La revolución que nos propone la Inteligencia Artificial no introduce, pero sí agrega un nuevo factor determinante en el dilema que enfrentamos los jóvenes de todas las generaciones: cómo equilibrar nuestras aspiraciones profesionales con la vocación de realizarnos como personas a partir de la formación de una familia.

El mundo nos enfrenta a nuevos desafíos, en contextos adversos y muy volátiles y nuestras emociones y la razón instrumental que suelen gobernarnos nos inclinan a hacer foco en esos cambios, en encontrar las maneras para ver las oportunidades detrás de la incertidumbre. La capacitación permanente para seguir los avances y no quedar desactualizados, nos ocupa la mente más de lo que debiera. Y así es muy fácil perder de vista lo esencial: el llamado personal, individual, que tenemos cada uno de nosotros sobre nuestra vida.

Entonces cuando damos un pequeño paso hacia atrás del vórtice, aparecen las grandes preguntas. ¿Hacia dónde nos lleva esta carrera por un éxito profesional que parece prometernos tanto? En el camino nos encontramos con un sinfín de cosas deseables y aparentemente buenas, pero ¿podrían estar alejándonos, poco a poco, de nuestro llamado original? Y una pregunta aún más inquietante: ¿el mundo nos ayuda a descubrir y desplegar aquello que estamos llamados a ser?

Dilucidar esto no es sencillo, requiere de profunda reflexión personal y colectiva, pero sobre todo de profunda fe. Porque la fe es el norte que nos guía y nos ayuda a no perder el rumbo, y por eso es tan importante aferrarnos a la fe para despejar la bruma. Esa fe es la estrella de Belén que orientó el camino de los Reyes Magos para que llegaran a Jesús: era muy fácil perderse en el desierto, pero ahí estaba para guiarlos y que ese camino cobre sentido en sí mismo.

Invitamos a los jóvenes cristianos que trabajamos en empresas, emprendemos y desarrollamos nuestras carreras profesionales de forma independiente a no perdernos lo esencial por perseguir lo inmediato. El tesoro que el mundo nos propone, que nos “cede” por un rato y nos seduce; es efímero, algún día se acaba, y si nos quedamos atorados en las redes de internet, no habremos buscado aquello a lo que estamos llamados por Dios: a ser testigos de este tiempo y protagonistas de nuestro futuro.