volver a creer en la Argentina”. O, meses después, en abril de este año, cuando fue el orador más aplaudido en el Foro Llao Llao, hermética cumbre empresaria anual que se realiza en Bariloche.
Antelo es devoto de la apertura y la competencia. Por su experiencia en “las selvas feroces” de Europa y Uruguay, pregona, son las únicas formas de tener una economía eficiente. Dice rezar para que el camino hacia un país normal se consolide más allá de Milei. “Los países no se salvan con un iluminado. El iluminado, a veces, ayuda a generar una línea. Después, hay que seguirla”. Para él, esa línea es simplísima: un país abierto, desregulado y con superávit fiscal. “No necesitamos más. Somos ricos. Si seguimos por ahí, en pocos años, somos potencia”.
Sabe que no será fácil, que hay mucha gente en contra. Él mismo está inaugurando cadenas de indumentaria cuando el sector textil está en crisis. En una caída del 2,7% que tuvo la industria hasta agosto, según el IPI Manufacturero del Indec, el retroceso del rubro Textiles, prendas de vestir, cuero y calzado fue del 16,3 por cineto.
De hecho, a las mismas horas que él cortaba cintas de tres locales, trascendía que uno de los mayores empresarios del sector, Teddy Karagozian, pedía su propio concurso preventivo, después de haber solicitado el de una de sus compañías (Hilados).
Cuando él vio eso, le preguntó a ChatGPT cuántas empresas entraron en convocatoria de acreedores en Francia el año pasado. “Fueron 65.000. Acá, nos acostumbraron a que las empresas no cerraban nunca porque no competían. En el mundo normal, las empresas crecen y desaparecen. Es lo bueno del capitalismo: el que hace las cosas mal tiene que cerrar y el que las hace bien, crece. Los países crecen así. Si cerrás todo y nos protegés a todos, nos morimos todos”, su lógica.
En los Estados Unidos, compara, se valora a los empresarios porque crean empleo, riqueza… y, también, se funden. Acá, en cambio, hay varios que siempre ganan, contrasata. Porque el Estado los protegió y ellos hicieron siempre negocios con el Estado, explica. “¿Por qué la gente los va a valorar?”, razona.
Antelo quiere mostrar otra cosa. Decathlon ya inauguró tres locales -Vicente López, Córdoba y Abasto- y va por un cuarto (Rosario). La marquesina de Kiabi ya luce en la peatonal Florida. Su testimonio -no de palabra, sino en hechos- no es sólo en retail. También, con autos, donde es uno de los grandes protagonistas del boom de las marcas chinas. A las marcas que ya vendía -GWM, Haval, Ora, Poer, Tank, Changan, Jolion y JEV-, sumó otras dos este mes -Deepal y Soueast- y lanzó una de camiones (Shacman).
Antelo está enamorado de los autos eléctricos y las marcas chinas. En 2024, su grupo vendió 500 coches en la Argentina. En 2025, cerca de 3000. Para este año, apunta a 10.000. “Nunca lo vi tan entusiasmado”, se sorprende una de las personas que mejor, y desde hace más tiempo, lo conoce. Contrasta con la administración de Mauricio Macri -su gran ex competidor de los ’90-, cuando el grupo consiguió la representación de Mitsubishi e inició su relación con el grupo chino Great Wall Motors (GWM). “En ese momento, seguía estando muy prudente. Era escéptico con que la Argentina hubiese cambiado. Ahora, no. Va a fondo”, agrega ese colaborador.
“¿Quién le pone más ficha a quién con la Argentina? Nos retroalimentamos mutuamente”, dice Aguirre Saravia. Para ellos, la caída del consumo actual es una oportunidad. “Nos ayuda a encontrar locales, contratar gente… Pero, a nosotros, el público nos compra. Fuimos, en los últimos meses, la tienda número uno de ventas de Decathlon en el mundo. Y eso que, comparativamente, con otros países, somos más caros”, agrega.
En agosto, difundió en la semana el Indec, las ventas en supermercados cayeron 3,7% y acumularon un 2,8% a la baja desde enero. Las de shoppings, en cambio, subieron 3,7% el mes pasado aunque, en el acumulado anual, siguen 1,2% negativo.
No obstante, Aguirre Saravia comparte con su socio la visión optimista con el país. Lo define como un creativo, un gran generador de ideas. “A veces, tenemos que bajarlo un poco”, sonríe. Antelo mismo reconoce que gerenciar no es su habilidad, sino que “lo que hace mejor” (sic) es la visión, “definir a dónde tenemos que ir”.
La gente recorre el local, revisa las prendas. Las miran, les sacan fotos. A la ropa y selfies. “World keep on turnin’”, se oye la voz de Stevie Wonder en Higher Ground, canción de 1973. El DJ la pasa, sin importarle -o saber- lo crudamente apocalíptica y pesimista que es la letra de ese rítmico y pegadizo clásico. Aun así, una de sus estrofas dice: “Believers keep on believin’”. “Creyentes, sigan creyendo”. Precisamente, lo que hace Antelo.
“La Argentina cambió”, le asegura el empresario a este cronista, en uno de los altos de los flashes de las inauguraciones. “Esto es la prueba”, señala con su palma extendida, hacia el interior del flamante local. “El argentino se dio cuenta: no quiere seguir pagando ropa cara. Nosotros seguimos metiéndole para adelante. Soy muy optimista con la Argentina. Tenemos todo: enormes recursos y enormes oportunidades”, sigue.
“La Argentina está en un muy buen camino. Lo que todavía viene un poco atrás es el consumo. Pero ya llegará: la gente quiere comprar cosas a las que, antes, no accedía”, confía. De cero empleados en retail, llegará a 500 este año y, en dos, a 2000, la misma cantidad que tiene en Uruguay. Quiere muchos más.
Decathlon, en España, tiene 120 sucursales. Está convencido de que, en la Argentina, tiene que haber no menos de 50. “Nosotros, además, tenemos otras marcas, que vamos a abrir en todas las provincias. No somos los únicos: hay muchas otras marcas que van a venir. Obviamente, los que están acá no quieren eso”.
Pero él cree, con fervor, en el “potencial descomunal” de la Argentina. “Si la gente está convencida de que este es el modelo a seguir, quienes pierdan sus empleos por las empresas que cierran van a conseguir trabajos en los miles de empresa que van a abrir. Porque son muchísimas las empresas que van a abrir”.
Reconoce haber cambiado él también. Su sueño, ahora, es que sus hijos -los cuatro viven en el exterior- vuelvan a la Argentina. “Se volvió loco”, cuenta que dicen, después de escucharlo años predicar que no crean en el país. Pero él tiene otra máxima, descubierta en algún libro: “Cuando uno hace esfuerzo por algo, todas las fuerzas del universo conspiran para que suceda”. Es su ley. La ley del optimista Señor Antelo.