Para escolares, arquitectos y diseñadores es sinónimo de reglas y artículos de librería. Claudio Pizzini -fundador de la empresa- creó su primera escuadra hace 50 años y hoy factura $ 8 millones. Sus productos llegan a gran parte de América latina y España

La de Claudio Pizzini podría ser una de las tantas otras historias de las que se pueden escuchar en la Argentina. La de una familia de inmigrantes italianos que llegó al país intentando escapar de la posguerra.

Aunque con el tiempo él se encargó de que su historia no fuera una más.

Desde siempre, Pizzini se interesó por todo lo que tuviera que ver con cálculos y medidas, aunque además ponía especial atención en las posibilidades que daba el manejo del acrílico.

Fue así que a los 13 años descubrió que ese material le daba un gran número de variantes. La idea de trabajar seriamente en el tema lo llevó –a los 16 años, mientras estudiaba en la Facultad de Ingeniería– a crear su propia escuadra artesanal. Y mal no le fue. Al elogio de sus compañeros se le sumaron los primeros pedidos.

Entonces, y ya con el sueño de crear su propia empresa cada vez más evidente, logró que su padre lo autorizara a trabajar.

Al poco tiempo su oferta de productos ya no se limitaba a las escuadras: abarca desde plantillas y letrógrafos hasta mesas de dibujo profesionales.

El mercado estaba copado por productos importados, pero Pizzini fabricaba todo localmente. "Cortaba las planchas de acrílico con sierras, medía minuciosamente los ángulos, pulía los bordes, imprimía las escalas. No eran triángulos de plástico, eran verdaderas escuadras profesionales", recuerda Pizzini, orgulloso. En los setenta la empresa comenzó a tomar un color más industrial. Incorporaron la inyección de plástico con matrices de acero fabricadas por ellos mismos, y comenzaron a importar productos del exterior, adaptándolos al diseño propio.

Varias crisis en sus espaldas

En los 50 años que la marca lleva en el mercado, las crisis y vaivenes económicos fueron muchos, aunque siempre terminó de pie, incluso dejando en el camino a muchos de sus competidores. "Somos sobrevivientes de todas las crisis", sostiene.

En 1981 la tecnología lo obligó a variar levemente el rumbo. Las mesas de dibujo profesionales comenzaron a ser desplazadas por programas como el Auto-Cad. Sin perder tiempo, entonces, sumaron a su oferta artículos de oficina, imponiendo la marca en el exterior. Pese a tener experiencia en cómo sobrellevar una crisis, Pizzini no duda en que la de 2001 fue de las más difíciles.

"En septiembre de 2002 había tan pocos pedidos que trabajábamos sólo un día a la semana. En enero de 2003 funcionamos las 24 horas de los 7 días de la semana", recuerda en su planta de 2.500 metros cuadrados instalada en Villa Martelli. Además, estaba endeudado en el exterior por pedidos de importación y créditos bancarios por u$s 1 millón, que saldó en gran parte con la compra de plazos fijos.

Pero las circunstancias no lo vencieron. Cuenta con los mismos 65 empleados, entre operarios y administrativos, con los que se iniciaron. "Siempre preferí la reducción de horario antes que los despidos de personal", aclara el dueño de esta empresa que factura $ 8 millones al año. Si bien las ventas al exterior siempre fueron parte del negocio, hoy es uno de los puntos más fuertes. Así, exportan a México, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Venezuela, Ecuador, Panamá y España.

Del otro lado, importan productos de China, Japón y Malasia, aunque dándoles un toque de diseño propio, y bautizándolos, luego de dos años de prueba, con la marca Pizzini.