Es habitual que la gente callada tenga muy buen cartel en las empresas. Excepto, claro está, cuando el trabajo de uno consiste, precisamente, en darle sin descanso a la lengua: es el caso, por ejemplo, de todo el ramo de personal dedicado al marketing –cuya misión esencial consiste en charlar para vender–; o el de esos que han encontrado un filón de oro hablando como loros y otras especies descerebradas en los reality-shows de la televisión. Por lo demás, en el ámbito laboral, se aprecia mucho, ya digo, a los silentes.

Y es que hay mucha sabiduría popular vertida sobre la identificación del silencio con la envidiable virtud de la prudencia: al tipo que guarda sus palabras como un tesoro se le suelen atribuir cualidades como la sensatez, la ecuanimidad, la capacidad de reflexionar, como, antaño, el valor en el Ejército. Y, en la mayoría de los casos, la sabiduría popular acierta: quienes piensan dos veces antes de decir “esta boca es mía desde su mesa de trabajo son, en primer lugar y como es obvio, gente que piensa, lo cual no se crean que es tan común en los tiempos que corren.

Esa templanza a la hora de utilizar el preciado don de la palabra, ese darse un tiempo de meditación antes de meter baza lingüística en cualquier tema –mayormente, en aquellos en los que no hemos sido invitados–, es, además, indicio seguro de buena educación, de respeto, de madurez, de control de uno mismo.

Loable es, en efecto, que si uno no sabe qué decir –por estupefacción, por asombro o porque no tiene ni idea del asunto sobre el que le han pedido que se pronuncie–, se calle y evite meterse en peligrosos jardines.

Pero, miren, a mí no siempre me parece admirable, envidiable y recomendable el silencio; porque, en muchas más ocasiones de las deseables, el origen de ese mutismo de la gente con la que compartimos nuestras tareas es la abulia, el desinterés o el miedo.

Cuando a la gente de la empresa hay que empezar a extraerle sus opiniones y sus juicios con sacacorchos es que algo no va bien. Más exactamente: algo va mal.

Porque una cosa es reservarse la palabra hasta que llegue la ocasión propicia, hasta que demos con el interlocutor apropiado, hasta que seamos requeridos para hablar y otra, muy distinta, que nos hayamos convertido en el enano mudito de la tropa que acompaña a Blancanieves.

En la empresa, en toda empresa, en cualquier empresa, hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar. Si las conversaciones, los debates y aún la discusiones no fluyen con facilidad, con naturalidad, podemos apostar a que, en tal empresa, la necesaria disciplina y las no menos imprescindibles buenas maneras están degenerando hacia una sutil o evidente tiranía en la que cualquier palabra puede ser utilizada en contra nuestra.

Y se utiliza. Así que no siempre los taciturnos, los que administran sus frases en el trabajo con avaricia, con usura, son los de fiar. Puede suceder que, como decía don Antonio Machado, ese silencio que nos parece tan sensato no sea más que “el vacío en la oquedad de su cabeza .