En esta noticia
La guerra de Malvinas tuvo lugar hace ya más de cuatro décadas, pero su eco sigue latiendo como una herida abierta en el corazón de la memoria colectiva argentina, donde el dolor por las pérdidas y el reclamo de soberanía permanecen inalterables.
Ese inevitable paso del tiempo, que transforma el trauma vivido en herencia histórica, se refleja con nitidez en el fútbol, un espacio que se convirtió en uno de los principales catalizadores de las emociones de la sociedad argentina.
Mientras que el histórico y catártico partido contra Inglaterra en el Mundial de México 1986 se disputó apenas cuatro años después de la guerra, con el duelo todavía presente en buena parte de la sociedad, la actual Selección argentina habita una realidad biológica muy distinta.
Hoy la Selección está integrada por futbolistas que nacieron después de la Guerra de Malvinas o que eran apenas niños cuando ocurrió.
La Selección campeona de 1986 compartía generación con los soldados de Malvinas
Uno de los datos más llamativos surge al observar la edad de los protagonistas. La mayor parte de los conscriptos que combatieron en Malvinas pertenecía a las clases 1962 y 1963.
En el plantel dirigido por Carlos Bilardo había varios futbolistas nacidos en 1962: Oscar Ruggeri, Jorge Burruchaga, Sergio Batista, Héctor Enrique, Néstor Clausen y Carlos Tapia.
Si bien compartían la misma generación que miles de jóvenes enviados al Atlántico Sur, por distintas razones personales, deportivas o vinculadas al cumplimiento del servicio militar obligatorio, no participaron del conflicto bélico.
Ese contexto explica, en parte, por qué el partido ante Inglaterra fue mucho más que un encuentro de fútbol. Se sintió como una revancha bélica, para gran parte de la sociedad argentina aquel triunfo encabezado por Diego Maradona adquirió un enorme valor simbólico.
Los goles de “La Mano de Dios” y el “Gol del Siglo” quedaron asociados a una victoria deportiva que llegó cuando las heridas de la guerra todavía estaban abiertas.
¿Por qué Malvinas quedó ligada para siempre al fútbol?
La relación entre la Guerra de Malvinas y el fútbol tiene una particularidad que difícilmente se repite en otros ámbitos de la vida cotidiana. Con el paso del tiempo, nuestra sociedad siguió incorporando y consumiendo expresiones de la cultura británica sin que ello despertara mayores tensiones: la música de The Beatles, la literatura inglesa o incluso tradiciones como el té forman parte de la vida diaria.
Sin embargo, cada vez que Argentina e Inglaterra se enfrentan en una cancha, el recuerdo de Malvinas reaparece de manera casi inevitable.
La explicación excede al deporte. El fútbol ocupa un lugar único en la identidad argentina y se convirtió en el espacio donde la mayoría de la población canalizó emociones que difícilmente encuentran otra vía de expresión colectiva.
Allí conviven el orgullo nacional, la memoria y el reconocimiento a quienes combatieron en 1982, sin que eso implique equiparar un partido con una guerra ni convertir un resultado deportivo en una revancha bélica.
Ese vínculo quedó sellado el 22 de junio de 1986, cuando Argentina derrotó 2 a 1 a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México. Apenas cuatro años después del conflicto, aquella victoria liderada por Maradona adquirió un significado que trascendió el deporte y quedó incorporado a la memoria colectiva.
Desde entonces, cada nuevo cruce entre ambas selecciones remite inevitablemente a esa tarde en el Estadio Azteca y explica por qué el fútbol sigue siendo el principal vehículo a través del cual la sociedad argentina resignifica la herencia de Malvinas.
Messi y la Scaloneta: la Selección de otra generación
El contraste con la actualidad es contundente. Lionel Messi, el jugador de mayor edad del plantel, nació el 24 de junio de 1987, cinco años después del final de la guerra. Ninguno de los futbolistas que integran hoy la Selección argentina tuvo una experiencia directa con el conflicto, por lo que Malvinas forma parte de la memoria colectiva, pero no de su historia personal.
La diferencia también alcanza al cuerpo técnico. Lionel Scaloni, Walter Samuel y Pablo Aimar tenían apenas cuatro años cuando comenzó la guerra en abril de 1982, mientras que Roberto “Ratón” Ayala era el mayor del grupo con nueve años. La Scaloneta es, así, la primera Selección argentina integrada y conducida casi exclusivamente por personas que no vivieron el conflicto de manera consciente.
Sin embargo, como representantes de la Selección argentina, heredaron el peso simbólico de aquella época. Aun cuando cada enfrentamiento con Inglaterra continúe siendo, ante todo, “un partido de fútbol”, como dijo Lionel Scaloni.
No obstante, la distancia temporal no disminuyó la importancia de la causa Malvinas: el homenaje a los excombatientes y el reclamo de soberanía siguen siendo parte de la identidad argentina. En ese contexto, el histórico triunfo de 1986 trascendió el deporte y se convirtió en un legado que explica por qué, más de cuatro décadas después, el fútbol continúa siendo uno de los principales vehículos de la memoria colectiva.