

Dos veteranos con espíritu juvenil se lanzan a la aventura de viajar por la Patagonia en un auto más bien preparado para andar por la ciudad y no para surcar caminos de ripio y barro, rodeados de una belleza desolada. La búsqueda de nuevas experiencias se traduce en un viaje extenso, improvisado, casi a la deriva, con pocos y malos mapas.
¿Pero tiene sentido la vida, acaso, si se tiene todo pensado, diagramado, planificado punto a punto? El escritor chaqueño Mempo Giardinelli cree que no, y se fue nomás a transitar los caminos del sur hace casi 10 años. Así plasmó ese recorrido en Final de novela en Patagonia, una obra reeditada por Edhasa.
Al autor de Luna Caliente y Santo oficio de la memoria lo acompaña en el periplo su amigo Fernando Operé y el ’Coloradito Pérez’, un Ford Fiesta que soportó con dignidad los hostiles suelos patagónicos, más amables para las 4 X 4.
Compuesto por capítulos cortos, el libro habla de los mitos patagónicos, de los bellos paisajes en el centro de la nada, de la magia y la aventura que supone recorrer el desierto austral, idea remanida que otros textos -películas, programas de TV, libros, teatro- ponen sobre el tapete invariablemente. Pero Giardinelli también cuenta historias duras, de las que duelen, aquellas que generan bronca por la desidia y la impunidad.
Se detiene en la destrucción de ciudades que en otros tiempos tuvieron un crecimiento explosivo, como Sierra Grande. El autor advierte del cierre de fábricas y de polos industriales arrasados por el menemismo. "Sierra Grande, capital del hierro", indica un cartel en lo que ahora es un pueblo que intenta sobrevivir con el turismo. "Misión imposible: la globalización y el ajuste no perdonan", señala Giardinelli.
También se rinde, en Península de Valdéz, frente a una maestra rural que da clases frente al mar a 28 chicos de diferentes edades con todo en contra: sin edificio, sin luz, sin materiales didácticos. Sólo aferrada a su pura voluntad.
El libro, además, es una excusa que el autor utiliza para poder darle fin a una novela que tenía atragantada y que es protagonizada por Victorio y Clelia, una pareja de enamorados que luchan contra todas las adversidades para continuar juntos.
El desplazamiento debe ser uno de los primeros gestos humanos. Para alimentarse, para conocer, la especie necesitó moverse y en ese traslado el encuentro con el otro fundó pueblos, ciudades. En la Patagonia abundan las soledades. Y a lo largo del libro se nota y mucho. El autor recoge largos testimonios que pintan el modo de vida. Gente que tiene ganas de hablar, de contarse, con el viento de fondo que sopla constantemente.
El relato de viaje acostumbra a construir representaciones sobre la naturaleza y las culturas visitadas: razón y emoción se conjugan siempre en las descripciones. Final de novela en Patagonia no es la excepción a la regla. Y así, motivados por la pulsión exploradora, el Coloradito Pérez y sus dos tripulantes se sueltan por el camino hacia el sur que resulta inmutable, prolijamente, "‘esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra".










