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La contaminación por plástico ya no es un problema específico de los océanos, los suelos y del aire: también avanza en el cuerpo humano.

Un estudio publicado en Nature Medicine y liderado por el toxicólogo Matthew Campen, de la Universidad de Nuevo México, confirmó que la concentración de micro y nanoplásticos (MNP) en el cerebro humano creció un 50% en apenas ocho años, al comparar muestras de autopsias de 2016 con las de 2024.

El trabajo se suma a una serie de hallazgos que, en los últimos años, vienen corriendo el eje de la preocupación desde la sangre hacia órganos cada vez más sensibles.

El incremento de la cifra de microplásticos en el cerebro que sorprendió a los investigadores

El estudio analizó tejido cerebral, hepático y renal de personas fallecidas, y utlizó una técnica de espectrometría de alta precisión (pirólisis-cromatografía de gases). Los resultados mostraron que, en 2024, el cerebro humano tenía una concentración mediana de 4.917 microgramos de plástico por gramo de tejido, frente a los 3.345 microgramos registrados en las muestras de 2016.

Se trata de un salto que, según los propios autores, “no puede explicarse por edad, sexo, etnia ni causa de muerte”: la única variable que marcó la diferencia fue el paso del tiempo, un dato que refuerza la hipótesis de que el aumento responde directamente a la mayor presencia de plástico en el ambiente.

Por qué el cerebro acumula más plástico que otros órganos

Uno de los puntos más llamativos del informe es que el cerebro concentra entre 7 y 30 veces más microplásticos que el hígado o los riñones, pese a estar resguardado por la barrera hematoencefálica, una estructura que, en teoría, filtra el ingreso de sustancias externas.

El polietileno (el plástico más común en bolsas, envases y botellas) representó el 75% de las partículas halladas, y bajo el microscopio electrónico no aparecieron como esferas, tal como suele imaginarse a los microplásticos, sino como diminutas astillas o escamas filosas, de entre 100 y 200 nanómetros de largo.

La resistencia del tejido cerebral también apareció durante el análisis de laboratorio. Cuando los investigadores trataron las muestras con hidróxido de potasio para eliminar el material orgánico, el proceso disolvió el 99,4% de la masa del hígado y los riñones, pero solo el 91,8% del cerebro.

Como resultado, el cerebro dejó un residuo casi cinco veces mayor que el de los otros órganos, en línea con la mayor cantidad de plástico encontrada en sus tejidos.

Una tendencia que no es nueva, pero que se acelera

Para confirmar que no se trataba de un fenómeno reciente, los investigadores fueron más atrás en el tiempo: analizaron cerebros conservados desde 1997, provenientes de bancos de tejidos de las universidades de Duke, Harvard y Maryland.

Esas muestras, más antiguas, mostraron una concentración mediana de apenas 1.254 microgramos por gramo, muy por debajo de los valores actuales, lo que sugiere una tendencia creciente sostenida a lo largo de casi tres décadas y no un salto aislado entre 2016 y 2024.

El vínculo con la demencia que despertó la curiosidad

La investigación también analizó muestras de personas con diagnóstico de demencia, incluido el Alzheimer. En este grupo, la concentración de plástico alcanzó una mediana de 26.076 microgramos por gramo, por encima de los niveles registrados en las demás muestras analizadas.

Según los investigadores, esta mayor acumulación podría estar relacionada con el deterioro de la barrera hematoencefálica, una estructura que ayuda a proteger al cerebro de sustancias que circulan por la sangre. Cuando esta barrera pierde eficacia, podría facilitar el ingreso y la acumulación de partículas de plástico en el tejido cerebral.

Qué viene después de este hallazgo

Los resultados abren nuevas preguntas sobre cómo llegan estas partículas al tejido cerebral, cuánto tiempo pueden permanecer allí y qué efectos podrían producir a largo plazo.

A partir de estos hallazgos, futuras investigaciones podrán profundizar en la posible relación entre la exposición ambiental a los microplásticos y los cambios que se producen en el cerebro.

El objetivo será determinar con mayor precisión si la acumulación de estas partículas tiene algún vínculo con el deterioro cognitivo y qué mecanismos podrían estar involucrados.