Campera de cuero marrón, gafas de sol puestas aun cuando en el Monumental la noche del viernes ya estaba bien definida. Mario era un plateísta más de la Belgrano baja, de esos que durante todo el segundo tiempo se deglutieron las uñas ansiosos por el triunfo de River que no llegaba. Apenas gesticulaba, pero se notaba que los nervios, por dentro, lo carcomían. Hasta que llegó un instante, alrededor de las 22.20, en el que ese diminuto hombre develó su identidad de una forma tan espontánea como inesperada. El zurdazo bajo de Diego Buonanotte ya había tocado la red y Mario, de repente, lanzó un grito de gol mezclado de felicidad y descarga. Se sacó las gafas, se frotó los ojos celestes y las lágrimas, a cántaros, empezaron a transitar por sus mejillas. Llegaron los abrazos de sus amigos y el saludo del actor principal, que a unos 30 metros de distancia, lo señalaba con el dedo índice, como diciéndole “papá, es para vos . El abrazo a la distancia, desahogo de meses de dolor permanente, sirvió como aliciente para empezar a cicatrizar la profunda herida.