Alain Cabot es un geólogo que lleva décadas convirtiendo su parque privado en las afueras de Montpellier en uno de los sitios paleontológicos más singulares de Europa.
Hace treinta años encontró los primeros huevos de dinosaurio en ese terreno y, en lugar de ignorarlos, construyó alrededor de ellos el Musée-Parc des Dinosaures de Mèze, un predio de 50 hectáreas abierto al público.
El hallazgo más reciente, sin embargo, supera todo lo anterior: dos nidos completos con fósiles en muy buen estado de conservación, enterrados a pocos centímetros de la superficie.
Los huevos tienen la forma y el tamaño aproximado de una pelota de fútbol, pesan alrededor de cinco kilos cada uno y su textura exterior recuerda a la cáscara de una palta.
Cabot describió el momento del descubrimiento con precisión: en octubre comenzaron a explorar una zona arcillosa del parque y encontraron los primeros ejemplares por decenas. Estima que bajo tierra podría haber centenas más todavía sin excavar.
Lo que convirtió el hallazgo en noticia internacional fue el análisis microscópico de los fósiles.
Los resultados indicaron que estos huevos pertenecen a la estirpe de los titanosaurios y son comparables, en estructura y composición, con los encontrados en Auca Mahuevo, uno de los yacimientos paleontológicos más importantes de la Patagonia argentina. La antigüedad estimada es de 70 millones de años.
La pregunta obvia es cómo llegaron dinosaurios emparentados a extremos tan distantes del planeta. La respuesta está en la geografía del Cretácico: la configuración de los continentes en esa época era radicalmente distinta a la actual y permitía ciertos intercambios biológicos entre masas de tierra que hoy están separadas por océanos. Lo que hoy son Francia y la Patagonia formaban parte de un mundo donde esas distancias no existían de la misma manera.
Cabot anticipó que los fósiles no saldrán del parque. “Todo se va a quedar aquí, y cualquiera podrá venir a verlos”, afirmó.
El sitio ya funciona como museo y espacio de divulgación, con reproducciones de esqueletos a escala real distribuidas por las 50 hectáreas. Los nuevos nidos se sumarán a esa colección, esta vez con piezas originales que el público podrá ver en el mismo lugar donde fueron encontradas.
El vínculo entre los huevos franceses y los yacimientos patagónicos refuerza una idea que la paleontología viene consolidando desde hace años: la Patagonia fue uno de los territorios más prolíficos del planeta para los grandes saurópodos del Cretácico, y sus rastros aparecen en lugares insospechados del mundo cada vez con mayor frecuencia.
Qué dice la comunidad científica
Vale aclarar que la conexión entre los huevos hallados en Mèze y los yacimientos patagónicos de Auca Mahuevo es, por ahora, una hipótesis del propio Cabot sustentada en análisis microscópicos realizados en el marco de su museo.
El principal organismo científico de Francia, el CNRS, no participa en el estudio de estos yacimientos, y la comunidad académica no ha validado aún los hallazgos de forma independiente.
Cabot mismo reconoció que identificar la especie con certeza requeriría encontrar un embrión, algo extremadamente poco frecuente, y convocó públicamente a universidades y centros de investigación a sumarse al trabajo.
El descubrimiento es real y el sitio tiene décadas de trayectoria, pero la interpretación científica todavía está abierta.