La invitación a participar de este espacio siempre es un gran desafío. En estos últimos años, pensar la Argentina del próximo año —más allá de las siguientes semanas— sonaba a un ejercicio casi esotérico, de dudosa utilidad para la toma de decisiones. Este 2026 se siente diferente, primer síntoma de una transformación profunda sin precedentes.
Otro síntoma relevante viene del lado de la agenda de las compañías, acostumbradas a destinar casi todo su tiempo a la urgencia y la volatilidad interna. Hoy vemos cómo, poco a poco, el balance entre interpretar el contexto global y seguir la agenda interna empieza a integrarse.
Sabemos que falta mucho, que el camino no es fácil y que no hay atajos. Por eso sigue siendo central la secuencia de estabilización, que es —sin duda— la condición necesaria para un clima de negocios saludable. En este sentido, haber superado un proceso electoral de dramatismo excepcional no es un dato menor.
El 2026 que visualizo aún tiene mucho de transición. El tablero macro nos dará menor inflación (algo por debajo del 16% anual), un crecimiento del PBI entre 3,3% y 4%, caída de tasas y una leve recuperación del salario real (más del 1,8% para el empleo privado registrado). Tras un fin de 2025 e inicio de 2026 flojos, la recuperación tomaría impulso desde el segundo trimestre.
Competir, el nuevo verbo del management argentino
Este escenario habilita avanzar en la agenda de crecimiento, sin subestimar la atención permanente que el frente cambiario y monetario seguirá exigiendo. Los CEO monitorearán de cerca la recuperación de reservas, el calendario de vencimientos, las operaciones de recompra y roll over, la asistencia del Tesoro estadounidense y el balance comercial.
La conversación inédita que se abre es la de la competitividad, palanca excluyente del crecimiento y el desarrollo. Las empresas lo saben: sus propios números hablan. La rentabilidad (ebitda) cayó de 14,5% en 2022 a 5,9% en 2025.
La Argentina empieza a converger hacia niveles de rentabilidad de otros mercados emergentes. Lo que antes era premio por riesgo, hoy exige eficiencia y escala. Pero ajustar ineficiencias ya no alcanza: la inversión y la innovación se vuelven vitales, y su alcance va más allá del core business. Para muchos será necesario cambiar modelos de negocio, diversificar, reinventarse.
A nivel macro, hablamos de destrucción creativa, de transformar la estructura productiva. Pero el match entre lo que nace y lo que muere no es automático ni sencillo, y muchas veces ni siquiera posible, lo que genera fricciones inevitables. El ecosistema emprendedor seguirá traccionando, pero el talento que demanda no será provisto linealmente por sectores de baja productividad.
Sabemos que las reformas de segunda generación que impulsa el Gobierno serán claves para dinamizar este proceso. Su éxito dependerá de la precisión, el tiempo y la forma en que se gestione la destrucción creativa. De ello dependerán no solo los resultados en empleo, salarios y consumo, sino también los de gobernabilidad y conflictividad, vitales para la continuidad política.
Es tiempo de oportunidades
El mundo se está redibujando. Trump cambió el rumbo. La tensión por el liderazgo global no nació de la nada: estaba incubándose hace años. Esto es relevante porque define alineamientos y condiciona decisiones estratégicas.
¿Qué provocó esta disrupción en el equilibrio geopolítico? La respuesta importa porque de ahí surge el mapa de riesgos y oportunidades para los negocios. La explosión de la IA, la aceleración de tendencias provocada por el Covid y el aumento de los conflictos bélicos son detonantes centrales.
Las consecuencias: la disputa por el poder global ya no se dirime por el tamaño de la economía o el arsenal militar. Las nuevas dimensiones son demografía, cultura, capacidad tecnológica y posición geográfica (cuanto más lejos de conflictos, mejor).
Una globalización más fragmentada, con cadenas de valor más cortas, implica una oportunidad para que Argentina consolide un nuevo paradigma productivo. Esto exige que en 2026 la agenda micro —competitividad, productividad, logística, empleo, infraestructura— esté por encima de la macro.
La síntesis es el cambio cultural. No el sentido político del término, sino un mindset colectivo nuevo. Los deportistas de élite saben que competir exige un todo indivisible: técnica, fortaleza física, estabilidad emocional y toma de decisiones.
Del mismo modo, debemos dejar de entrenar a una Argentina fragmentada, capaz de generar casos de éxito pero no un país exitoso. Es un nuevo mindset colectivo, una nueva cultura, un nuevo país.
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