Cuando se repasa la antigüedad de los cascos más atractivos y de las estancias más afamadas, se nota claramente que fue el siglo XIX, y especialmente la segunda mitad, la edad dorada en la que el campo argentino conoció el lujo. Sin embargo, conforme se recorren nuevos caminos y se visitan más pueblos, se pueden descubrir establecimientos con orígenes que se remontan a tiempos anteriores al nacimiento de la Argentina, al tiempo de la colonia. Hoy día, algunos de estos sitios son destinos ideales para el relax y el contacto con al naturaleza, por lo que merecen ser visitados una y otra vez. Algunas por el mérito de la permanencia, otras porque resguardan tradiciones de antaño, e incluso porque son la oportunidad de poner las propias manos sobre el mismo muro de piedra construido hace más de 300 años.
El Bordo de las Lanzas, Salta
Hace 10 años, cuando el turismo de estancias comenzó a florecer en la Argentina, El Bordo de las Lanzas, con sus cinco suites, era una referencia inequívoca en cualquier guía o medio especializado. Tantos años y la necesidad de renovar permanentemente los contenidos ha ido relegándola de los principales sitios de exposición. Sin embargo, al momento de destacar a los establecimientos con mayor raigambre en el suelo que hoy es argentino, este reducto salteño no puede dejar de ser mencionado. La primera y contundente razón es que entre los atractivos que exhibe están los títulos de propiedad originales del siglo XVII, específicamente de 1609. Sin dudas, de los más antiguos que podrían encontrarse, previos a la fundación de la Universidad de Córdoba o del Colegio San Carlos, por citar algunos casos emblemáticos. Además, en El Bordo, la familia Arias conserva restos arqueológicos encontrados en el campo, valiosos libros, documentos centenarios, muebles, tallas y pinturas del siglo XVII y XVIII, además de recetas culinarias heredadas de sus antepasados con las que deleitan a sus visitantes.
El casco, o mejor dicho la sala, que es el nombre que se da al edificio principal del campo en el Norte argentino, fue construida por la madre del General Don Martín Miguel Güemes, caudillo defensor de la frontera y héroe de la independencia. Y está documentado que fue aquí en donde adiestró a sus Colorados del Monte, en el campo de 2.500 hectáreas en donde la tradición también se extiende con la cría de caballos “peruano-argentino de paso .
(www.turismoelbordo.com.ar)
Haras Ampascachi, Córdoba
Este establecimiento rural de 11 habitaciones, comedor, biblioteca y salones de juego, comparte con El Bordo de las Lanzas la tradición de la cría del caballo de paso peruano. Esta actividad y la posibilidad de experimentar la docilidad y comodidad del afamado paso llano que los distingue, son causa de la inclusión del Haras en este listado, aun cuando el casco en el que duermen los huéspedes corresponde a la mitad del siglo XIX.
Ocurre que este alojamiento del Valle de Traslasierra, obviamente en Córdoba, ha crecido al abrigo de los equinos. La antigua casona familiar y el campo que la rodea fueron en el inicio el territorio donde se realizaba todo el proceso de cría y adiestramiento. Pero la expansión del proyecto ha llevado a que hoy Ampascachi, de inconfundible nombre indígena, sea el sitio para el alistamiento final, exposición y venta de nuestros animales.
Entre la imponente Quebrada, el arenoso río Nono y el valle configuran el espectacular fondo sobre el que se destaca esta joya ecuestre del Virreinato del Perú, producto de 500 años de selección funcional y natural, que ingresó a la Argentina antes de que Buenos Aires fuera capital virreinal. La herencia genética del animal combina los rasgos del caballo berebere, que le aportan la resistencia y la tendencia a la ambladura, con la raza andaluza, que determina el andar orgulloso y la elevación de sus aires.
(www.harasampascachi.com.ar)
El Potrerillo de Larreta, Córdoba
En cada estancia hay combinaciones para destacar. A veces es la excelente gastronomía con paisajes imponentes; otras veces la arquitectura es la que manda y los detalles modernos acompañan.
En este caso, al matrimonio entre buen servicio y excelente golf, habrá que sumar un contacto único con la historia. En sus orígenes, el campo donde se asienta el Potrerillo de Larreta pertenecía a la Estancia Jesuita de Alta Gracia, y es considerada hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Los padres de la orden desarrollaron el lugar hasta su expulsión de América en el siglo XVIII. Tiempo después, en 1918, las tierras fueron adquiridas por el escritor y diplomático Enrique Larreta, cuya familia aún conserva el sitio y muchas de sus características primordiales de la época. Además, su campo de golf de 18 hoyos es uno de los más reconocidos del país y se destaca entre los muchos y muy buenos que tapizan La Cumbre, Córdoba. (www.potrerillodelarreta.com)
Las Carreras, Tucumán
Al igual que su vecina Los cuartos, Las Carreras es parte de una herencia jesuítica que tras la expulsión de la congregación de las tierras americanas en 1769, dejó tras de sí un legado para aprovechar. El origen de la estancia se ubica en 1718, justamente con la instalación de este grupo religioso en la región. El antiquísimo casco fue ampliado y reciclado para convertirse en lo que es hoy: un confortable hotel en las faldas de los cerros del noroeste tucumano. Pero no sólo la piedra, la madera y los techos de tejas españolas remiten a aquellos inicios. Aún hoy, el clima privilegiado de la zona permite continuar la tradición quesera que inició la familia propietaria no hace una, dos ni tres generaciones, sino hace nada menos que nueve. Hoy los propietarios de apellido Silva continúan con este linaje iniciado por los Frías Silva, quienes adquirieron los campos a la Junta de Temporalidad, en el año 1779. Entonces Tucumán se llamaba Ibatín y era parte del Camino Real que unía Buenos Aires con el Alto Perú. Fue en aquellos días en que se construyó el casco con materiales de la zona, tales como el adobe (ladrillo de barro), caña, paja, alisos, tientos de cuero y piedra. Los mismos que hoy predominan en las cálidas habitaciones, en los patios regados por acequias y en los salones que rezuman historia. www.estancialascarreras.com
Juan Gerónimo, Buenos Aires
El camino que atraviesa la Reserva de Biósfera del Parque Costero Sur tiene unos 75 kilómetros. A lo largo de su extensión, es posible disfrutar del bosque en galería formado por especies nativas como el talar o el coronillo. El verde es sólo interrumpido por breves caminos que suelen tener como destino algunas de las estancias mejor conservadas de la zona.
Una de ellas, la más famosa, es Juan Gerónimo, llamativa desde su inusual nombre de varón. Hay varias historias que intentan dar cuenta de este bautismo. Algunas hablan de un tal White, bandido británico que adoptó su nombre criollo (Juan Gerónimo Blanco) al afincarse en la zona; otras se refieren a un gaucho cimarrón que habitaba en los médanos cercanos. Lo único cierto es que el campo comenzó a tener renombre cuando cayó en manos de Ernesto Torquinst, estanciero, proveedor del ejército y personaje famoso a mediados del siglo XIX.
Pero fue una de sus hijas junto a su marido los que dotaron de esplendor a Juan Gerónimo. Casa, tea house, vivero, caballerizas, y un etcétera de edificios fueron naciendo de las manos del arquitecto Collcut, constructor del club house del club de golf de Hurlingham, entre otras construcciones de corte británico.
(Tel.: 4804-9777). Siempre Verde, Buenos Aires:
A 50 kilómetros de Tandil, en la zona de Barker, la familia Foster recibe a los huéspedes en el casco ubicado tras una loma y muy cerca de un inusual monte de alcornoques que llama la atención incluso de quien no reconoce de inmediato la especie. El edificio, se nota, no se construyó en una sola etapa. Lo más reciente que es la planta alta ya ha cumplido más de un siglo, y apenas recorre las habitaciones puede el viajero encontrarse con una pared, la del baño de la planta baja, que ya ha visto pasar tres siglos. Alejándose unos metros de la construcción, la composición minimalista que proveen un caballo, la pradera y una flor dan el marco perfecto para fotografiar un corral de piedra al que las pruebas científicas han ubicado en una fecha anterior al 1600. De esto y de las historias del cacique negro Ancafilú se nutre La Siempre Verde, un campo de 1.000 hectáreas que combina la producción agrícola con los senderos para realizar cabalgatas o salidas de trekking. Además del casco, el establecimiento ofrece una casa auxiliar con capacidad para 12 personas que puede alquilarse por semana, quincena o por mes.
(www.estanciasiempreverde.com).
La Alameda, Buenos Aires:
Corría el año 1789. En París, la Revolución Francesa cambiaba el mundo, mientras en un alejadísimo y remoto Chascomús, Don Juan Gregorio Girado poblaba una extensión de tierras a orillas de la laguna. Allí levantó su casa, los corrales y plantó árboles para sombra, pero también frutales. Más de tres siglos han pasado y aquellos proveedores de refugio contra el sol han dado nombre al campo: La Alameda es en la actualidad una opción muy cercana a la ciudad de Buenos Aires para quienes buscan descanso en serio. El casco de la estancia cuenta también con una larga historia, ya que acumula dos siglos y ha sido restaurado manteniendo sus aberturas, sus techos, los pisos y el estilo original. Sus siete salas, en las que pueden reunirse hasta 100 personas, son adaptados constantemente para reuniones, lanzamientos de productos o eventos sociales, que son parte de las actividades más habituales de este establecimiento que, al menos por ahora, no provee alojamiento.
(www.estancialaalameda.com)
Tomás Natiello.