En los próximos días, Argentina podría convertirse en el primer país del Mercosur en ratificar el acuerdo con la Unión Europea. En paralelo, acaba de firmarse un acuerdo de facilitación de comercio e inversión con Estados Unidos. Leídas en conjunto, ambas decisiones no son gestos diplomáticos aislados, sino que constituyen una definición estratégica de futuro.
El acuerdo UE-Mercosur crea uno de los mayores espacios comerciales del planeta con más de 700 millones de consumidores y cerca del 20% del PBI global. El acuerdo con Estados Unidos abre mercados, reduce fricciones regulatorias, facilita estándares y mejora condiciones para la inversión. Estos acuerdos no garantizan crecimiento automático, pero modifican algo más profundo en nuestra economía que es su estructura de incentivos. Y allí es donde reside el núcleo del debate actual de apertura si o apertura no.
El último Economic Freedom of the World Report 2025, publicado por el Fraser Institute con datos del Banco Mundial y otros organismos multilaterales, muestra una relación consistente entre mayor libertad económica y mayores niveles de ingreso per cápita, junto con mejores indicadores sociales. La correlación no es circunstancial, sino que se repite a lo largo del tiempo y entre regiones.
Sin embargo, frente a la política de integración al mundo del gobierno, reaparece en el debate local una objeción conocida por todos, que data de los años 70, y sigue apareciendo cada vez que se busca abrir la economía argentina. Donde se sostiene que no es la libertad económica la que genera desarrollo, sino que primero deben consolidarse las instituciones, la educación, la calidad regulatoria y el Estado de derecho. Según esa visión, abrir la economía sería la etapa final de un proceso previo de “ordenamiento”. Es la clásica discusión del huevo y la gallina.
Para ello, aquí conviene recordar a Douglass North, Premio Nobel de Economía en 1993 por su trabajo sobre el papel de las instituciones en el desempeño económico de largo plazo. North demostró que las instituciones —las reglas formales e informales que estructuran la interacción humana— no surgen como diseño perfecto ex ante, sino que evolucionan en función de los incentivos y de los costos de transacción. Cambian cuando cambian las oportunidades económicas. Y principalmente afirma que las reglas mejoran cuando la dinámica competitiva obliga a que mejoren las organizaciones dentro de la economía.
Décadas antes, Friedrich Hayek había desarrollado una intuición complementaria donde el orden social no es producto de un diseño centralizado estatal sino de un proceso espontáneo de coordinación de actores. El mercado funciona como un mecanismo de descubrimiento que procesa información dispersa y selecciona prácticas más eficientes. En conclusión, la competencia no es una amenaza institucional sino es su principal disciplinador creativo.
La historia occidental ofrece evidencia contundente. Durante el siglo XIX, la expansión del comercio y la iniciativa privada precedieron y, en gran medida, forzaron la consolidación de instituciones modernas. La integración internacional generó presión por tribunales más previsibles, derechos de propiedad más claros, sistemas financieros más robustos y administraciones públicas más profesionales. La apertura no fue la consecuencia del desarrollo, sino que fue parte de su causa.
El enfoque ultra regulador argentino suele plantear la secuencia inversa, donde primero debemos moldear una sociedad ideal con instituciones ideales, y luego permitir mayor libertad económica. Pero sin competencia, sin inversión externa, sin exposición a estándares globales, los incentivos para transformar estructuras internas arcaicas son débiles.
La protección tiende a consolidar oligopolios y a perpetuar ineficiencias. Ya la libertad económica, en cambio, introduce disciplina creativa. Obliga a elevar productividad, a invertir en capital humano, a modernizar infraestructura y a mejorar calidad institucional. No por voluntarismo político, sino porque la integración lo impone. Cuando las empresas compiten en mercados abiertos, demandan reglas más claras, y cuando el capital se mueve, exige previsibilidad, y cuando el comercio fluye, expone las ineficiencias.
Ratificar el acuerdo con la Unión Europea y profundizar la facilitación comercial con Estados Unidos implica asumir esa lógica. No se trata de firmar tratados por simbolismo geopolítico, sino de reconfigurar el entorno de incentivos que condiciona el comportamiento económico argentino.
La evidencia comparada que recoge el Fraser Institute es clara, las economías más abiertas no solo son más ricas, sino que tienden a exhibir mayor estabilidad institucional y mejores estándares de vida. No porque hayan esperado a ser perfectas antes de integrarse al mundo y apoyar la libre empresa, sino porque la integración económica aceleró su proceso de mejora institucional.
La Argentina enfrenta una decisión estratégica. Puede esperar condiciones ideales antes de abrirse, o puede entender que esas condiciones se construyen en el proceso mismo de apertura. North lo explicó desde la economía institucional.
Hayek lo anticipó desde la teoría del orden espontáneo. Y la historia económica lo confirma, ya que la competencia crea disciplina; la disciplina fortalece reglas; y las reglas sostienen el desarrollo. La libertad económica no es un punto de llegada. Es el punto de partida.
Y en un contexto global donde los flujos comerciales y de inversión redefinen posiciones relativas entre naciones, decidir integrarse no es simplemente abrir mercados. Es elegir el marco de incentivos que moldeará las instituciones del futuro. La pregunta ya no es si la Argentina debe esperar a ser perfecta para competir. La pregunta es si está dispuesta a competir para mejorar.