El Gobierno ha decidido cancelar toda la deuda con el FMI antes de fin de año, lo que tiene indudables réditos políticos pero, desde el punto de vista económico, merece un análisis más equilibrado.
Entre los beneficios económicos, y no es menor, está el de independizarse de los consejos de una institución que han sido siempre sesgados, en beneficio de los intereses de los acreedores, y consecuentemente favorables a las euforias financieras que siempre han terminado en crisis bancarias y cambiarias. El FMI ha apoyado y financiado todos los planes que terminaron en colapsos bancarios y cambiarios de los últimos 40 años. Si bien las recomendaciones del Fondo Monetario incluían siempre alusiones a la necesidad de equilibrar las cuentas fiscales y llevar adelante las reformas estructurales que hubieran posibilitado el crecimiento competitivo de la producción, en los hechos prácticos alcanzaba, para que un país tuviera su apoyo financiero, con que abra sus mercados de capitales al ingreso y al egreso de fondos especulativos. En ausencia de las reformas estructurales y del equilibrio fiscal, era preferible no crear condiciones favorables a la euforia financiera, porque inevitablemente implica la apreciación exagerada de la moneda y el alza de las tasas de interés reales, generándose mayores problemas fiscales y bancarios, que dieron siempre lugar poco después a la huida de capitales, con la consecuente secuela de quiebras bancarias, ajustes fiscales y devaluaciones que provocaron recesión y pobreza. Invariablemente el FMI posibilitó estos ciclos, y el ejemplo más evidente es el préstamo de casi 9.000 millones de dólares efectivizado en septiembre de 2001, en medio del caos fiscal, bancario y productivo más grande de nuestra historia reciente, con el exclusivo fin de posibilitar una mayor salida de capitales y/o demorar 60 días el ya entonces inevitable colapso de la Convertibilidad. Cabe señalar que ese préstamo, coincidentemente muy similar en monto a la deuda cancelada, nos costó muy caro a los argentinos ya que debimos devolverlo a más del doble en términos reales, generando menos gasto social y mayores impuestos.
En este aspecto, la cancelación con el FMI tiene un valor emblemático por los esfuerzos realizados en estos 4 años para superar un patrón de volatilidad que imperó por varias décadas. Podría decirse que ese ha sido el gran legado del ex ministro Roberto Lavagna, que apoyado en cuentas fiscales robustas, ha procurado siempre un peso devaluado y tasas de interés bajas, justamente lo contrario de lo que implícitamente siempre apoyó el FMI.
Pero la gran duda, desde el punto de vista económico, es si deberíamos haber cancelado la totalidad ya, o ir reduciendo gradualmente nuestra exposición ante el organismo, en la medida que pudiéramos ir acumulando superávit fiscal. Hacerlo ya ha obligado a forzar la carta Orgánica del BCRA en el punto más delicado: los límites de asistencia crediticia del Central al Gobierno Nacional. El DNU que define las ‘reservas de libre disponibilidad’ en realidad lo que hace es posibilitar su transferencia al Estado nacional, aunque condicionada a la cancelación de deudas con organismos internacionales, y en moneda extranjera. Si bien hoy todo indica que los superávit mellizos (fiscal y comercial) posibilitan esa transferencia sin implicancias negativas en el corto plazo, sería muy conveniente aumentar el superávit fiscal, y rehacer cuanto antes el fondo anticíclico, y las reservas de libre disponibilidad. De lo contrario los mercados, en el futuro, podrían castigar nuestros bonos y depreciar nuestra moneda, haciendo desaparecer los beneficios financieros de haber cancelado anticipadamente la deuda.
Consecuentemente, la verdadera ortodoxia fiscal y monetaria sigue siendo conveniente, aún sin endeudamiento con el FMI, como inteligentemente fuera destacado por el presidente Kirchner el día del anuncio. Es probable que, inclusive, debiéramos exagerar estos aspectos en el corto plazo, para asegurarnos la capacidad de resistir shocks adversos de origen externo, y también para recuperar libertad de manejo monetario y cambiario en el flanco doméstico. El BCRA debería estar siempre capacitado para controlar una corrida cambiaria, y para evitar un alza excesiva en las tasas de interés que podrían demandar los tenedores de Lebacs.
Más allá de estos aspectos, la nueva etapa de menor volatilidad macroeconómica no asegura automáticamente alto crecimiento con adecuada distribución del ingreso. El haber sido capaces dentro de pocos meses de cumplir 4 años de crecimiento sin acumular atraso cambiario o altas tasas de interés es inédito y muy meritorio, pero no suficiente. Hace falta insistir más que nunca en un mejoramiento de la gestión de gobierno para lograr un incremento en los niveles de inversión, especialmente en la infraestructura energética y de transporte, y en la apertura de nuevos mercados a nuestras exportaciones.