En el contexto internacional surgen una serie de señales que perturbaron en esta última semana a los países más desarrollados.
Esas señales tienen que ver con las recurrentes crisis en los países de Europa y la dificultad de encauzar el problema; la larga negociación en los Estados Unidos sobre el techo de la deuda, y la imposibilidad de llegar a un acuerdo que, en el muy largo plazo, pusiera la trayectoria de la deuda bajo un camino estable.
En el fondo, el pánico es exagerado en el corto plazo pero justificado en el largo. El problema tanto en Europa como en Estados Unidos es encauzar las trayectorias de las deudas públicas en el largo plazo.
Eso no requiere urgentes medidas decisivas porque naturalmente en una recesión hay que ser moderado y prudente, pero sí requieren acciones muy contundentes hacia el futuro.
Esto está relacionado con tres inconvenientes. El primero es el impacto fiscal de envejecimiento en las sociedades. Eso agrava los déficits de las cuentas fiscales, por su incidencia de mayor gasto en los sistemas previsionales y en el sistema de salud pública.
El segundo problema tiene que ver con el endeudamiento acumulado a lo largo de varias décadas, que inexorablemente cuesta en términos de intereses, una fracción creciente de los presupuestos.
En tercer lugar, es muy difícil financiar la secuencia simultánea de haber construido un capitalismo de estado en gran parte de Europa, y un estado de bienestar, financiándolo con emisión de deuda pública a muy corto plazo de maduración.
Estos tres fenómenos tienen que ser resueltos de una manera simultánea, precisa y clara en el largo plazo.
Ese es el problema de fondo y es lo que justifica estructuralmente el temor, que existe en todo el mundo, hacia las perspectivas futuras.
No hay circunstancias de corto que expliquen el presunto pánico. Lo que está subyaciendo es ese problema de largo plazo, que requerirá, probablemente, correcciones tributarias. Estas modificaciones deberían resolver dos problemas sustanciales. En primer lugar, eliminar los tratamientos diferenciales, las exenciones, los gastos tributarios, etc. Eso mejoraría la asignación de los recursos y evitaría subir las tasas marginales que son las golpean fuertemente en los incentivos a trabajar y a producir.
Lo segundo, es la necesidad de un impuesto al consumo de hidrocarburos para atender la problemática del medio ambiente, la congestión vehicular, y para facilitar el reacomodamiento de los recursos a nivel internacional.
El tercer punto, sobre todo si este conjunto de medidas son consistentes y significativas, podría permitir desgravar los impuestos al trabajo, siendo el desempleo y la informalidad, uno de los factores esenciales a resolver en el largo plazo, tanto en las economías industrializadas como en las emergentes.
En resumen, se necesita una corrección de los compromisos de gastos en el largo plazo. Esa corrección tiene que ser precisa y transparente, sobre todo en los sistemas de seguridad social y en el sistema de salud, para restablecer la confianza en el corto plazo y evitar un contexto más recesivo.