

Durante años, el mercado laboral instaló una idea difícil de desterrar: cuanto mayor es una persona, menor es su capacidad para adaptarse a los cambios. La irrupción de la inteligencia artificial parece haber profundizado ese prejuicio. Los jóvenes serían los mejor preparados para el futuro del trabajo y la Generación Silver estaría condenada a perder protagonismo.
Pero esa mirada desconoce algo fundamental: la capacidad de aprender no tiene edad.
Hay profesionales de 35 años resistentes al cambio y personas de 65 que incorporan nuevas tecnologías con curiosidad y naturalidad. Lo que determina la vigencia laboral no es la fecha de nacimiento, sino la mentalidad, la flexibilidad y la disposición a seguir aprendiendo.

Tampoco alcanza con saber utilizar ChatGPT. Redactar un correo o resumir un documento con inteligencia artificial no significa haber comprendido su verdadero potencial. El cambio profundo ocurre cuando la tecnología permite transformar procesos, mejorar decisiones y liberar tiempo para actividades de mayor valor.
La llegada de los agentes de inteligencia artificial, capaces de ejecutar tareas e interactuar con distintos sistemas, profundiza esta transformación. Y abre una paradoja: cuanto más puede hacer la tecnología, más importante puede resultar la experiencia humana para interpretar resultados, anticipar riesgos y tomar decisiones responsables.
La experiencia que las empresas no pueden perder
En algunas industrias argentinas, el valor de los profesionales experimentados es particularmente evidente.
En empresas mineras que conozco, la edad promedio ronda los 47 años. Son actividades donde el conocimiento operativo, la anticipación de riesgos y la experiencia acumulada resultan fundamentales.

Algo similar ocurre en el sector energético. Durante décadas, los períodos de estancamiento y la inversión insuficiente dificultaron la formación de nuevas generaciones de especialistas. Hoy, frente a nuevas inversiones y oportunidades de crecimiento, muchas organizaciones descubren que no cuentan con suficientes profesionales preparados para reemplazar a quienes acumularon décadas de experiencia.
Un especialista que trabajó durante años en una central eléctrica conoce mucho más que los procedimientos técnicos. Recuerda fallas, soluciones, particularidades de los equipos y señales que difícilmente aparezcan en un manual.
La inteligencia artificial puede detectar anomalías y anticipar necesidades de mantenimiento. Pero la experiencia sigue siendo decisiva para interpretar esa información.
En salud también aparecen diferencias generacionales. Mientras muchos médicos experimentados desarrollaron sus carreras bajo esquemas de guardias extensas, los profesionales más jóvenes suelen priorizar un mayor equilibrio entre su vida personal y laboral. No se trata de establecer qué generación es mejor, sino de comprender que las expectativas cambiaron.
¿Por qué seguimos confundiendo edad con obsolescencia?
Algunas multinacionales mantienen políticas de retiro asociadas a determinadas edades. Otras empresas, especialmente nacionales y en crecimiento, valoran la capacidad de aportar resultados por encima de los años cumplidos.
Conocí recientemente el caso de un ejecutivo de una multinacional que alcanzó 60 años de trayectoria dentro de la misma compañía. Lejos de considerar su salida, la organización entiende que su conocimiento continúa siendo fundamental.

La experiencia, sin embargo, tampoco garantiza empleabilidad. Una trayectoria extensa pierde valor cuando viene acompañada de rigidez o falta de actualización.
Por eso, el verdadero desafío es desarrollar una mentalidad digital: curiosidad, pensamiento crítico, apertura al cambio y capacidad para utilizar la tecnología con sentido.
Las empresas también tienen una responsabilidad. No pueden exigir innovación si construyeron culturas que penalizan el error y desalientan el cuestionamiento.
El futuro laboral no debería convertirse en una competencia entre generaciones. Las organizaciones necesitan combinar nuevas perspectivas con experiencia acumulada y generar espacios donde ese conocimiento pueda transmitirse.
La inteligencia artificial está desplazando parte del valor desde la ejecución hacia el criterio. Y allí los profesionales experimentados tienen mucho para aportar.
Porque la verdadera obsolescencia no te comienza cuando cumplimos años. Comienza cuando dejamos de aprender.














