El proceso electoral brasileño dejó una serie de experiencias sobre las cuales vale la pena reflexionar, sobre todo ante la proximidad de los comicios presidenciales que se celebrarán en 2011 en la Argentina.

No es una novedad que las nuevas tecnologías han invadido, incluso, el mundo político. Sin embargo, su uso indiscriminado no necesariamente es beneficioso. En nuestro país el uso propagado y constante de Twitter entre los políticos últimamente constituye un ejemplo de la ineficacia que puede tener una herramienta tecnológica cuando solo es empleada para expresar opiniones personales. Naturalmente, el uso per se de la tecnología no suma ni profundiza la amplitud del debate público.

Como contrapartida, Brasil es un ejemplo que revela claramente los beneficios que trae aparejado el uso constructivo de la tecnología. Allí, la tendencia progresiva al abandono de las tradicionales plataformas partidarias de carácter unidireccional ha dado paso a la utilización de programas de gobierno participativos y, en este proceso, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) actuaron como puentes entre la ciudadanía activa y los candidatos políticos.

En la última campaña electoral, por ejemplo, los candidatos sacaron provecho de las TIC en la generación de espacios de participación y debate entre candidatos. Al menos los tres principales candidatos presidenciales pusieron a disposición de sus electores páginas web donde cada usuario tenía la posibilidad de dejar sus propuestas y contribuciones al programa de gobierno de cada uno de ellos.

Enhorabuena, Brasil y otros países sudamericanos se subieron a la ola comunicacional que hoy permite posicionar al debate como instancia central de diálogo e intercambio de ideas entre candidatos de distintas extracciones políticas. En todos los casos, es notable cómo el sistema político se asoció a otros actores para expandir su base de legitimación y potenciar el alcance del debate político.

En Chile y Colombia, por ejemplo, ese papel recayó sobre los principales think tanks locales. En el caso de Brasil, en cambio, los debates fueron fruto del esfuerzo conjunto de diferentes medios de comunicación, como el diario Folha de San Pablo, el sitio UOL y la señal televisiva Red TV.

Tanto la generación de plataformas participativas como la realización de debates presidenciales en Brasil son ejemplos concretos de espacios que el proceso electoral generó para pensar políticas públicas estratégicas de largo plazo en materia de seguridad, infraestructura, drogas, salud, educación e inserción internacional, entre otras.

Finalmente, la irrupción de una tercera fuerza como el Partido Verde, con una agenda de gobierno muy clara y su inesperada performance en la primera vuelta electoral, invita a pensar sobre la evidente importancia que poseen estos espacios de intercambio para elevar la calidad del debate político y, en consecuencia, las demandas de los electores. El nivel de adhesión alcanzado -más de 20 millones de votos- por la sofisticada agenda de Marina Silva, que conjuga temas medio ambientales y moral-religiosos, refuerza esta afirmación.

Si bien los procesos de debate no están plenamente institucionalizados en Brasil, el corpus de experiencia y aprendizaje institucional generado contribuye con la construcción de una política menos volátil que la vernácula, la creación de una institución presidencial más sólida y el desarrollo de una conciencia ciudadana de exigir la rendición de cuentas a los candidatos sobre la base de los programas de gobierno difundidos durante los debates.