Javier Milei visitó dos canales de streaming el jueves. Pasó primero por Neura. Minutos después de que el Indec difundió que el índice de precios de abril bajó a 2,6%, aseguro que él, recién, estará “cómodo” cuando “la inflación sea cero”.
El Presidente estuvo después en Carajo. Distendido en terreno amigo, arrojó frente al Gordo Dan -centurión de las Fuerzas del Cielo- definiciones más políticas que económicas. Lanzó elogios a Donald Trump, a quien describió como “Gardel con guitarra eléctrica”. Hizo una nueva y encendida defensa de Manuel Adorni. También, respaldó al jujeño Manuel Quintar, diputado libertario afamado en esas horas por su flamante Cybertruck. Y abrió fuego, otra vez, en su guerra contra el 95% del periodismo
Pero, como suele decir él de sí mismo, “Milei es Milei” y siempre genera alabanzas o críticas. Sean sus palabras o actos, se trate de decisiones profundas, trascendentales, o las más superficiales. En este caso, su vestimenta.
En las dos entrevistas, vistió un chaleco polar. Sobrio, de un azul muy oscuro. Destacó por el logo que tenía en su pecho: el de Allen & Co, banco de inversión estadounidense fundado en 1922 con, hoy, más de u$s 4500 activos bajo gestión.
No pasó por alto para algunos medios. En especial, aquellos de identificación ideológica opuesta a la prédica del León. Enfatizaron que el Presidente vistió “la chomba” (sic) de “una banca de inversión boutique, que se especializa en medios, tecnología y bienes raíces”.
“¡Se puso la camiseta!”, destapó alguno. Contrastaron con que ya no lucía el mameluco de YPF, algo que también se le había cuestionado en su momento. Recordaron que, tiempo atrás, también Luis Caputo se había mostrado en público con un chaleco “sponsoreado” por esa entidad.
Hay una razón por la que Milei y el rockstar de su gabinete coincidieron en el vestuario. En julio 2024, “Toto” lo acompañó a Sun Valley, cuando el Presidente fue invitado a hablar en la exclusivísima convención anual que Allen & Co organiza todos los años en esa localidad turística de Idaho.
Organizada desde 1983, fue bautizada por la prensa estadounidense como un “campamento de verano para multimillonarios”. Hasta los Simpsons le rindieron homenaje -“Burns and the bees”, episodio 8, temporada 20, 2008)-, con magnates que no asan malvadiscos sino piedras preciosas, tiran flechas a obras como La Mona Lisa y El Grito, de Munch, y vuelan en escobas jugando quidditch, el deporte del mágico universo de Harry Potter.
Allí, entre las montañas del Noroeste de los Estados Unidos, casi en la frontera con Canadá, la elite financiera, económica, tecnológica y de medios se congrega en el lujoso hotel Sun Valley Lodge, construido hace 90 años. Los emprendedores y ejecutivos más influyentes del planeta oyen charlas, debaten y comparten actividades de esparcimiento durante cuatro días, alejados de miradas y oídos indiscretos. Pese a que nació como una convención para la industria de los medios, el evento está vedado el ingreso de periodistas. Paradojas de la Tierra de la Libertad.
Cuenta la leyenda que, en ese encuentro -por geografía y hermetismo, de cierta familiaridad con el Foro Llao Llao que los dueños de la Argentina hacen en Bariloche-, se gestaron negocios de decenas y hasta cientos de miles de millones de dólares.
Jeff Bezos -presencia fija en cada edición- inició en esos salones el diálogo para comprar The Washington Post. Lo propio ocurrió entre Michel Eisner (entonces CEO de Disney) y Warren Buffett -otro asistente histórico- en 1995, para la venta de la cadena ABC al reino mediático que soñó Walt. En 2006, Eric Schmidt, CEO de Google, convenció entre caminatas al sol, golf y horas de pesca, a Chad Harley para que le venda la empresa que había fundado: YouTube.
También al refugio de esa discreción, Brian Roberts (CEO de Comcast), negoció en secreto con el management de General Electric la adquisición de NBC Universal. Lo propio había ocurrido en 2000 con la fusión Viacom-Bet y, en 1999, con el mega-merger entre Time Warner y AOL.
Sólo el año pasado, aterrizaron en el aeropuerto Friedman Memorial, de la localidad de Hailey, 175 jets privados. En Sun Valley, localidad de menos de 1800 habitantes, hubo un desfile incesante: Reed Hastings (Netflix), Steve Pagliuca (Bain), David Kenny (Nielsen), Robert Kraft (Kraft Group), Brian Armstrong (Coinbase), Glen Fogel (CEO de Booking), Tobias Lutke (fundador de Shopify), Daniel Ek (founder de Spotify), David Baszuki (Roblox), Louis von Ahn (cofundador y CEO de Duolingo), Evan Spiegel (Snapchat)…
También, pesos pesados -e históricos- de esa cumbre. De Bill Gates a Bezos y su mujer, Lauren; de Tim Cook (saliente CEO de Apple) a Bob Iger (flamante ex de Disney) y Greg Abel, el elegido por Buffett para continuar su legado en Berkshire Hathaway. Del inversor de venture capital Ben Horowicz a Satya Nadella, número uno de Microsoft, a Sam Altman (OpenIA, la empresa detrás de ChatGpt). Y otras celebridades de la Corporate América: Sheryl Sandberg (Meta), Dave Watson (Comcast), Alex Karp (CEO de Palantir, la contratista de seguridad del nuevo amigo americano de la Argentina: Peter Thiel), Dan Khosrowshahi (CEO de Uber), Roelof Botha (managing partner de Sequoia Capital), David Zaslav (Warner Bros Discovery), John Donahoe (CEO de PayPal) y Mary Barra (GM).
Se los vio, además, a Larry Summers, ex Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, y a Kevin Warsh, confirmado la semana pasada por el Congreso como nuevo titular de la Reserva Federal. Estuvo Ivanka Trump, la influyente hija del Presidente, y su marido, el aún más influyente Jared Kuschner. Y notables empresarios del exterior: Won-Jin Lee (Samsung), el mexicano José Antonio Fernández Carbajal (“El Diablo”, número uno del gigante azteca Femsa) y John Elkann, heredero de la dinastía Agnelli al frente de Exor, la holding de los activos familiares, entre ellos, el gigante automotor Stellantis.
Rodeados por ex CEOs -Muhtar Kent, Joe Quincy (Coca-Cola), Eisner-, políticos, ex funcionarios -administrativos, económicos y, también, de inteligencia-, legisladores e, incluso, figuras del espectáculo, todos escucharon a Scott Bessent hablar sobre el atributo común entre su jefe actual, Trump, y el anterior, George Soros: “Los dos son impacientes cuando se trabaja en grandes deals”.
Describió semejanzas en sus temperamentos y exigencias. También ironizó sobre la posibilidad de que un viejo conocido de que un viejo conocido de muchos presentes, Elon Musk -con quien Bessent, además, tuvo encontronazos-, lanzara su propio partido. “Probablemente, consiga votos en Marte”, minimizó la proyección política del dueño de SpaceX.
Entre quienes rieron y aplaudieron esas ocurrencias, hubo un argentino: Martín Varsavsky. También había estado en 2024, cuando participó Milei, primera presencia de un presidente latinoamericano -al menos, según el registro periodístico- desde 2009, cuando habló el colombiano Álvaro Uribe.
“La presentación de @JMilei en Sun Valley 24, la conferencia más relevante del mundo, fue recibida con mucho entusiasmo”, posteó Varsavsky en esos días. “Fue un gran gesto por parte de Allen and Co invitar a nuestro presidente. La era en la que el kirchnerismo se repartía el país con sus negocios corruptos se acabó. Ahora, la Argentina se abre al mundo. Para tener una Argentina moderna y exitosa hay que acercarse a Silicon Valley y todas las figuras más relevantes de la tecnología están en esta conferencia”, agregó, entusiasta como pocos de la era del León.
Corría el primer tramo de la presidencia de Milei, en el que la novedosa aparición del libertario -que hacía su undécimo viaje internacional en siete meses- ya se insinuaba como algo más que un “fenómeno barrial”.
“El único líder del libre del mundo en este momento está en la Argentina”, decía el inversor Stan Druckenmiller, al tiempo que aseguraba haber aumentado su posición en activos argentinos gracias a ese “experimento interesante” que hacía al país “más capitalista que los Estados Unidos”.
Druckenmiller estuvo en Sun Valley 2024, que también recibió a Oprah Winfrey, en su doble condición de celebrity y emprendedora. La armada argentina fue más nutrida: además de Varsavsky, estuvieron Martín Migoya (Globant), Wenceslao Casares (ex Patagon; hoy en Xapo Bank) y Marcos Galperin (Mercado Libre), quien también había asistido en años previos. Por caso, en 2023, última presencia de Buffett.
Durante aquella edición -en la que Marc Benioff, fundador y CEO de Salesforce, vistió un chaleco igual al que usó la semana pasada Milei-, el Presidente tuvo varias reuniones. Una fue con la poderosa banquera española Ana Botín, del grupo Santander. La otra, con el anfitrión: Herbert Allen, sobrino del fundador de Allen & Co.
De 86 años, dueño de una fortuna personal de u$s 2100 millones, Milei y Caputo volvieron a verlo hace dos meses. El lunes 16 de marzo, una semana después de la celebrada Argentina Week organizada en Nueva York, el Presidente volvió a Olivos después de hablar, al mediodía, en la Bolsa de Comercio de Córdoba, donde acusó al kirchnerismo de “querer romper todo cuando no está en el poder”.
Más sosegado, otra vez con Caputo -que vistió el ahora célebre chaleco azul -, recibió en la residencia presidencial a Allen a las 6 de la tarde. En una visita catalogada como “saludo protocolar” en el registro público de Audiencias, el magnate estadounidense volvió a invitarlo para la edición de este año de la cumbre. Además, según testigos, le dijo que le gustaría que sea un asistente permanente e, incluso, le ofreció alojarse en su casa.
“Poca gente lo sabe y mucho menos lo entiende”, lamentan en el Triángulo de Hierro sobre la poca dimensión que la discusión aldeana de la Argentina le da a ese convite, que no es de piedra.
Para ilustrarlo, basta una anécdota. La vez anterior, Milei había terminado su participación, un aplaudido discurso de 25 minutos después del mediodía del sábado 14 de julio. Caminaba con su comitiva -Caputo, Karina, Demián Reidel y Gerardo Werthein- hacia el vehículo que lo llevaría al aeropuerto cuando, súbitamente, un hombre los cruzó.
“Perdón”, se disculpó con un sorprendido Milei, “pero mi novia me mata si no hacemos una selfie con vos”. La mujer, una morocha voluptuosa de rasgos hispanos, sonreía a un costado, fascinada y expectante. Era Lauren Sánchez. Después de una fastuosa boda en Venecia, el apremiado, desde hace casi un año, ahora es su marido: un tal Jeff Bezos.