

Aunque no lo crea, el Gobierno es como usted y como yo: al menos desde el punto de vista económico, puede adquirir bienes, servicios y activos, tal como lo hacemos a diario. La única diferencia es que, a través del Banco Central (BCRA), el Gobierno puede hacerlo mediante la emisión de dinero. Así como, en nuestro país, las Ganancias tributan su impuesto, cuando hablamos del dinero en sentido genérico, éste tiene, desde tiempos inmemoriales y en todo el mundo, sus propios gravámenes, que muchas veces se hacen efectivos –el paso de la gorra– cuando se lo emite o cuando aumenta el nivel de precios. En este punto la inflación es un impuesto que se cobra a quien tiene dinero en sus manos. Esto nos lleva en vuelo non-stop al concepto de impuesto inflacionario, que es una clase informal de impuesto ya que a usted no le llega la boleta por debajo de la puerta, ni puede ponerlo en débito automático. En realidad es uno de los gravámenes más implacables que existe, ya que lo paga todo aquél que utilice dinero, sin distinción de nivel de ingresos. Pero, ¿cómo se cobra este impuesto?
En un escenario con tipo de cambio flotante, el Gobierno –cualquier gobierno– emite dinero y con éste adquiere bienes, servicios y activos. En este momento se cobra el impuesto inflacionario: es decir, con dinero “fresco y antes de que la mayor cantidad de dinero emitido presione los precios por la mayor demanda, el gobierno utiliza estos fondos. Luego, una vez realizado el gasto (público), aumenta el nivel general de precios, y el que tiene pesos en el bolsillo pierde poder de compra. Aparece entonces una transferencia de riqueza, de aquellos que tienen pesos (usted), a aquellos que los emiten (BCRA).
Cuando el tipo de cambio está fijo, entonces las cosas cambian: la gente paga el impuesto antes que el gobierno lo gaste. Primero el gobierno devalúa. Esto hace que aumente el nivel general de precios. Por lo tanto, para comprar exactamente lo mismo que antes, ahora una familia utiliza más dinero, más pesos, más billetes: lo que antes era nominalmente 1, ahora es 2.
Como todo producto muy demandado, el precio del dinero sube; es decir, la tasa de interés se incrementa. Esto también genera una corriente de liquidación de dólares en el mercado de cambios. Ahí sale el Banco Central, compra los dólares que se le ofrecen y los paga con pesos recién emitidos. De esta manera, el BCRA engrosa las reservas y acrecienta el apoyo en dólares de la base monetaria. Esta “ganancia de la entidad monetaria será luego transferida al gobierno para que lo gaste (bienes, servicios y activos). Cuando lo hace, las reservas descienden al nivel que tenían antes de la devaluación.
Si bien la política de expansión monetaria, mantener un nivel de saldos reales, puede utilizarse para acompañar el crecimiento (más riqueza se crea, más dinero se necesita), cuando la inflación se cuela por las rendijas también debe ser acompañada con emisión monetaria. Mientras el crecimiento lo justifica, la emisión no es peligrosa; pero cuando no hay crecimiento y sí inflación, entonces es cuando hay que tener cuidado. Resulta como mínimo difícil ver el efecto benéfico que puede tener en una sociedad con grandes niveles de desigualdad y pobreza como la argentina, un impuesto que pagan todos los estratos sociales y que, por esa razón, afecta más a los que menos tienen. Lejos de acercarnos a un proyecto de país inclusivo donde exista redistribución de ingreso y ascenso social, las señales de una política de alto gasto público e inflación persistente no reconocida resultan una amenaza para aquellos que viven de su salario y pretenden lograr un bienestar a través del ahorro y la inversión. Querer generar
confianza de esta forma es una utopía.










