

Un hombre viejo pasa sus días en silencio sentado en el banco de una plaza. Nada lo perturba; no emite sonido ni palabra, pero escucha. Tiene una amiga, Sofía, que trabaja en un bar. Ella le acerca comida. De repente, un día el viejo desaparece de la plaza. Y no vuelve más. Justamente esa ausencia desencadena la trama de ‘La pieza del fondo‘ (Edhasa), la última novela de Eugenia Almeida que también fue publicada en Francia.
-En ‘La pieza del fondo‘, el viejo de la plaza, el personaje principal, no habla, no se mueve y de repente desaparece. ¿Qué relación ve usted entre él y Sofía?
-La relación entre ambos es un encuentro que admite la diferencia. Es un encuentro verdadero que no exige la palabra como condición indispensable. Parece que se aceptan tal cual son: ni ella pide que hable, ni él le pide que se calle.
-Ella siempre quiere ayudarlo, insistentemente.
-No todos los movimientos que hacemos para acercarnos a los otros tienen un resultado. Pero es imperioso no dejar de hacerlos. Definitivamente no se puede salvar a nadie de su dolor. Pero se puede acompañar, sostener, apoyar. No es poco. Es lo que transforma un infierno en un lugar habitable.
-Tanto ‘El colectivo‘, su anterior novela, como ‘La pieza del fondo‘, están narradas con un lenguaje cinematográfico muy descriptivo. Parece que construye una escena tras otra.
-Quizás usted encuentre algo cinematográfico porque, inicialmente, mi trabajo de escritura se trata de describir imágenes.









