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Una antigua propiedad rural utilizada para la ganadería en Río de Janeiro experimentó una transformación asombrosa. El cambio fue tan profundo que permitió el regreso de un animal que había desaparecido de la región hacía más de 100 años.
Todo comenzó en 2001, cuando Nicholas y Raquel Locke fundaron la Reserva Ecológica de Guapiaçu, conocida como REGUA. El objetivo era proteger los sectores de Mata Atlántica que aún se conservaban en buen estado y restaurar aquellos que habían sido reemplazados por pasturas para el ganado.
Cómo se recuperó la antigua zona ganadera
Para lograr reconstruir el ecosistema, el equipo del proyecto instaló un vivero propio y comenzó a cultivar árboles nativos de la región. Cuando alcanzaban a crecer los suficiente, los trasladaban a los campos donde antes pastaba el ganado.
A lo largo del proyecto, se plantaron unos 840.000 árboles nativos y se recuperaron cerca de 607 hectáreas de pastizales degradados, humedales y sectores de bosques fragmentados. Esta intervención permitió que la vegetación volviera a unir espacios naturales que habían quedado aislados por el avance de la actividad productiva.
Con el correr de los años, los árboles crecieron y recuperaron parte de la cobertura forestal perdida. Esa vegetación comenzó a ofrecer alimento y refugio a miles de animales. Actualmente, se estima que la reserva protege cerca de 12.000 hectáreas de Mata Atlántica y alberga más de 460 especies de aves en la zona.
El regreso de un animal desaparecido hacía un siglo
El cambio más resonante llegó con el regreso del tapir sudamericano, un mamífero que había desaparecido del estado de Río de Janeiro hacía más de 100 años por la caza y la destrucción de su hábitat.
Su vuelta no se produjo de forma espontánea. En 2017 arrancó un programa de reintroducción donde distintos ejemplares fueron liberados en la reserva después de atravesar un período de adaptación controlado. El objetivo no era solo devolverlos al territorio, sino que lograran establecerse y reproducirse de manera autónoma con el paso del tiempo.
El resultado superó las expectativas iniciales del proyecto. Según informó REGUA, hoy hay 11 ejemplares liberados en la reserva y ya nacieron tres crías dentro del área protegida, una señal clara de que la población logró adaptarse y comenzar a crecer por sus propios medios.
El regreso de los tapires va más allá de la recuperación de una especie perdida: también favorece al bosque. Estos animales comen frutas y recorren grandes extensiones de bosque, y a través de sus excrementos dispersan semillas que luego pueden germinar y regenerar nueva vegetación en otros sectores de la reserva.
Así, una propiedad que durante décadas sufrió el desgaste de la ganadería intensiva se convirtió, después de 25 años de trabajo sostenido, en un ambiente protegido capaz de albergar cientos de especies y permitir el regreso de animales desaparecidos de la región.