Argentina atraviesa uno de esos momentos excepcionales que aparecen muy pocas veces en la historia económica de un país. Después de años de crisis, inestabilidad y pérdida de confianza, el mundo volvió a mirar a la Argentina como una nación con recursos estratégicos, capacidad exportadora y potencial de crecimiento.
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) abrió una oportunidad concreta para el desembarco de capitales internacionales de enorme escala en sectores clave como energía, minería, infraestructura, siderurgia y tecnología, generando expectativas económicas que hace mucho tiempo no existían.
Sin embargo, existe una realidad que la política y la dirigencia no pueden ignorar. Mientras la macroeconomía intenta estabilizarse y las grandes inversiones comienzan a llegar, miles de pequeñas y medianas empresas atraviesan uno de los momentos más delicados de los últimos años. Ahí aparece el debate económico más importante que tenemos pendiente. ¿Cómo lograr que el crecimiento macroeconómico no conviva con el deterioro de la economía real?.
La producción de nuestro país no está compuesta solamente por megaproyectos mineros o energéticos. Está sostenida fundamentalmente por miles de PYMES industriales, comerciales y tecnológicas que generan empleo, consumo y movimiento económico en cada ciudad del país. Las pequeñas y medianas empresas representan cerca del 99% del entramado empresarial argentino y generan más del 60% del empleo privado formal.
Muchas de esas empresas hoy atraviesan enormes dificultades por la caída del consumo, el deterioro del mercado interno, el aumento de costos financieros, la presión tributaria y la retracción de la actividad golpearon con fuerza a gran parte del sector productivo. Distintos relevamientos empresariales estiman que cerraron cerca de 25.000 PYMEs desde el inicio de la crisis reciente.
Sectores completos trabajan con niveles mínimos de capacidad instalada y márgenes de rentabilidad extremadamente bajos. La construcción, la industria metalúrgica, el sector textil y buena parte de la industria manufacturera sufrieron durante 2024 y 2025 una de las mayores contracciones de los últimos años.
El empleo también refleja esa tensión. Mientras se perdieron más de 200.000 puestos de trabajo registrados desde el inicio de la actual gestión nacional, los proyectos vinculados al RIGI generarían, por ahora, alrededor de 36.000 empleos directos e indirectos.
El desarrollo real no ocurre solamente cuando llegan inversiones, sucede cuando se genera integración productiva e impacta sobre el resto de la economía. Y para que eso suceda hace falta planificación. El RIGI no debería limitarse únicamente a atraer capital extranjero. También debería transformarse en una plataforma para fortalecer proveedores nacionales, parques industriales, cadenas de valor locales, infraestructura logística, capacitación técnica y empleo argentino.
Si las grandes inversiones encuentran una red industrial fortalecida, el impacto económico será mucho más profundo y sostenible. Pero si las PYMES continúan perdiendo competitividad, acceso al crédito y capacidad operativa, el riesgo será consolidar un modelo económico desequilibrado y ninguna economía logra sostenerse en el tiempo de esa forma. Además, la experiencia internacional demuestra claramente que ningún país desarrollado abandonó su política industrial.
Estados Unidos protege sectores estratégicos y subsidia fuertemente su industria tecnológica y energética. Europa impulsa incentivos permanentes para producción, innovación y transición energética. Brasil sostiene históricamente líneas de financiamiento industrial. China construyó su liderazgo global a partir de una política industrial agresiva y sostenida durante décadas. Ninguna de las grandes economías del mundo dejó librado su desarrollo exclusivamente al mercado.
Argentina necesita discutir urgentemente una agenda para la microeconomía. Reconstruir la competitividad interna a partir de crédito productivo accesible, alivio tributario para PYMEs, incentivos a la contratación laboral, infraestructura logística, estabilidad regulatoria, apoyo a parques industriales y una verdadera articulación público-privada. Defender la producción nacional no significa cerrarse al mundo. Significa generar condiciones para competir mejor y evitar que la apertura económica destruya sectores completos antes de que puedan reconvertirse.
También creo que existe una variable central que muchas veces queda fuera del debate económico: la clase media. Durante décadas, la clase media argentina fue uno de los grandes motores del consumo, la movilidad social y el desarrollo interno. Hoy atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. Los salarios perdieron poder adquisitivo, aumentaron fuertemente los costos de servicios básicos y millones de familias viven con incertidumbre permanente.
La recuperación económica no puede medirse solamente por variables financieras o bursátiles. También debe medirse por la cantidad de empresas que sobreviven, por el empleo que se genera, por el nivel de actividad industrial, por el salario real y por la capacidad de crecimiento de la clase media. Porque detrás de cada PYME que cierra no desaparece solamente una empresa: desaparecen empleo, conocimiento, inversión, producción y futuro argentino.
Argentina necesita estabilidad y producción, inversión extranjera y fortalecimiento industrial, exportaciones y mercado interno, competitividad y desarrollo social. El RIGI puede convertirse en una enorme oportunidad para iniciar una nueva etapa de crecimiento, pero ese crecimiento solo será sostenible si logra integrarse a la economía real y alcanzar a las fábricas, las PYMEs, el empleo y la clase media.
Ningún modelo económico puede sostenerse en el tiempo si el desarrollo queda encapsulado en pocos sectores mientras se debilita el resto del entramado productivo.
*El autor es miembro de la Junta Directiva de UIPBA y Presidente de Red Parques Industriales Argentinos