La victoria del presidente electo Javier Milei abre una nueva oportunidad para la Argentina. Luego de más de una década de estancamiento y frente a un contexto internacional favorable para sus productos de exportación, Argentina tiene la chance de reeditar un proceso de vertiginoso crecimiento, similar al de los años 90. Dicho proceso fue posible gracias a una implacable liberalización de la economía y a la eliminación de cuajo del déficit fiscal, que allanó el camino para la estabilización.

Por lo tanto, el programa económico de Milei no puede apartarse de lo que sugieren los libros de texto. La buena noticia es que Milei tiene la convicción para hacerlo. La no tan buena es que, a pesar de las promesas de campaña, será necesario un ajuste fiscal que no sólo pagará la denominada "casta" política. Sin embargo, somos optimistas. No sólo desde el punto de vista de la voluntad de llevar a cabo las reformas, sino también pensamos que el margen político podría ser algo mayor del que se especulaba hasta ahora. Veamos.

El déficit fiscal total a septiembre 2023 asciende a casi 12 puntos del PBI, superior al registrado en la pandemia y en niveles similares a los de los 80. A su vez, el déficit tiene dos componentes. Por un lado, el resultado "visible", que surge de la diferencia entre ingresos y gastos del sector público no financiero. Dicho déficit se encamina a 5 puntos del PBI a partir del último paquete fiscal del ministro de economía, Sergio Massa. De esta forma, en su primer test ácido, Milei deberá reformular el presupuesto 2024 para mostrar un resultado fiscal equilibrado. Claramente, esto no será fácil pero tampoco imposible.

Lo importante es que un ajuste de 5 puntos del producto es factible sin desatender el gasto social, que hoy no se puede contraer dado los altos niveles de pobreza. La reversión de la sequía puede aportar un punto de mejora por mayores ingresos, con lo cual el presupuesto de 2024 deberá recortar gastos por 4 puntos del producto, mediante una austeridad sin precedentes que incluirá una quita sustancial de los subsidios económicos.

Claramente, el presupuesto, así como una ley de emergencia económica, deberán pasar por el Congreso, donde Milei deberá negociar. Sin el fantasma de la dolarización de por medio (de hoy imposible puesta en práctica), resulta difícil pensar que los legisladores de Juntos por el Cambio (en particular la UCR) no le den gobernabilidad a Milei luego de su triunfo electoral, mayor al esperado.

Asimismo, la otra pata del ajuste fiscal tiene que venir por sanear el déficit del banco central, que consiste en los intereses de los pasivos remunerados (Leliqs), y que viene registrando un crecimiento explosivo. Dado que el relajamiento de los controles cambiarios implicará que las tasas de interés dejen de ser negativas, para avanzar en la estabilización es necesario reducir agresivamente el stock de Leliqs, que hoy asciende a 9.6% del PBI.

Sin embargo, descartado un plan Bonex (canjear los depósitos respaldados por las Leliqs por deuda del Tesoro), la solución consiste en la erosión real de estos pasivos. Por lo tanto, si bien resulta un tanto paradójico, para bajar la inflación de forma permanente resulta necesaria una fuerte aceleración inflacionaria inicial.

Sin embargo, "muerto el perro, muerta la rabia", con lo que la austeridad fiscal debería ser decisiva para anclar las expectativas y abatir la inercia inflacionaria. A su vez, probablemente sea necesario fijar el tipo de cambio en un nivel alto, post unificación cambiaria. Esta receta no es novedosa y ya se ha aplicado en el pasado. El esperable aumento de la tensión social en los próximos meses será una variable decisiva. ¿Estará la sociedad argentina lo suficientemente madura para aceptar el remedio a los vicios que ya no tolera?