Siempre sostuve que para la Argentina, los ’90 fueron una década de enormes oportunidades desperdiciadas; frente al primer año del gobierno del presidente Kirchner veo que vamos en igual senda. Hemos tenido un período extraordinario para nuestros productos en el mercado internacional, una oportunidad única para salir de la recesión y crecer a tasas similares a las de nuestros vecinos en iguales circunstancias o peores, como es el caso de Uruguay que, con menos recursos naturales, no cesa en su recuperación. Ya los vientos favorables no soplan con la misma intensidad.

Algunas cuentas pendientes de estos doce meses incluyen la recuperación de la institucionalidad, gravemente amenazada por grupos violentos y gobernadores proclives a reformas constitucionales para perpetuarse en el poder, con la anuencia del gobierno nacional. También la negativa a cumplir el mandato constitucional de promulgar una Ley de Coparticipación federal, que a su vez es uno de los compromisos asumidos con el FMI. En esa línea, la demorada reforma política ampliamente prometida y aún no concretada no puede omitir la implementación del voto electrónico, el control severo del financiamiento de la política y la publicidad oficial, la unificación de las fechas de las elecciones de representantes nacionales y la eliminación en todas las jurisdicciones de la ley de lemas.

La tardía presentación del plan de seguridad, el poco sensato plan de energía que incluye la creación de una empresa propiedad de un Estado quebrado, el destrato hacia la comunidad internacional, especialmente hacia nuestros vecinos, la desinformación en temas tan delicados como la salud del Presidente o el extravío de

$ 1.000 millones de la provincia de Santa Cruz dan un panorama del año que vivimos.

De cara a los próximos tres años el Presidente deberá decidir si sigue mirando al pasado y fabricando enemigos en todos los que no coinciden con él, o si decide abrirse al mundo y abandonar, para siempre, la metodología política que lo puso en el poder.