La aparente tregua en Medio Oriente y la promesa de apertura del estrecho de Ormuz trajeron algo que los mercados necesitaban desesperadamente: tiempo. El petróleo retrocedió, las expectativas inflacionarias de corto plazo aflojaron y la Reserva Federal volvió a encontrar cierto margen político para discutir recortes de tasas sin quedar inmediatamente acusada de perder el control de los precios.

Pero sería un error confundir alivio táctico con solución estructural.

El mercado reaccionó como siempre: celebrando la caída del riesgo inmediato. El barril de crudo dejó atrás los máximos generados por la amenaza sobre el estrecho de Ormuz y los bonos americanos recuperaron algo de estabilidad. Para la Fed de Kevin Warsh, esto representa un respiro significativo. Una guerra energética prolongada hubiese significado exactamente lo contrario de lo que hoy necesita Washington: controlar inflación persistente, tasas largas más altas y presión adicional sobre un déficit fiscal ya fuera de control.

Sin embargo, el problema de fondo permanece intacto.

Estados Unidos enfrenta simultáneamente tres desequilibrios difíciles de reconciliar: inflación todavía elevada, déficit fiscal récord y una deuda pública que requiere financiamiento permanente a tasas cada vez más altas. El conflicto con Irán agravaba el escenario. Su aparente desactivación apenas posterga la discusión central y compra tiempo.

Kevin Warsh asumió la presidencia de la Reserva Federal en el momento más incómodo posible. Confirmado tras una de las votaciones más divididas de la historia reciente, hereda una institución atrapada entre las presiones políticas de la Casa Blanca y las restricciones objetivas del mercado de bonos.

Warsh representa una figura singular dentro de la tradición de la Fed. Es considerado relativamente “paloma” respecto de las tasas de interés, pero profundamente “halcón” en relación con la expansión monetaria y el tamaño del balance del banco central. En otras palabras: podría aceptar bajar tasas, pero desconfía profundamente de volver a inundar el sistema con emisión monetaria y compras masivas de deuda.

El problema es que las cañerías internacionales de liquidez del dólar precisan, justamente, más liquidez.

La Oficina de Presupuesto del Congreso proyecta déficits cercanos a los USD 2 billones anuales, mientras los pagos de intereses ya superan el billón de dólares por año. La matemática empieza a volverse incómoda incluso para la principal economía del mundo.

Durante décadas, Estados Unidos pudo financiar estos desequilibrios gracias a una demanda global prácticamente infinita por bonos del Tesoro. Pero ese esquema comenzó a mostrar grietas. China redujo significativamente sus tenencias de Treasuries. Otros bancos centrales diversifican lentamente sus reservas en oro. Y la propia Fed intenta, al menos discursivamente, reducir su participación como comprador marginal de deuda a largo plazo.

Allí aparece una de las grandes paradojas del nuevo orden monetario.

Mientras los actores soberanos tradicionales reducen la exposición, nuevos compradores emergen desde lugares inesperados: el ecosistema crypto y particularmente las stablecoins. Tether (El emisor de USDT) ya posee más bonos del Tesoro americano que varios países desarrollados. Su modelo es simple: captar dólares digitales y respaldarlos con letras del Tesoro de corto plazo.

Es decir, parte del financiamiento del déficit americano empieza a depender indirectamente de la expansión del sistema financiero digital privado, aunque todavía no en magnitud necesaria para compensar la salida.

La administración Trump parece haber entendido rápidamente esta dinámica. La reciente regulación favorable hacia stablecoins y activos digitales no responde únicamente a una visión tecnológica o ideológica. También constituye una necesidad financiera: crear nuevos demandantes estructurales de deuda estadounidense y mantenerlos dentro del alcance de la regulación de la SEC.

Incluso la creación de una reserva estratégica de Bitcoin por parte del Tesoro americano debe interpretarse bajo esa lógica más amplia. No se trata solamente de especulación sobre criptomonedas. Es una señal geopolítica y monetaria: Estados Unidos busca asegurarse relevancia dentro del eventual nuevo sistema financiero híbrido que podría emerger en las próximas décadas.

En paralelo, Warsh sostiene otra tesis todavía más ambiciosa: que la inteligencia artificial producirá un shock de productividad suficientemente poderoso como para generar una fuerza desinflacionaria estructural. La apuesta es clara: si la IA reduce costos, automatiza procesos y multiplica eficiencia, entonces la economía podría crecer sin generar inflación.

Es una hipótesis posible. Pero también extremadamente riesgosa.

Porque el mercado ya descontó parcialmente ese escenario ideal. Y porque la transición hacia esa nueva economía probablemente implique primero enormes inversiones en infraestructura, energía y capital físico antes de capturar los beneficios de productividad prometidos. De hecho, parte de la inflación reciente asociada a energía y commodities nace justamente del proceso de construcción de ese nuevo ciclo tecnológico.

Por eso el aparente fin de la guerra en Irán resulta tan relevante. No porque resuelva los desequilibrios estructurales de la economía estadounidense, sino porque descomprime el frente inflacionario en el momento más delicado para la Reserva Federal. Un nuevo shock energético hubiese obligado a mantener tasas altas por más tiempo, complicando aún más el financiamiento del déficit y enfriando una economía que ya muestra señales de desaceleración.

A esto se suma otro factor clave: las elecciones de medio término de noviembre. Con un Congreso en disputa y una administración que necesita mantener el crecimiento y la estabilidad financiera, la presión política sobre la Fed inevitablemente aumentará.

Pero el dilema central permanece intacto. Estados Unidos necesita tasas más bajas para sostener una deuda cada vez más costosa de financiar. Sin embargo, al mismo tiempo, necesita preservar la credibilidad monetaria del dólar y del mercado de Treasuries, pilares fundamentales del sistema financiero global. Necesita crecimiento para licuar sus desequilibrios fiscales, pero también disciplina para evitar una nueva ola inflacionaria. Y, sobre todo, necesita compradores permanentes de deuda en un contexto donde el resto del mundo empieza lentamente a cuestionar el orden monetario tradicional que dominó las últimas décadas.

Ese es el verdadero dilema Warsh.

La tregua con Irán puede haber calmado temporalmente a los mercados. Pero no modifica la pregunta de fondo: ¿puede el sistema sostener indefinidamente déficits crecientes financiados con deuda cada vez más dependiente de expansión monetaria?

Esta vez, la Reserva Federal apuesta a que la inteligencia artificial, la innovación financiera y el liderazgo geopolítico americano logren cambiar el resultado.