Enviado especial a Río de Janeiro.- En un giro sin precedentes y contra todos los pronósticos electorales, Luiz Inácio Lula da Silva conquistó su cuarto y último mandato en Brasil con el 51,7% de los votos contra el 48,2% de Flavio Bolsonaro. “Estas elecciones fueron una derrota del negacionismo”, remarcó el presidente reelecto al tomar la palabra desde su bunker en San Pablo.
Desde el campamento de Bolsonaro desconocieron el resultado y cuestionaron la decisión de la Justicia electoral de ampliar el horario de votación con la decisión unilateral de uno de sus magistrados. El senador anunció que reclamarán la anulación del proceso electoral.
La estrategia del Partido de los Trabajadores apeló a la épica desde el amanecer del 5 de octubre, luego de digerir el mal trago del resultado de la noche previa. Apostó a “virar” el resultado, con una campaña que equilibró por igual las propuestas y el miedo a una vuelta del bolsonarismo. Y le pidió al pueblo brasileño que deposite su confianza en el actual mandatario por última vez. Funcionó.
Lula da Silva consiguió dar vuelta la elección que había comenzado tres semanas antes con Flávio Bolsonaro arriba por una diferencia de dos puntos y retiene así la Presidencia de Brasil en un balotaje que vuelve a quebrar las leyes no escritas de las segundas vueltas en este país: que siempre se impone el que gana en el primer turno y que la participación suele mantenerse o decrecer en la segunda vuelta a las urnas.
Un análisis más detallado y en frío demostrará cuál fue el secreto de la remontada. Pero en un primer contraste de los resultados entre la primera y segunda vuelta destaca la suba de la participación, que pasó del 78,9% al 80,7%. Lula quebró otro récord: cosechó 64 millones de votos en total, rompiendo su propio registro de hace cuatro años que ya había sido un pico histórico en aquella oportunidad.
En el medio, le sacó una ventaja de casi 5 millones de votos de diferencia a Flavio Bolsonaro, poco más del doble de la diferencia que había obtenido sobre su padre, Jair, de 2,1 millones de votos en el balotaje de 2022. Entonces, el expresidente que hoy está en prisión con una condena por intento de golpe de Estado no aceptó la derrota.
El resultado de este domingo deja una segunda lectura de cara a lo que enfrentará Lula en su cuarta presidencia: el país que inicia el 5 de enero, con el nuevo mandato, es uno dividido territorialmente, con gobernadores que no responden mecánicamente a los dos polos de la disputa y un Congreso mucho más autónomo, donde el Partido Liberal, el vehículo del bolsonarismo, será la principal fuerza individual pese a la derrota de esta noche.
Elecciones en Brasil: cuáles fueron las claves de la remontada de Lula da Silva de la primera a la segunda vuelta
El cambio respecto de la primera vuelta es significativo. El 4 de octubre, Flávio había terminado primero con 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula: 56.104.268 votos contra 53.876.617, una diferencia de 1,87 puntos porcentuales. Cuando el Tribunal Superior Electoral declaró la elección como matemáticamente resuelta en el balotaje, Lula ya le sacaba una ventaja de dos puntos a su rival, con 64.171.319 votos contra 59.790.152.
En el medio, y en un desenlace para el infarto, la cabeza de la carrera había girado dos veces a lo largo de la noche: con el actual mandatario al frente en el arranque, su rival tomando la delantera con una amplia ventaja gracias a los votos del Sur, el Sudeste y el Centro-Oeste del país y finalmente el actual Presidente recuperando posiciones y consolidando la ventaja.
Lula aumentó unos seis puntos su participación sobre los votos válidos respecto de la primera vuelta, mientras Flávio sumaba apenas 1,2 puntos. Más que el crecimiento inevitable de ambos al quedar solamente dos candidatos, lo relevante es el cambio relativo: el petista logró borrar los 1,87 puntos de desventaja inicial y tomar un fuerte impulso para quedar por delante en el recuento final.
El mapa de partida había quedado claramente dividido. Flávio ganó el 4 de octubre en 15 estados: todo el Sur, el Sudeste y el Centro-Oeste, además de Acre, Rondônia, Roraima y Tocantins. Lula se impuso en 12, con un dominio completo de los nueve estados del Nordeste y victorias en Amazonas, Amapá y Pará. En los tres mayores distritos electorales —San Pablo, Minas Gerais y Río de Janeiro— había ganado el candidato del PL.
La clave es que Lula no necesitó cambiar el color de muchos estados: bastó con virar los márgenes. De hecho, Minas Gerais es el caso más contundente: había perdido allí la primera vuelta por 48,24% a 43,33% y en el balotaje pasó al frente, en el corte ya definitorio, con alrededor de 50,3% contra 49,7%.
En los otros dos gigantes del Sudeste no ganó, pero redujo de manera importante las desventajas: en Río de Janeiro había quedado 39,41% contra 53,01% y trepó hasta alrededor de 46,6%, mientras Flávio se mantenía cerca del 53,4%; en San Pablo, Lula pasó de 38,20% a aproximadamente 45,4%, contra 54,6% de Bolsonaro.
El movimiento se completó en el Nordeste, donde Lula no se limitó a conservar sus estados sino que profundizó diferencias. En Bahía había obtenido 66,17% en primera vuelta y avanzó a alrededor del 71%; en Pernambuco pasó de 63,45% a cerca del 69,5%, mientras Piauí volvió a ser su mejor resultado, desde 70,99% hasta aproximadamente 75,8%.
La participación, como se mencionó antes, dejó además uno de los datos más significativos del balotaje. Según el último corte oficial del Tribunal Superior Electoral, la abstención se ubicó en torno al 19,06%, frente al 21,08% de la primera vuelta, una caída de poco más de dos puntos porcentuales. El movimiento rompe con la tendencia histórica de los balotajes brasileños a registrar una participación igual o menor que en la primera ronda.
El dato refuerza la lectura de una segunda vuelta con mayor movilización electoral y obliga a mirar, estado por estado, dónde se concentró ese aumento de concurrencia cuando se totalicen los resultados. Si ese porcentaje se mantiene cerca de ese nivel con el escrutinio definitivo, la reducción sería histórica.
El único antecedente similar se dio en 2022 también había aumentado la participación entre ambas instancias, pero apenas 0,36 punto: pasó de 79,05% a 79,41%. Hasta entonces, la tendencia histórica de los balotajes había sido una participación menor en la segunda vuelta.
El dato importa además para interpretar el resultado político. La campaña de Lula había colocado una parte relevante de su estrategia en movilizar a electores que no concurrieron el 4 de octubre, especialmente en zonas populares y estados donde el PT conservaba ventajas amplias. Y por eso reclamó que se amplíe el horario de votación cuando denunció la falta de transporte en diez estados del país. Aunque la decisión la adoptó solo un solo juez del TSE, desde el organismo salieron a convalidar el proceso electoral al final del recuento.
Lula gana la Presidencia de Brasil: el mapa completo del poder con el que deberá lidiar en 2027
La elección presidencial es sólo una de las capas del reordenamiento producido por las elecciones de 2026. La primera vuelta había definido 21 de las 27 gobernaciones. Y este domingo se completó el mapa en Acre, Amazonas, Espírito Santo, Rio Grande do Norte, Tocantins y el Distrito Federal, las seis unidades que habían quedado pendientes para el balotaje.
Solo Río quedó afuera de la lista original ya que al anular los votos de una tercera fuerza y retotalizar el total de sufragios válidos, el bolsonarista Douglas Ruas se quedó con la victoria.
Antes de esas últimas definiciones, doce de los gobernadores electos habían expresado públicamente respaldo a Flávio, cinco a Lula y cuatro no habían tomado posición. Sin embargo, uno de los principales datos de la elección es que gobernador, partido y voto presidencial no necesariamente se alinean. En Pará, por ejemplo, Lula había ganado la presidencial mientras el gobernador electo respaldó a Flávio. Otros gobernadores de partidos del centro evitaron incorporarse formalmente a cualquiera de los dos bloques.
Un informe de CELAG elaborado después de la primera vuelta ya advertía sobre esa característica: el crecimiento del bolsonarismo y de fuerzas de derecha no eliminó por completo el peso de los gobernadores ni de los partidos intermedios. El centro político brasileño sigue teniendo capacidad de negociación y no puede sumarse automáticamente como si fuera una coalición disciplinada detrás del PL.
Esa misma lógica se vuelve todavía más relevante en el Congreso. La Cámara que surgió de la primera vuelta tendrá al PL como mayor bancada individual, con 121 de los 513 diputados, en este caso, un hito para el bolsonarismo. Detrás quedaron la Federación PT-PCdoB-PV, con 88, y União-PP, con 87. Ningún bloque se aproxima por sí solo a la mayoría absoluta de 257 bancas pero el perfil de derecha del nuevo Congreso es inédito.
Lula deberá compartir así el esquema de poder con un Legislativo cuyo principal partido es el de su adversario. El Presidente conservaría una bancada relevante, pero estaría obligado desde el primer día a reconstruir acuerdos con otras expresiones de centro y centro-derecha en declive como el PSD, MDB, União-PP, Republicanos, fuerzas cuya lógica política depende tanto de Brasilia como de sus intereses estaduales.
Gustavo Perego, director de Desarrollo de Nuevos Negocios LATAM en Abeceb, puso el foco precisamente en ese cambio al ser consultado por El Cronista. Según su análisis, el crecimiento de las enmiendas parlamentarias durante la última década volvió al Congreso mucho menos dependiente del Ejecutivo para administrar recursos y construir poder. “La realidad es que estas enmiendas parlamentarias crecieron tanto, que hoy por hoy equivalen casi a la misma cantidad de gasto que tiene el Ejecutivo en gasto discrecional”, explicó.
Para Perego, esa autonomía modificó incluso la estrategia electoral de los partidos. “La estrategia de todos fue, en la primera vuelta, no pensar tanto en ir por candidatos presidenciales sino gastar para conseguir legisladores”, sostuvo. En ese tablero, el PL tomó una decisión distinta al jugar un pleno por el apellido Bolsonaro y consiguió ampliar de manera significativa su representación propia a costa de buena parte del Centrão.
Ese punto ayuda a entender por qué un triunfo de Lula no equivale a una reconstrucción automática del poder que el PT tuvo en otros ciclos sino que lo coloca ante un escenario todavía más complejo que el actual. El Presidente tendrá enfrente una fuerza opositora con estructura legislativa propia, gobernadores aliados y capacidad institucional para negociar desde una posición mucho más fuerte.
Perego lo sintetizó con una frase que ilustra también el desafío para Lula: Flávio consiguió “legisladores propios, no prestados en una coalición amplia”. Para el petismo, por lo tanto, la reelección destraba un juego obligado por la construcción de nuevas mayorías parlamentarias necesarias para aprobar presupuestos, reformas y leyes durante los próximos cuatro años. La cuarta y última presidencia de Lula anticipa ya desafíos desconocidos a partir de 2027.