

Señoras y señores: ¿nunca estuvieron bajo las órdenes de un jefe de esos que dan vueltas y vueltas y no paran ni dejan un segundo en paz a sus subordinados?, ¿jamás tuvieron que convivir con un colega yo-yo, que sube y baja constantemente de un piso a otro del edificio de oficinas, con una vocación de ascensor humano?, ¿no vivieron la experiencia de estar obligados a atar a su silla –metafóricamente, claro– a un empleado correcaminos cuyas jornadas discurren en un bip-bip eterno, huyendo de la persecución de coyotes imaginarios? ¿No? ¿Nunca jamás? ¡Pues qué suerte tienen, señoras y señores! ¡Lo que se ahorraron ustedes en té de tilo o tranquilizantes de mayor calibre!
De verdad les digo que es rarísimo que no hayan pasado por esta prueba de fuego capaz de desafiar los nervios mejor templados y de sacar de sus casillas al mismísimo Job, el paradigma de la paciencia.
Cada empresa, suya
Porque yo creo que, por ley de probabilidades, a toda empresa le corresponde su cupo de hormigas atómicas, esos personajes que parecen sacados de un cómic infantil y cuya característica esencial es que van siempre –a cumplir un encargo, a comprobar un dato, a tomarse un cafecito; a realizar lo más nimio o lo más decisivo, da igual– como con un cohete allí donde la espalda pierde su casto nombre. “¡No puedo parar!, ¡no puedo escucharte ahora!, ¡no tengo ni un segundo! . Y siguen su carrera...
Tengo entendido que este síndrome de la hormiga atómica es hasta una patología que se llama hiperactividad; otros dicen que estas urgencias eternas obedecen a una confusión mental en el sujeto, que se armó un lío casi imposible de desenredar entre actividad y activismo.
El caso es que las hormigas atómicas son incapaces de distinguir entre cumplir cabal y aún sobradamente con su trabajo y no tener otra posibilidad de vida que el trabajo. Y, encima, a velocidad de vértigo: tanto se trate de solucionar un problema que pone en peligro el futuro de la empresa como de responder al mensaje de una colega que invita a una salida el sábado a la noche.
Para la hormiga atómica, que subsiste –porque lo suyo, francamente no es existir– en medio de una nube de agobios, toda cuestión –importante o indiferente– es de vida o muerte. Y no se hable más.
Temor al contagio
La pobre hormiga atómica ya tiene bastante con la cruz que lleva, que no sé cómo se soporta a sí misma sin concederse ni un segundo para respirar a fondo y relajarse.
Lo malo, sin embargo, es que este síndrome es contagiosísimo y, un mal día, uno se contempla a sí mismo corriendo codo a codo con la hormiga atómica sin saber por qué.
“Pero, ¿a dónde vamos a toda carrera?, le pregunta uno a la hormiga atómica. “Pues no lo sé –contesta ésta ya casi sin aliento–, pero tenemos que llegar enseguida, ¡ahora! . Y es que lo peor de estos activistas es que, frecuentemente, no tienen ni la menor idea de la meta hacia la que se dirigen.
Felizmente hay feriados obligatorios y hasta las hormigas atómicas deben tomar asiento y vacaciones. Mal que les pese.










