La economía como ciencia social tiene una interrelación íntima con el valor de la expectativa. Ésta, con signo positivo o negativo, influye en el accionar humano estimulando actitudes diversas (ahorro, inversión, consumo) que en definitiva tienen su respaldo en la confianza. La confianza mejora la expectativa. El ahorro y la inversión productiva la aseguran. También lo hace la satisfacción del consumo indispensable. El gasto excesivo, superfluo, innecesario, si luego de ello viene el endeudamiento y su imposibilidad de pago, deteriora la confianza.
Nuestro país, desde el año 2002, está inmerso en un profundo proceso de desendeudamiento y ahorro. Recuperó su identidad soberana nacional y en un contexto de serias dificultades internas (desorden político, económico e institucional cercano al caos) y externas (default de la deuda externa contraída con antelación al 2002) tiene superávit fiscal (ahorro) y superávit externo (cuenta corriente del balance de pagos positivo = ahorro). Se está recuperando. Ha aumentado año tras año el nivel de actividad, el consumo, la inversión, la recaudación tributaria, el comercio exterior, el nivel real del salario, la monetización de la economía,claro, desde el muy bajo nivel en que se encontraba en el 2001.
Sin embargo, esa necesaria recuperación argentina, no exenta de escollos y contratiempos, ha encontrado desde su laboriosa y empeñosa gestación pronósticos sombríos que intentaron –intentan– socavarla, vaya a saber con qué objetivos.
Carencia de un plan económico, baja del salario real, falta de inversiones, la inflación que reaparece, propuesta de reestructuración indigna de la deuda externa, la segura renuncia del ministro de Economía, los contratos rotos, cortes corruptas y doctrina socialista, fueron algunas advertencias oportunamente superadas de algunos gurúes de la economía nacional o internacional que fueron quedando en el camino, pero que en su momento, alertaron e incluso intentaron conmover a la opinión pública. Finalmente, la realidad es la única verdad.
Actualmente, en el trascendente proceso del canje de la deuda externa y en el consenso que la Argentina puede obtener un 70% de adhesión (nota de opinión del diario Wall Street Journal del 14-01-2005) los conocidos de siempre (o equivocados de siempre) están divididos.
Están aquellos que manifiestan que superado el default, la transferencia de capitales a nuestro país será tan intensa, que con el actual tipo de cambio (sostenido por el BCRA) tendríamos un escapismo inflacionario. Otros visionarios opinan que no aceptando el canje una cifra no insignificante podría complicarse en el futuro la calificación crediticia de la Argentina, o sea la reaparición del crédito.
Quizás el probable escenario sea que obtenida una proporción de canje interesante (digamos 70%) Argentina no recurra al crédito externo (continúe con superávit fiscal) y se recomponga el crédito que el país requiera para sus necesidades de inversión en la medida que sus mensurables proyecciones de retorno de inversión le sean posible pagarlo.
En términos generales ni tan crudo como para comerlo, ni tan quemado como para tirarlo.