El futuro de Rover, el único fabricante británico que no pertenece a una multinacional, pasa por China. La compañía, controlada por empresarios de su país desde 2000 –cuando BMW la vendió a un precio simbólico de 10 libras–, lleva meses negociando un acuerdo con Shangai Automotive (Saic), la mayor automotriz del gigante asiático.

En las últimas semanas, los directivos de Rover dieron casi por cerrada la operación. Según se informó, creará una sociedad conjunta con Saic, e invertirá 1.000 millones de dólares para producir sus modelos en China. La nueva compañía –controlada mayoritariamente por el socio local– desarrollará los futuros autos y tendría los derechos sobre los coches que están actualmente en el mercado. Es decir, la operación será, prácticamente, una venta de Rover a Saic. Sin embargo, desde China, la terminal asiática matizó la euforia de los ejecutivos europeos. “Quedan muchos detalles. No hay acuerdo en las formas del convenio , señaló un vocero a la revista Automotive News.

La operación, además, enfrenta otro gran obstáculo: el visto bueno del Gobierno chino, propietario de Saic.

Los comentarios de los ejecutivos asiáticos dejan en el aire la última oportunidad que tiene Rover para sobrevivir. Sus ventas llevan diez años cayendo: en 2003, matriculó en Europa más de 135.000 unidades, lejos de las 303.800 de 1998, cuando pertenecía a BMW. El año pasado, perdió 115 millones de euros y, desde que se desvinculó de la alemana, fracasaron sus intentos por encontrar un socio, gestionadas con China BrillianceHoldings y con el fabricante malayo Proton.