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Levantarse antes de la medianoche, encender el horno y sostener un negocio que abrió hace más de medio siglo. Es la rutina de Yuriko-baachan, una panadera de 84 años que lleva 55 años al frente de Yaoki, una panadería en la que parece no pasar el tiempo. Ella y su hijo la han convertido en un icono de Fukuoka.

El local está ubicado en un callejón de Hakozaki, un distrito histórico famoso por albergar uno de los tres santuarios sintoístas principales de Japón. Allí, sus bajos precios y su amabilidad han resistido a la inflación y han conquistado al barrio entero.

La icónica panadería de Japón dirigida por una mujer de 84 años.

¿Cómo es la panadería que abrió hace 55 años?

Entrar en su local es como viajar a los años 70, cuando lo inauguraron. Ofrece bebida gratis a sus clientes justo cuando cruzan la puerta y apuesta por recetas de toda la vida. “Desde la época de mi marido, hemos usado buenos ingredientes, pero hemos mantenido los precios bajos”, explica en el canal de YouTube Japanese Food Craftsman. “Han pasado esos 55 años en un abrir y cerrar de ojos”, reconoce.

La panadería abre desde las cinco de la madrugada hasta las siete de la tarde. Tienen 25 variedades de pan, incluido el de judías rojas o el de curry, y también elaboran dulces y hamburguesas. Todo se hace en el propio local, sin alquilar ningún otro espacio.

Ese es, según ella, uno de los secretos para sostener los precios sin renunciar a la calidad. “Utilizo los mejores ingredientes para la harina. Lo hago todo aquí mismo. No necesito alquilar otro local”, detalla. La producción diaria es intensa, con un consumo elevado de crema y de huevos para sacar adelante todo el género.

Cómo es un día de trabajo a los 84 años

Yuriko ha dedicado la vida entera a su negocio y derrocha pasión, igual que su hijo. Su jornada empieza mucho antes de que salga el sol. “Me levanto antes de medianoche. Pongo a cargar mi teléfono. Cuando llega la hora de tomar la medicación, la tomo y luego me baño y voy al gimnasio. Soy una persona de la vieja escuela”, asegura.

A partir de ahí, el día es prácticamente todo trabajo. “Trabajo unas 20 horas al día”, afirma. Pese al ritmo, no lo vive como un sacrificio, sino como el motor que la mantiene en pie.

Sus nietos no están interesados en seguir con el negocio, así que planea continuar mientras tenga salud. “Estoy haciendo todo lo posible para mantener la panadería. Quiero seguir esforzándome y trabajando duro”, declara.

Mantenerse activa es, para ella, una cuestión casi vital. “Es mejor mantenerse en movimiento. Si estuviera aquí, a un ritmo tranquilo, y no hiciera nada en un día, simplemente me pudriría. Pero si trabajo, un día pasa volando”, concluye.