A veces, una foto transmite mucho más que cualquier declaración. Marco Rubio lo sabe mejor que nadie. Por eso se reunió el martes con autoridades del Comando Sur de Estados Unidos y se dejó fotografiar junto al general Frank Donovan con un mapa de Cuba de fondo. La imagen no prueba un plan militar para derrocar al régimen cubano. Pero es el mismo Comando Sur que lideró la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero.
Ese mismo día, Rubio endureció el tono contra La Habana. Dijo que el statu quo era inaceptable por dos razones. La primera: Cuba se está convirtiendo en un estado fallido, con un colapso económico y social al borde del desastre humanitario. La segunda: durante demasiado tiempo el régimen hospedó a potencias hostiles a los intereses estadounidenses. Ya no hay misiles nucleares como en la época soviética, pero sí al menos cuatro bases con indicios de vigilancia china sobre telecomunicaciones, muy por encima de los 150 kilómetros que separan a la isla de Florida.
La presión también avanza por la vía económica. Al embargo reforzado, que casi frenó la entrada de buques con petróleo en los últimos meses, se sumaron este jueves nuevas sanciones. El objetivo: GAESA, el conglomerado controlado por los militares cubanos, que maneja una porción decisiva de la economía cubana.
También alcanzaron a su presidenta ejecutiva y a Moa Nickel S.A., una empresa mixta minero-metalúrgica. No es un detalle menor: cuando Estados Unidos sanciona GAESA, no golpea solo una caja empresarial, sino uno de los pilares reales del poder cubano, la familia Castro.
Una nueva doctrina
Lo de Cuba es parte de algo más grande: la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Publicada en diciembre de 2025, vuelve a colocar al continente americano en el centro de las prioridades del Pentágono, con foco en crimen organizado, migración, China y otras potencias extrarregionales. En otras palabras: Estados Unidos vuelve a América Latina. Venezuela fue la primera parada. Cuba es la próxima.
Con esos lentes hay que leer la creación, anunciada el 21 de abril por el Comando Sur, del Comando de Guerra Autónoma, dedicado al uso de plataformas autónomas, semiautónomas y no tripuladas en el Caribe, Centroamérica y Sudamérica. En paralelo, circularon reportes sobre sobrevuelos de drones cerca de Cuba. Todo muy parecido a lo ocurrido antes de la captura de Maduro.
Como entonces, Trump se compromete verbalmente a actuar. Esta semana repitió que, cerrado el frente con Irán, podría enviar el USS Abraham Lincoln frente a Cuba para forzar una rendición del régimen. Sus declaraciones altisonantes le quitaron credibilidad. Pero cuando hubo promesa pública de atacar y movimientos militares posteriores, Trump terminó dando la orden.
Se vio con Venezuela y también con Irán. Los resultados fueron muy diferentes. Otra razón para que busque un éxito militar antes de las midterms. En América Latina, la tasa de éxito de Estados Unidos es ostensiblemente más elevada que en Oriente Medio.
La Escuela de las Américas
En estos días se conoció que el Pentágono lanzó en febrero el Curso de Entrenamiento en Operaciones de Selva–Panamá, un programa de 18 días entre militares estadounidenses y fuerzas panameñas en la Base Aeronaval Cristóbal Colón. Enfocado en guerra de selva, supervivencia, patrullaje e interoperabilidad multinacional, marca el retorno al viejo Centro de Entrenamiento de Guerra en Selva de Fort Sherman, que funcionó de 1951 a 1999.
Es imposible no leer esto como una reapertura, por ahora simbólica, de la antigua Escuela de las Américas, el centro de formación militar de Estados Unidos para oficiales latinoamericanos que funcionó en Fort Gulick, en la antigua Zona del Canal de Panamá. Fue un instrumento de la política hemisférica de Washington en la Guerra Fría: formación contrainsurgente, doctrina anticomunista, inteligencia, seguridad interna, operaciones militares y cooperación.
Por allí pasaron muchos cuadros que lideraron golpes de Estado en América Latina, con violaciones masivas a los derechos humanos para pulverizar a organizaciones de izquierda, fueran terroristas o no.
El eje hoy es otro. La potencia a contrarrestar es China y, en seguridad nacional, pesan más las organizaciones criminales ligadas al narcotráfico. Ahí México es el otro gran frente. El Departamento de Justicia acusó la semana pasada al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, y a otros funcionarios por presuntos vínculos con el Cartel de Sinaloa. Rocha, del partido de Claudia Sheinbaum y colaborador estrecho de López Obrador, se apartó temporalmente. La Presidenta, por ahora, lo defiende.
Trump volvió a dejar abierta la posibilidad de actuar por cuenta propia en territorio mexicano si el gobierno no desmonta los carteles. Sheinbaum rechaza de plano cualquier intervención militar estadounidense. Pero habría que revisar esas declaraciones tras la muerte de dos estadounidenses en Chihuahua, identificados como oficiales de la CIA que venían de operar contra laboratorios del narcotráfico.
La jugada de Lula
Brasil mira con incomodidad esta nueva etapa. Un Estados Unidos más prominente le quita relevancia como referencia regional. No es lo mismo ir a los BRICS como representante de Sudamérica que ir solo por su cuenta. Ese es el contexto del viaje de Lula a Washington para reunirse con Trump.
En la agenda aparecieron comercio, seguridad, minerales críticos y crimen organizado. Pero la mayor preocupación de Lula pasa por otro lado. A cinco meses de las elecciones, las encuestas marcan un empate técnico inesperado con Flávio Bolsonaro, un candidato más potable que su padre para los sectores conservadores de Brasil.
Después del encuentro, Lula dijo que no creía que Trump fuera a influir en la elección brasileña. Un apoyo demasiado explícito podría ser un problema para el viejo caudillo que, hasta hace unos meses, parecía caminar tranquilo hacia una reelección que le abría las puertas a un soñado cuarto mandato.