La selva misionera argentina fue escenario de un hallazgo notable con el avistamiento de una de las aves más poderosas de Sudamérica, que no se observaba desde hace más de 20 años.
En agosto de 2024, Sergio Moya, investigador y fotógrafo, junto a Manuel Encabo, experto en aves rapaces con posgrado en Biología de la Conservación, capturaron la imagen de un ejemplar juvenil de águila harpía, un hecho que marca un avance crucial en la conservación de esta especie.
¿Cómo encontraron al ave más poderosa de Sudamérica?
Ocurrió a fines de julio en la Biósfera Yabotí, una reserva de 240 mil hectáreas en el corazón de Misiones, a 170 km de la frontera con Brasil. Encabo, técnico en biodiversidad que autofinancia sus expediciones con vacaciones y ahorros, frenó en seco al avistar la silueta imponente entre las copas de los árboles.
Con lentes de largo alcance y cámaras en mano, capturaron las primeras imágenes borrosas que se aclararon en segundos, antes de que el ave se fundiera en la espesura. Se trata de una hembra joven de unos dos años, identificada por su plumaje inmaduro y su tamaño: hembras que pueden pesar hasta 9 kg y medir más de un metro de altura. Este es el primer registro fotográfico desde 2004, aunque meses antes, en marzo, un turista había reportado un avistamiento fugaz en la misma zona.
Encabo, quien ha rastreado águilas selváticas en provincias como Formosa, Salta y Chaco, lidera el proyecto Águilas Crestadas Argentinas junto al biólogo Facundo Barbar, bajo la Fundación Caburé. En 2022, ya habían descubierto el primer nido de águila viuda en el país, pero la harpía era el objetivo imposible: escurridiza, vocal pero invisible, y vital para medir la salud del ecosistema.
Así es el águila harpía: ¿por qué es el ave más poderosa de Sudamérica?
No es para menos que la llamen el ave más temida de Sudamérica. Con patas gruesas como las de un humano adulto y garras de hasta 13 cm —capaces de destrozar monos, perezosos y otros mamíferos como si fueran presas fáciles—, esta rapaz es el depredador tope de las selvas tropicales.
A diferencia de las águilas de montaña, no remonta vuelos altos; prefiere planear bajo entre el follaje, lanzándose en picada con precisión letal. Su hábitat natural abarca desde México hasta el norte de Argentina, pero su rango se ha reducido más del 40% desde el siglo XIX, principalmente por la pérdida de bosques primarios.
En Argentina, su territorio estimado cubre solo 8-10 mil km², y encontrar una es como buscar una aguja en un pajar de 160 mil canchas de fútbol.
“Estas águilas son indicadores de buen estado de conservación de los ambientes”, explica Encabo, destacando que necesitan árboles gigantes para nidos y presas abundantes para sobrevivir. Su tasa reproductiva es baja —un pichón cada tres años—, lo que la hace vulnerable a cualquier perturbación.
Amenazas y el grito de alerta para la conservación
El regreso del águila harpía no es solo una anécdota; es una alerta para la selva sudamericana. La deforestación, impulsada por la agricultura, minería y ganadería, devora el Amazonas a un ritmo alarmante: en 2020, se perdían 136 acres por hora solo en Brasil.
En el “arco de deforestación” —una zona del tamaño de España—, la tala ilegal ha aumentado un 30% en años recientes. A esto se suma la caza furtiva, donde granjeros matan águilas por “curiosidad” o para proteger ganado, aunque muchos ahora las ven como aliadas.
En Sudamérica, la harpía es una especie paraguas: protegerla salva todo el ecosistema, desde insectos hasta grandes mamíferos. “Si logras la conservación para las águilas harpía, entonces logras la conservación para prácticamente toda la biodiversidad en el ecosistema que habitan”, afirma Richard Watson, del Peregrine Fund.