La carrera electoral se largó y seguirá marcando el rumbo de la política económica. ¿Alguien podría dudarlo? Expansión fiscal y acuerdos de precios son socios inseparables en el escenario electoral de cara al 2007.
Quizás por eso, la política fiscal muestra una clara aceleración del gasto desde inicios de 2006. El gasto primario creció a un ritmo promedio interanual de 31% este año. El gasto discrecional (excluyendo transferencias automáticas a provincias) creció aún más fuerte (34%) comparado con un crecimiento de 23.5% en 2005. Aunque la tendencia decreciente del ahorro público (en porcentajes del producto) comenzó con el ciclo electoral del año 2005, lo cierto es que los primeros meses de 2006 no sólo no la revirtieron, sino que la profundizaron.
Aunque no hay riesgos desde el punto de vista de la solvencia, la consecuencia natural del sesgo expansivo de la política fiscal es agregar presiones inflacionarias. ¿Implica esto que la inflación será este año mayor al 12.3% de 2005? No necesariamente. Existe una diferencia cada vez mayor entre la inflación observada y la inflación subyacente (la inflación en aquellos bienes y servicios no alcanzados por regulaciones, controles y/o acuerdos de precios). Nuestro pronóstico de inflación observada (IPC) ronda este año el 12% (podría incluso ser menor). La inflación subyacente, no obstante, ya supera el 16% interanual. La diferencia se explica por el impacto de los acuerdos de precios que reprimen la inflación: conviene recordar que en la actualidad el 58% de los sub-rubros que componen el Indice de Precios al Consumidor están siendo alcanzados por regulaciones, controles y/o acuerdos.
Los analistas políticos parecen olvidar que la experiencia de ‘concertación’ –palabra que ha vuelto a poner en boga el gobierno del presidente Kirchner– no tiene su antecedente geográficamente más próximo en Chile sino en la Argentina de 1973-74, iniciada durante el gobierno de Héctor Cámpora y continuada (con algunas modificaciones y resonantes exclusiones) durante el tercer gobierno de Juan Perón. Este esquema de ‘concertación’, que luego derivó en el ‘Pacto Social’ y que se popularizó como ‘Plan Gelbard’, tenía como principal objetivo económico una reducción inflacionaria (que rondaba el 70% anual en los primeros meses de 1973 y era atizada por un déficit fiscal que promedió los 6 puntos del producto durante 1973-74) y como objetivo social y político una mejora en la distribución del ingreso. Una de las características más sobresalientes de ‘la concertación’ que luego derivó en el Pacto Social de 1973-74 fue la negociación tripartita entre gobierno, empresarios y sindicatos para modificar la tendencia regresiva de la distribución del ingreso, para lo cual se fijaron precios, salarios y tarifas.
No es sensato equiparar las actuales circunstancias con la dinámica macroeconómica que antecedió al fracaso del Plan Gelbard, una experiencia de acuerdos y controles de precios y salarios que culminó en un fogonazo inflacionario. Pero sí preocupa que el actual programa enfrente algunas de las deficiencias microeconómicas que encontró aquel antecedente: la inversión privada no respondió lo suficiente para acompañar la expansión de la demanda.
Las razones económicas y políticas del fracaso del ‘Plan Gelbard’ exceden nuestros propósitos. Baste decir que muchos de los factores no están presentes en el actual contexto: la inconsistencia entre la política fiscal, la monetaria y la cambiaria combinada con controles de precios que apuntaban al objetivo explícito de ‘inflación cero’ (tal como ahora ha comenzado a sugerir Guillermo Moreno) condujeron a un escenario de altísima inflación reprimida, atraso cambiario y finalmente explosión devaluatoria. Hoy la posición fiscal es expansiva pero no deficitaria, la emisión monetaria responde a las compras de reservas del BCRA y no a la financiación del déficit fiscal y/o de los desequilibrios del sistema bancario. Y el tipo de cambio, más allá de las oscilaciones de corto plazo, está en las antípodas de aquel escenario: el panorama hoy luce más como uno de ‘moneda subvaluada’ que lo contrario. Razones más que suficientes como para no extrapolar linealmente el escenario de 1973-74 (que culminó con el Rodrigazo de 1975) a la experiencia de ‘acuerdos de precios’ y eventual ‘concertación’ de 2006-07.
La variable a seguir es la tasa de inversión. Sin desórdenes fiscales y monetarios de magnitud, como los que dominaban la dinámica macroeconómica en aquella época, la inversión podría ser la variable que acuse el impacto de los acuerdos/controles de precios. Así, la respuesta de la oferta (incluyendo en la discusión al ya legendario output-gap) a una demanda sostenida es hoy la gran incógnita a develar.
El objetivo reeleccionario ha comenzado a influir la política económica. Aunque cronológicamente falta mucho, políticamente la elección de octubre de 2007 está demasiado cerca. El mundo ya no es un lecho de rosas pero tampoco se observa un cambio alarmante. El año podría cerrar con un crecimiento cercano a 7.5% y una inflación rondando (y quizás por debajo) el 12%. No es un mal escenario, más allá que oculta debilidades microeconómicas considerables y una estrategia anti-inflacionaria excesivamente heterodoxa.