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Cada vez más me sorprende la cantidad de personas que todavía se resisten a utilizar inteligencia artificial.

Algunas dicen que no la necesitan. Otras que no entienden cómo funciona, que desconfían de la información que ofrece, que ya están demasiado grandes para aprender a usarla o que simplemente prefieren seguir haciendo las cosas como siempre.

Y puedo entender muchas de esas preocupaciones. La tecnología avanza a una velocidad que puede resultar desafiante y no todo lo nuevo es necesariamente mejor. Pero hay una diferencia enorme entre desconfiar de algo que conocemos y rechazar algo que todavía no nos dimos la oportunidad de probar.

Mientras algunas personas siguen discutiendo si la inteligencia artificial es buena o mala (alerta de spoiler: bien utilizada, es una herramienta extraordinaria), otras ya la están aprovechando para resolver problemas, aprender cosas nuevas, tomar mejores decisiones, ahorrar tiempo y descubrir posibilidades que nunca habrían imaginado si no se hubieran animado a probarla.

La inteligencia artificial amplía tus capacidades

Desde alguien que necesita ayudar a un niño con una materia que no entiende, hasta quien quiere aprender inglés y puede practicar conversaciones sin horarios ni vergüenza de equivocarse.

En el mundo del emprendimiento, puede ayudar a organizar las finanzas, calcular precios, preparar propuestas comerciales o encontrar oportunidades para mejorar un negocio. Quien busca trabajo puede utilizarla para mejorar su currículum y prepararse para una entrevista. Incluso puede servir para ordenar nuestros pensamientos o prepararnos para una conversación difícil. Y estos son apenas algunos ejemplos de todo lo que podemos hacer con ella.

Lo interesante es que no necesitás conocimientos técnicos para empezar. Alcanza con contarle qué necesitás, como si estuvieras conversando con otra persona. Eso es un prompt: una pregunta, instrucción o pedido que le hacemos a la inteligencia artificial. Cuanto más contexto le damos, más posibilidades tiene de ofrecernos resultados más útiles.

Algunas herramientas, como ChatGPT, tienen funciones de memoria que les permiten recordar información relevante de nuestras conversaciones. Con el tiempo pueden ir conociendo nuestras preferencias, proyectos y formas de trabajar, y ofrecer respuestas cada vez más personalizadas, sin necesidad de explicar todo desde cero.

De alguna manera, podemos convertirla en una extensión de nuestro propio pensamiento, que nos ayuda a desarrollar ideas y resolver problemas teniendo en cuenta quiénes somos y qué queremos lograr.

Eso no significa que piense exactamente como nosotros ni que debamos aceptar todo lo que propone. La clave sigue estando en nuestra capacidad para orientarla, cuestionarla y evaluar sus respuestas.

Fuente: Shutterstock.com
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Ganar tiempo

Uno de los mayores beneficios de la inteligencia artificial es que nos permite resolver en menos tiempo tareas que antes nos llevaban horas.

Un estudio realizado con más de 7.000 trabajadores de 66 empresas encontró que quienes utilizaron una herramienta de inteligencia artificial integrada a sus aplicaciones de trabajo redujeron aproximadamente dos horas semanales el tiempo dedicado al correo electrónico durante la segunda mitad del experimento.

Y si pensamos en todas las actividades que realizamos cada día, ¿cuántas horas podríamos recuperar?

El verdadero valor de la inteligencia artificial no está solamente en producir más, sino también en liberarnos de tareas repetitivas para dedicar nuestro tiempo a lo que realmente nos importa.

No hay que confiar ciegamente en la IA

Una de las objeciones que más escucho es que la inteligencia artificial se equivoca. Y es verdad.

Puede inventar información, interpretar mal una pregunta o presentar como verdaderos datos que no lo son. Por eso es importante aprender a utilizarla con criterio, verificar información relevante y tener cuidado con los datos personales o confidenciales que compartimos.

Pero que una herramienta tenga limitaciones no significa que no pueda ser extraordinariamente útil. Justamente por eso es tan importante el criterio de quien está detrás utilizándola.

Después de todo, tampoco deberíamos creer ciegamente todo lo que encontramos en internet, leemos en un libro o escuchamos de otra persona. Aprendemos a comparar, cuestionar y evaluar la información. ¿Por qué con la inteligencia artificial debería ser diferente?

No se trata de dejar de pensar, sino de contar con una herramienta que nos ayude a investigar, crear, aprender y resolver problemas de otras maneras.

Y cuanto más aprendemos a utilizarla, mejor podemos reconocer cuándo confiar en lo que nos dice, cuándo verificarlas y cuándo necesitamos recurrir a otras fuentes o profesionales.

Empezá por algo que realmente necesites

Si todavía no utilizás inteligencia artificial, no empieces preguntándote qué puede hacer, sino qué es lo que necesitás vos.

  • ¿Qué te gustaría aprender?
  • ¿Qué tarea te consume demasiado tiempo?
  • ¿Qué proyecto venís postergando porque no sabés por dónde empezar?

Entrá a una herramienta de IA y contale eso. Dale contexto, pedile alternativas y corregila si hace falta.

Elegí un tema que conozcas muy bien y ponela a prueba. Discutí con ella, cuestionala, señalale cuando se equivoca y observá cómo cambia la conversación a medida que aportás tus propios argumentos. Incluso podés pedirle que cuestione tus ideas en lugar de darte la razón. Es una buena manera de descubrir sus capacidades, sus limitaciones y hasta de encontrar perspectivas que no habías considerado.

Y quizás, después de esa primera conversación, descubras que la inteligencia artificial no solo puede darte respuestas a preguntas que ya tenías, sino también ayudarte a hacerte preguntas que nunca se te habían ocurrido.