La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ya comenzó a generar inquietud entre muchas empresas mexicanas, y no es para menos. La integración comercial de Norteamérica representa uno de los pilares más importantes en nuestra economía; en 2025, más del 83% de las exportaciones mexicanas tuvieron como destino Estados Unidos. No hay señales de que esta situación vaya a cambiar, incluso tras dos años de políticas arancelarias adversas. Ante ello, es indispensable que las empresas mexicanas hablen con una sola voz en el preciso momento de negociar el tratado. Tenemos que intensificar el principio del “Cuarto de Junto”.
Cuando un acuerdo comercial de esta magnitud entra en etapa de revisión, inevitablemente aparecen cuestionamientos sobre aranceles, reglas de origen, cadenas de suministro, e inversiones. Sin embargo, es importante poner las cosas en perspectiva: la renegociación del T-MEC no significa el fin de la integración regional. La gran mayoría de las empresas a ambos lados de la frontera se han expresado en favor de su continuación, por ser positivo para nuestras economías. Por el contrario, la renegociación podría convertirse en el punto de partida para una nueva etapa de fortalecimiento económico de Norteamérica.
Hoy las cadenas productivas entre México, Estados Unidos y Canadá son demasiado profundas como para pensar en una desconexión real. Sectores como el automotriz, electrónico, electrodoméstico, aeroespacial o agroindustrial dependen de una integración regional altamente sofisticada. Un vehículo producido en Norteamérica puede cruzar varias veces las fronteras de los tres países antes de llegar al consumidor final. México es uno de los principales proveedores de equipo de cómputo en la región, lo cual alienta por cierto, la obligación de incrementar el valor que agregamos en este ramo.
El reto para el país es adaptarnos rápidamente a las nuevas reglas del juego. Por ello, el centro de la atención de las empresas mexicanas debe dirigirse a elementos concretos a negociar, como el cumplimiento regulatorio, las reglas de origen y ante todo, un comercio sin aranceles, que es la principal condición que debería privar en un acuerdo de esta naturaleza. No sin menor importancia, resulta obligatorio buscar estabilidad en el mediano y largo plazo. Una revisión frecuente del T-MEC es casi tan negativa para la inversión nacional y extranjera como la ausencia del tratado.
Las empresas internacionales buscan cada vez más transparencia, trazabilidad y seguridad jurídica en sus operaciones financieras y comerciales. Los estándares regulatorios globales se seguirán endureciendo, y hoy sabemos que la vigilancia regulatoria vendrá desde cualquier lado de la frontera.
El Centro de la atención de las empresas mexicanas debe dirigirse a elementos concretos a negociar, como el cumplimiento regulatorio, las reglas de origen y ante todo, un comercio sin aranceles, que es la principal condición que debería privar en un acuerdo de esta naturaleza.
Debido a ello, es necesario buscar a toda costa que las empresas mexicanas hablen con una sola voz y se encuentren debidamente representadas de manera oportuna. Es preciso ser claros ante el gobierno mexicano acerca de las necesidades e intereses de la iniciativa privada del país, exactamente de la forma como sucede entre las compañías norteamericanas y el gobierno estadounidense. Debemos buscar el máximo consenso entre empresarios mexicanos y gobierno, para negociar con ecuanimidad y conocimiento de causa ante nuestras contrapartes en el T-MEC.
Es importante que, como se hizo durante el primer tratado comercial, exista un “Cuarto de Junto” funcional, claro y congruente, que busque llevar la voz del empresariado mexicano hasta nuestros representantes en el gobierno a tiempo y de forma eficiente.
Infraestructura, seguridad, energía
México tiene una oportunidad enorme para consolidarse como una plataforma estratégica de manufactura y exportación hacia Norteamérica. El nearshoring no ha desaparecido; simplemente entró en una etapa de mayor análisis y selección estratégica.
En los últimos años hemos visto cómo empresas de Asia, Europa y Estados Unidos continúan evaluando proyectos de inversión en México para acercar sus operaciones al mercado norteamericano. La lógica sigue siendo poderosa: cercanía geográfica, tratados comerciales, capacidad manufacturera y experiencia exportadora.
Sin embargo, el capital internacional hoy busca algo más que costos competitivos. Busca estabilidad operativa, velocidad de ejecución y acompañamiento especializado. La velocidad será un diferenciador cada vez más importante. En un entorno donde las cadenas de suministro cambian rápidamente, las empresas ya no pueden esperar varios días para ejecutar operaciones críticas.
México, además, enfrentará un reto de fondo: competir por confianza, no solamente por costos. El futuro del país como destino de inversión dependerá también de factores como infraestructura, energía, logística, seguridad y certidumbre institucional.
La revisión del T-MEC ocurre justamente en medio de esta conversación global sobre relocalización productiva y resiliencia de las cadenas de suministro. Aunque habrá momentos de tensión, también surgirán enormes oportunidades para las empresas mexicanas (o radicadas en el país) que estén preparadas. Para ello, asegurémonos de incrementar al máximo la comunicación.