Dejar atrás Estados Unidos para comprar un pueblo entero, abandonado y en ruinas, al otro lado del Atlántico. Es lo que hizo el empresario estadounidense Jason Lee Beckwith, que junto a su esposa brasileña, Ana Cristina Machado, adquirió Salto de Castro, un pueblo de la provincia de Zamora deshabitado desde hace casi cuatro décadas, con la intención de convertirlo en un complejo turístico y residencial.
La pareja compró el enclave por 310.000 euros a finales de 2024, y en abril de 2026 el Ministerio de Industria y Turismo aprobó su plan. Ahora, los propietarios buscan los inversores necesarios para financiar una rehabilitación que el propio Beckwith cifra en varios millones.
“Aunque suene a loco, supe que ese era mi futuro”, explicó sobre el momento en que decidió lanzarse a la operación. El plan contempla transformar el asentamiento en un complejo abierto al público, con un hotel o albergue, viviendas de temporada, unidades para contratos de larga duración y espacios pensados para nómadas digitales.
Cómo es el proyecto para el pueblo abandonado de Zamora
La primera fase abarcaría uno de los edificios principales, las primeras habitaciones, la piscina y la iglesia, que conservaría su función religiosa, pero también podría acoger bodas y conciertos.
Beckwith insiste en que quiere ofrecer “algo para los bolsillos de todos” y que los vecinos de las localidades cercanas podrán usar las áreas recreativas.
El coste de la reconstrucción se ha estimado entre los cinco y los siete millones de euros. Para financiarlo, el propietario busca aportes internacionales y estudia solicitar subvenciones del Gobierno español y de la Unión Europea.
Cómo una pareja acabó comprando un pueblo entero
El camino de Beckwith hasta Salto de Castro fue largo. Trabajó durante años en una imprenta antes de abrir un alojamiento tipo bed and breakfast en el condado de San Diego (California). Tras vender ese negocio, la pareja inició una búsqueda que les llevó por Palomar Mountain, Joshua Tree, Portugal y distintas regiones españolas, e incluso llegaron a evaluar viviendas construidas en cuevas en Granada.
Fue entonces cuando descubrió por internet el anuncio de Salto de Castro, que se ofrecía con todas sus construcciones y los terrenos de alrededor. Su esposa le propuso viajar para conocerlo y dimensionar el trabajo necesario. Tras recorrer sus calles y ver las estructuras deterioradas, Beckwith decidió avanzar con la compra. Hoy la pareja vive en un apartamento en la ciudad de Zamora, aunque planea instalarse más adelante en el propio pueblo.
La historia de Salto de Castro: de poblado hidroeléctrico a ruinas
El pueblo tiene un origen muy concreto. La empresa Iberduero, actual Iberdrola, lo levantó en 1946 para alojar a los trabajadores de la presa de Castro y a sus familias. Llegó a contar con 44 casas, una hospedería, una escuela, un bar, una iglesia, un antiguo cuartel de la Guardia Civil, instalaciones deportivas y una piscina.
Los últimos habitantes se marcharon en 1989, tras la automatización de la central y el traslado de sus empleados. Desde entonces, el paso del tiempo y el vandalismo fueron degradando los edificios hasta convertir el lugar en lo que su nuevo dueño describe como una “ciudad en ruinas”. Ya en los años 2000, una familia había comprado la propiedad con un plan turístico parecido, pero la crisis financiera de 2008 truncó aquel intento.
Las dudas ambientales sobre la rehabilitación
El proyecto, sin embargo, no está exento de polémica. Salto de Castro se encuentra dentro del Parque Natural Arribes del Duero, un territorio protegido que forma parte de la red Natura 2000 y de la reserva de la biosfera Meseta Ibérica. Por ese motivo, cualquier intervención deberá cumplir normas urbanísticas y ambientales estrictas.
Beckwith asegura que conservará el diseño original y que no alterará la identidad del paisaje. “No vamos a construir Disneyland”, resumió sobre el criterio de las obras. Las opiniones, con todo, están divididas: mientras el alcalde de Fonfría, Sergio López, considera que la actividad turística es una de las vías más viables para recuperar la zona, algunas organizaciones ecologistas han expresado sus reparos por el posible impacto sobre el entorno protegido.