Mucho se ha escrito sobre el poder y no es mi intención seguir sumando líneas, sino resaltar una situación que afecta por igual a gobiernos, empresas, ejércitos, sindicatos, etc. Y es que el poder ha mutado su centro de influencia: ya no son los poderosos los que tienen la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos e individuos.

Quien ha profundizado esta situación es Moises Naím en su esclarecedor libro "El fin del poder" (Ed. Debate, 2013). En dicho libro, Naím sostiene que "el poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Además, quienes controlan el poder ven más restringido lo que pueden hacer con él".

Se pueden encontrar infinidad de ejemplos actuales sobre esta tendencia que está desconfigurando la manera que teníamos de entender el poder. Podemos hacer un buen diagnóstico sobre el estado de situación, pero no sabemos cómo va a terminar la película.

Un ejemplo del cambio en las estructuras del poder es el impacto que está teniendo la amenaza del grupo terrorista denominado Estado Islámico. Este grupo ha logrado unir a 30 países, muchos de ellos antagónicos, en la conferencia internacional sobre la seguridad en Irak que se llevó a cabo en Paris el 15 de septiembre, donde los mismos se comprometieron a emplear todos los medios necesarios para apoyar la lucha de Bagdad. Pocos hubiesen imaginado que países como EE.UU., Siria y Turquía desarrollarían estrategias conjuntas, pero la amenaza de este grupo reducido en personas pero muy agresivo en sus tácticas logró este milagro.

Lo mismo sucede en el mundo de las empresas. Como destaca Naím, en 1980 una compañía estadounidense que estuviera entre el 5% de las mejores de su sector no tenía más que un 10% de riesgo de perder esa posición en un plazo de cinco años. Veinte años después, la probabilidad había ascendido al 25%. Hoy, un simple recuento de las 500 empresas estadounidenses y mundiales que no existían hace diez años muestra que muchas firmas relativamente recién llegadas están desplazando a los gigantes empresariales tradicionales. Hoy las empresas deben ganarse todos los días la confianza de la gente, en un contexto donde el poder lo tiene el consumidor y no la empresa. Las empresas están más observadas que nunca.

Otro de los espacios donde el poder ha mutado es en el terreno sindical. Los grandes sindicatos se ven amenazados por el accionar de sus bases, que no reconocen su liderazgo. El caso más emblemático es el de los metrodelegados del subte de la Ciudad de Buenos Aires, que sin poseer la personería gremial viven en conflicto con su gremio tradicional (UTA). Esto sumado al desprestigio que tienen los sindicatos en las mediciones de opinión pública, produce que la gente se manifieste espontáneamente y ya no a través de las estructuras sindicales clásicas.

Vivimos una situación inédita en términos de lo que conocimos como poder. Hoy los micropoderes enfrentan a los macropoderes; el poder es más efímero ya que los poderosos lo son, pero por menos tiempo que antes; surgen nuevos jugadores en todos los ámbitos (político, corporativo, social) que juegan con nuevas reglas, etc. En fin, como dijo el ex primer ministro italiano Giulio Andreotti: "el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene".