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México parece haber descubierto una peculiar definición de transformación: construir grande, gastar más y explicar después. Las obras emblemáticas de la 4T nacieron acompañadas de promesas de eficiencia, austeridad y bienestar. Años después, algunas mal funcionan, otras siguen buscando su razón económica y varias descubrieron esa incómoda costumbre de las matemáticas: los gastos terminan cobrándose, aunque el discurso diga lo contrario.

La actual administración se desvive por defender las obras faraónicas del pasado inmediato. Se aferra todavía a “la barda de Calderón” como símbolo del despilfarro que prometió desterrar. El problema es que sus propios números hacen que aquella barda empiece a parecer modesta. El dispendio, los sobrecostos y la baja rentabilidad se han convertido en una incómoda marca de los gobiernos de la 4T. Criticar lo anterior sirve políticamente; administrar mejor exige resultados.

Promesas a volar

El AIFA buscaba resolver la saturación aeroportuaria del Valle de México a menor costo que Texcoco. El gobierno sostuvo un costo de construcción de 74,535 millones de pesos, aunque Hacienda llegó a registrar un monto actualizado de 88,107 millones. Hoy transporta más pasajeros y carga, pero entre 2022 y 2025 acumuló alrededor de 792 millones de pesos en pérdidas, sin considerar transferencias gubernamentales. No es el aeropuerto vacío que se pronosticaba, pero tampoco el milagro financiero prometido.

El Tren Maya pretendía detonar turismo, empleo y desarrollo en el sureste. Comenzó alrededor de 150 mil millones de pesos y la inversión terminó por encima de 500 mil millones: más de tres veces la estimación original. En 2025 obtuvo aproximadamente 542 millones por ventas, frente a 4,810 millones en gastos de funcionamiento y otras pérdidas; la brecha operativa rondó 3,649 millones. Quizá algún día alcance el equilibrio. Por ahora, la esperanza sigue viajando en primera clase y el contribuyente paga el boleto.

El dispendio, los sobrecostos y la baja rentabilidad se han convertido en una incómoda marca de los gobiernos de la 4T. Criticar lo anterior sirve políticamente; administrar mejor exige resultados.

Mexicana de Aviación resucitó para ofrecer vuelos accesibles y aumentar la conectividad. La compra inicial de marca y bienes ascendió a unos 815 millones de pesos. Después llegaron operación, subsidios y nuevos aviones. En 2025 obtuvo ingresos por 462 millones, pero registró pérdidas por 941 millones, unos 2.5 millones diarios. Volar barato resulta bastante caro cuando alguien más paga la diferencia.

La refinería de Dos Bocas debía garantizar soberanía energética y reducir importaciones. Su presupuesto original rondaba 8 mil millones de dólares; posteriormente, Pemex reportó un costo cercano a 20,959 millones, aproximadamente 162% más. Además, durante buena parte de su arranque produjo muy por debajo de la capacidad prometida. Si es que algún dia llega la autosuficiencia energética será con escala previa en la insuficiencia presupuestaria.

El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec tiene quizá el objetivo económico más defendible: conectar Pacífico y Atlántico mediante ferrocarril, puertos y polos industriales. Sin embargo, la rehabilitación ferroviaria pasó de estimaciones cercanas a 20 mil millones a unos 62 mil millones de pesos. En 2025, el Ferrocarril del Istmo registró pérdidas cercanas a 399 millones. Puede tener futuro; precisamente por eso merece evaluación y transparencia, no propaganda, sin embargo, su presente son nuevos gastos y tristemente huele a muerte.

La Megafarmacia del Bienestar prometió tener “todos los medicamentos del mundo” y resolver el desabasto. Su costo integral reportado pasó de aproximadamente 10,800 millones en 2024 a 15 mil millones en 2025. Después aparecieron las Farmacias del Bienestar, módulos que comenzaron con 500 puntos y 22 medicamentos para padecimientos frecuentes. Todavía no existe información pública suficiente para calcular responsablemente su sobrecosto o pérdidas. Pero resulta paradójico necesitar nuevos mecanismos después de construir una megafarmacia que supuestamente resolvería el problema y que hoy es una gran construcción fantasma.

Y cuando las obras cuestan, las empresas estatales pierden y el presupuesto aprieta, sucede lo previsible: se acaba el dinero y la presidente busca y busca por todos lados. Ahora están también las cuentas inactivas de las Afores de trabajadores de 70 años o más, cuyos recursos pueden transferirse al Fondo de Pensiones para el Bienestar, aunque titulares y beneficiarios mantienen el derecho a reclamarlos. Jurídicamente no equivale a una confiscación; políticamente queda una pregunta incómoda: ¿por qué un gobierno necesitado de recursos siempre termina encontrando una nueva alcancía?

Mientras tanto, Palacio Nacional y sus corifeos viven en un mundo feliz, estable, optimista y de transformación. Afuera hay inseguridad, aumentan las protestas y bloqueos, persisten los precios altos y una sociedad dividida contempla cómo el discurso oficial describe un país que muchas veces no reconoce.

Los cambios no son con palabras, sino con hechos. La saliva no resuelve los problemas del país. México necesita transparencia, evaluación independiente del gasto, rendición de cuentas y consecuencias ante el desperdicio. Pero para alcanzar justicia, paz y seguridad requiere también policías profesionales, fiscalías eficaces, tribunales independientes, crecimiento económico e instituciones que hagan cumplir la ley. Porque gobernar no consiste en defender eternamente lo construido ni en culpar permanentemente al pasado. Transformar significa demostrar que se hizo mejor. Y los números, tercos como siempre, también gobiernan.

*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.