Puede resultar difícil de creer, pero el año pasado había más certezas sobre lo que iba a suceder después del cambio de gobierno, que lo que empresarios y consumidores imaginan ahora sobre el 2017. El primer dato que había movido la aguja en ese entonces es que Cristina Kirchner no iba a estar más en la Casa Rosada. Sin hacer un análisis exhaustivo de qué margen de acción iba a tener Daniel Scioli en caso de ganar, o si Mauricio Macri tenía chances reales de acceder al poder, todos esperaban cambios de política económica muy similares. Las diferencias, un año atrás, pasaban más por la intensidad o por los instrumentos que por el rumbo. Ese segundo dato, que hoy parece casi obvio, creó una huella profunda que se extendió a los primeros doce meses de este gobierno.
Sin reservas en el BCRA, la gestión de Axel Kicillof buscó profundizar todos los cerrojos y limitar al máximo el acceso a divisas. Los importadores operaban con el dólar artificial que sostenía el Central solo para evitar que tuviera impacto en los precios. También aprovecharon las tasas negativas, que buscaban alentar el consumo a cualquier costo. Conclusión: todos los empresarios sabían que este escenario era insostenible y le sacaron el jugo a tiempo. El ajuste cambiario iba a ser inevitable, tanto como una suba de tasas para contener la inflación (tal como había sucedido en 2014). El año pasado no solo hubo una fiesta de consumo sino de producción, ya que las compañías adelantaron stocks. En 2016 la recesión industrial no solo tuvo que ver con el parate de Brasil, sino con el hecho de que muchas empresas trabajaron menos porque vivieron de sus stock baratos.
Para el 2017 esa ventaja no está presente. Hoy no se fabrica ni para exportar más ni para reponer lo vendido. Aunque parezca extraño, en términos proporcionales la incertidumbre es mayor a la que había en 2015. Las empresas no han invertido por cada ficha jugada por el Gobierno. Parecen esperar a ver si Macri consigue primer tener en la mano todas las cartas ganadoras.